04 Ago. 2019

Del voto de las capas medias. Para un partido oficialista el voto lo decide la gestión de gobierno

Oscar A. Bottinelli

El Observador

La tesis del Frente Amplio, desde su nacimiento hasta por lo menos cuando gana las elecciones nacionales de 2004, es la alianza entre el proletariado, la pequeña burguesía y la burguesía media [...] Esa alianza de clases se rompió […] Los agujeros en el amurallado electorado del Frente Amplio acumuló entonces dos brechas formidables: las capas medias y las capas bajas. La última brecha dejó de compensar la primera.

Al Frente Amplio le costó asumir que uno de los dos grandes conjuntos sociales de emigración de voto es la llamada clase media, o dicho con algo más de exactitud, en lenguaje sociológico a partir de la categorización de la Ciencia Política alemana e italiana, la pequeña burguesía, la burguesía profesional y la burguesía media. Lo que, dicho en lenguaje posmoderno desenfadado, hizo “caer la ficha” fue la pérdida en 2015 de la alcaldía del Municipio CH de Montevideo, compuesto fundamentalmente por los barrio de Punta Carretas, Pocitos, Buceo, Villa Dolores, Parque Batlle, La Blanqueada; vale decir, por una zona donde casi todo lo que allí reside corresponde a esa clase media o esas capas medias. Antes, esa realidad que comienza a verse ya en 2007, directamente se negaba.

Cuando nace el Frente Amplio, el 5 de febrero de 1971, su declaración constitutiva delinea de manera por demás explícita su concepción de clases, al proclamar la unión de trabajadores, estudiantes, docentes, pequeños y medianos productores, industriales y comerciantes. Más o menos se puede decir que la tesis del Frente Amplio, desde su nacimiento hasta por lo menos cuando gana las elecciones nacionales de 2004, es la alianza entre el proletariado, la pequeña burguesía y la burguesía media. Dicho en otros términos, un enlace entre los asalariados y las denominadas clases medias o “la clase media”.

Tanto cuando nace el Frente Amplio con las elecciones de 1971 como cuando renace a la vida pública nacional con las elecciones de 1984, sus tres grandes baluartes montevideanos son los que tienen como epicentro el Cerro, La Teja/Paso Molino/Nuevo París y los barrios del actual Municipio CH. Más o menos equivalentes en porcentajes de votos entre los tres, un tercio por encima de la media del voto frenteamplista en Montevideo. En las pasadas elecciones nacionales —y lo mismo en las siguientes departamentales— el voto en el Municipio CH estuvo casi en la mitad del promedio y fue más que duplicado por el porcentaje de votos en el Cerro y en La Teja/Paso Molino/Nuevo París. Son símbolos muy fuertes del cambio de adhesión política de esas capas medias, que va más allá de toda duda razonable. Esa alianza de clases se rompió.

Hasta 2014 o 2015 pudo sostenerse con elementos ciertos que esa pérdida constante se compensaba con el incremento del apoyo en las capas subproletarias, o dicho de otra modo, en esas capas por debajo de la línea de pobreza o apenas por encima de ella. Pero ese fenómeno no solo se frenó, sino que comenzó otra emigración en esas mismas capas. Los agujeros en el amurallado electorado del Frente Amplio acumuló entonces dos brechas formidables: las capas medias y las capas bajas. La última brecha dejó de compensar la primera.

Constatada esa brecha, más o menos sopesado el daño electoral, sobrevino un primer diagnóstico: por allí se escurre el gobierno. Luego aparecen reflexiones y actos que parecen explicar las causas: uno es que falta un discurso hacia la clase media, el otro, que es necesario correrse prestamente hacia el centro y ello se ejemplifica con la más enérgica condena a la “dictadura de Maduro”.

Esos correctivos adolecen de problemas serios de diagnóstico causal. El tema Venezuela es un tema de élites informadas y además secundario en el voto; no mueve la aguja, se piense lo que se piense de Maduro o de Guaidó, Venezuela queda muy lejos y las angustias, enojos, miedos y desilusiones de las capas medias rondan por estos barrios y golpean en estas puertas de la margen izquierda del Río de la Plata. La aguja se mueve por asuntos más cercanos a los pingüinos que al trópico.

En cuanto a lo segundo, hay algo que jamás debe olvidarse. Un partido oficialista, un ruling party, juega las elecciones antes que nada con su gestión de gobierno, en segundo término con sus candidaturas (o su fórmula presidencial y listas parlamentarias) y luego, recién luego, con la campaña electoral propiamente dicha, con los discursos, slogans, jingles y dibujitos. Eso es mucho más válido cuando ese partido oficialista se presenta a examen tras tres periodos consecutivos, un lustro y medio.

La generación electoral más joven que votó por última vez viendo el triunfo de un partido tradicional, cuenta con entre 38 y 42 años de edad. Son cuatro generaciones electorales para las cuales “El Gobierno” lo es el Frente Amplio y solo el Frente Amplio, son los que votaron por primera vez en 2004, 2009, 2014 y lo harán por primera vez en 2019. Es bastante cerca de la mitad del electorado la que como adulto solo conoce en carne propia gobiernos frenteamplistas y para la cual los gobiernos blancos y colorados son relatos de familiares, amigos, comunicadores o docentes, no son vivencias.

Entonces, para el Frente Amplio le es vital desentrañar cuáles son las desilusiones y enojos provocados por su gestión en el gobierno, gobierno latu senso: la gestión del Poder Ejecutivo, la actuación en el Poder Legislativo, la gestión legislativa y parlamentaria, el obrar del propio partido (de la propia fuerza política), el accionar de los dirigentes y cuadros políticos, la ética en la praxis de gestión, la importancia de la lucha por ideales o la lucha por posiciones personales.

El FA cuenta con algunos de los más inteligentes, exitosos y brillantes publicistas políticos y gestores de campañas electorales, pero no puede pedirse al más eximio de los concertistas que deleite con el “Va Pensiero” con un palito y un vaso de vidrio.

Hay que buscar —y no se necesita ni ir a las profundidades ni conocimientos de oceanografía—para desentrañar los temas que desatan el desencanto y la ira de los votantes frenteamplistas de las capas medias, muchos de ellos votantes de toda la vida o nuevos votantes de familias frenteamplistas de toda la vida.