|
Cuando
los uruguayos son los locatarios
Para
la gente hay que impedir la entrada de extranjeros
ilegales, pero legalizar la situación de los que ya
están
El complicado tema de los
extranjeros ilegales afecta a Uruguay a do-ble vía: por un
lado hay uruguayos en situación ilegal en el exterior (como
el sonado en España) y por otro hay bolivianos, peruanos,
paraguayos, brasileños y ecuatorianos en forma ilegal en
Uruguay. De alguna manera resulta esquizoide que un pueblo esté
en los dos lados del problema. Mucho más a partir de la
historia del país: desde la década de 1880 hasta la de 1950
en aluviones de distinta intensidad este país fue un gran
receptor de migraciones europeas, todas ellas legales y
estimuladas desde el gobierno.
A partir de la década de
1960 la tendencia se revertió y pasó a ser un país de
emigración, también en oleadas de diversa intensidad y a
diversos puntos (Argentina, Brasil, Australia, Canadá), quizá
más importante en lo cualitativo que en lo cuantitativo; de
esa época es el graffiti "El último que se vaya que
apague la luz".
Desde el año pasado se ha
detectado un nuevo empuje emigratorio, sobre el cual todavía
no hay cifras confiables, que se re-fleja en los pedidos de
visa en diversos consulados y las colas para la obtención de
pasaportes europeos, sobre todo italianos y españoles.
Estos dos fenómenos, la
inmigración masiva desde Europa y la emigración numerosa,
son los dos más conocidos por los uruguayos. Pero hace ya
unos cuantos años que empezó a despuntar otro: los
extranjeros de países sudamericanos que vienen a trabajar en
forma ilegal. Si se rastrea bien se conocen viejas prácticas
con mucho más de medio siglo de antigüedad: los brasileños
que cruzan la frontera cuando tienen lugar las zafras de la
esquila, la caña de azúcar o la cosecha del arroz, que
vienen y se van. El fenómeno nuevo se detectó primero en
Maldonado, en la construcción: peones de origen brasileño
trabajando en obras, sin estar en planilla, ni tener permiso
de trabajo, ni derechos sociales, y con retribuciones de la
mitad o la cuarta parte del jornal. Más adelante llegó al
Parlamento la denuncia sobre la presencia de peruanos,
bolivianos y trabajadores de alguna otra nacionalidad en la
obra de la Torre de las Comunicaciones, que culminó en la
legalización de la situación de todos los extranjeros. Ahora
el fenómeno tiene otras manifestaciones con presencia de
peruanos, ecuatorianos, bolivianos, paraguayos y brasileños,
quienes realizan algún que otro trabajo, sin documentación
legal o previsional ni presencia legal en el país.
Cuando en un país el nivel
de desocupación es alto, la ocupación de puestos de trabajo
por extranjeros, y más por ilegales, levanta resquemores. En
Uruguay, en lo que viene a ser un estreno del problema,
predomina la postura de que hay que frenar el ingreso de
extranjeros ilegales para defender las fuentes de trabajo para
los uruguayos, o más exactamente para los ya residentes en el
país. Es una postura clara, pero no abrumadora.
De cada nueve personas cinco
se inclinan por frenar el ingreso y las otras cuatro son
partidarias de fronteras abiertas: el trabajo es un derecho
para todo ser humano, venga de donde venga. Pero por otro
lado, en cuanto a los extranjeros ilegales que ya están en el
país, predomina la postura de dejarlos estar y legalizar su
situación: de cada 10 personas seis defienden esta actitud
benévola contra cuatro que son partidarias de su expulsión.
El problema de los extranjeros ilegales es considerado
mayoritariamente un problema grande del país.
Como ocurre siempre, la
posición global de la población no es la misma para todos
los sectores. En cuanto a abrir o cerrar las fronteras se
detectan tres franjas diferentes. Una en la cual la posición
de frenar la entrada prevalece pero en un casi empate con la
postura de fronteras abiertas; ello se da entre los
frenteamplistas (la relación es 50 a 47), los habitantes de
Montevideo (49 a 47), los adultos medios (48 a 44) y el nivel
socioeconómico alto (49 a 45). Un segundo escalón lo
constituyen los sectores en los cuales es más claro el
predominio de frenar la entrada: los políticamente
independientes (48 a 42) y el nivel socioeconómico medio (52
a 44). Y un tercer escalón se integra con los sectores donde
es contundente la postura de evitar la entrada de extranjeros
ilegales: colorados (60 a 36) y blancos (61 a 34), habitantes
del interior (58 a 36), jóvenes (59 a 39) y mayores (60 a
37), y niveles socioeconómicos semibajo (58 a 35) y bajo (56
a 41).
|