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Un
muy buen ejemplo de lo que se debe y lo que no se debe hacer en la
concreción de ideas en hechos, lo da el proceso de reforma de la
seguridad social. Es necesario tener presente que este análisis no
apunta al contenido de la reforma sino al proceso de la misma, a los
métodos empleados para llevar adelante, en forma fallida primero y
en forma exitosa después, la reforma. El juicio sobre el
procedimiento seguido es independiente de las virtudes o defectos de
contenido de esa reforma, que es un tema completamente diferente. El
proceso con que se llevó a cabo la reforma de la seguridad social
es una pequeña obra de arte en materia de operativa política.
En
1994 todos los políticos y analistas políticos coincidían en un
hecho: el tema más difícil, más espinoso y casi imposible de
resolver era la situación del sistema de seguridad social. Ese
diagnóstico se fundamentaba en:
Uno. En
1989 un movimiento de jubilados y pensionistas había arrastrado a
casi todo el sistema político a consagrar constitucionalmente un
mecanismo automático de reajuste de las pasividades.
Dos.
Varios intentos por introducir reformas parciales al sistema
resultaron fallidos, aunque las dificultades pueden relativizarse
por cierta desprolijidad en la operativa oficialista.
Tres. Un
conjunto de medidas parciales pero trascendentes, aprobadas por un método
cuestionable (introducción de las mismas como artículos de una
Rendición de Cuentas) iban camino de la derogación plebiscitaria
(y lo fueron en los comicios de 1994) en otro envión del movimiento
de jubilados y pensionistas.
Cuatro.
Esos dos resultados plebiscitarios exitosos en relación a los
jubilados y la contracara de un fracaso plebiscitario de la educación,
evidenciaron la existencia de un fuerte factor de poder electoral
capaz de frenar o imponer cualquier iniciativa en materia
previsional.
Cinco.
Todas las encuestas de opinión pública registraron fuerte oposición
a la implantación de sistemas privados de pasividades.
Seis. La
existencia en el imaginario popular de una fuerte asociación entre
sistema de capitalización y administración privada, y por otro
lado la asociación entre sistema de reparto y administración
estatal.
Siete.
La capacidad de bloqueo del PIT-CNT de toda medida, por menor que
fuera, que se sospechase caminase hacia "la privatización de
la seguridad social".
Apenas
pasadas las elecciones, todo el Partido Colorado (Sanguinetti,
Pacheco, Batlle), todo el Partido Nacional (Volonté, Lacalle,
Pereyra) y el Nuevo Espacio trabajaron de consuno para lograr una
profunda reforma de la seguridad social y evitar que naufragase. El
trabajo fue de filigrana. Por un lado rápido (el proceso de
elaboración y aprobación llevó poco más de un año) y por otro
prudente, paso a paso. Se buscó eliminar fantasmas, ahondar el
diagnóstico y realizar un fuerte operativo de convencimiento a la
opinión pública. El ahondamiento del diagnóstico permitió
detectar la posibilidad de disociar la dicotomía capitalización-reparto
de la dicotomía estatal-privado; y además evidenció la existencia
de una extendida disconformidad con el régimen previsional
existente.
El
proceso pues abarcó varias líneas fundamentales:
Una.
Separar a jubilados y pensionistas del tema. El primer artículo de
la ley, más una intensa campaña comunicacional de gobernantes,
dirigentes políticos y legisladores apuntó a grabar un axioma:
toda la reforma apunta a los que están hoy en actividad, no se han
jubilado y tampoco tienen derechos jubilatorios inmediatos.
Resultado: dejó de ser un tema para el fuerte grupo de presión de
los jubilados. Cambió pues el oponente en el juego.
Dos.
Crear un sistema mixto de reparto y capitalización, con lo que se
diferenció nítidamente de los demonizados sistemas chileno o
argentino.
Tres.
Mantuvo el sistema de reparto en la órbita estatal (básicamente en
el BPS).
Cuatro.
Otorgó la capitalización a administradoras de fondos, de las
cuales la primera en constituirse debía ser necesariamente estatal.
Este aporte del Partido Nacional y de Volonté parece decisivo a la
hora de evaluar la aprobación del nuevo sistema en la opinión pública
y en los primeros afiliados a las AFAP (inicialmente más de la
mitad optaron por la entidad estatal, AFAP República)
Cinco.
Se dejó deliberadamente fuera de la reforma (con lo que la misma no
fue universal) a dos grupos de presión extraordinariamente
poderosos: los bancarios y los profesionales universitarios. Con lo
que se postergó para mejores tiempos modificar los regímenes
previsionales amparados por las cajas Bancaria, Profesional y
Notarial.
Seis.
Una vez aprobada, se instrumentó una fuerte campaña publicitaria
que no buscó seducir a la gente con imaginarios, sino obtener el
apoyo mediante una detallada explicación del nuevo sistema y del
mecanismo de transición.
Pero
lo fundamental es que partió de claridad de objetivos y un diagnóstico
preciso de situación, la convicción de la necesidad de eliminar
uno por uno los obstáculos, sin saltearse ninguno y sin
sobrevalorar la propia fuerza. Al éxito hay que agregar una oposición
política y sindical desprolija, que se opuso a todas y cada una de
las reformas importantes, no propuso alternativas y quedó como
defensor de un sistema cuestionado. La teoría de "impidamos
esta reforma para luego hacer una mejor" no es de fácil
aceptación por la opinión pública. Finalmente, un intento de
derogar plebiscitariamente el sistema de capitalización fracasó
desde el inicio, al no recoger el apoyo siquiera del 10% del
electorado.
Es
importante recordar este proceso para advertir que política no
basta con tener grandes modelos de sociedad. Son necesarios
proyectos claros, objetivos concretos, diagnósticos objetivos
y fundamentalmente procedimientos prolijos, con buen manejo
de los tiempos y los espacios.
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