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Un observador extranjero decía
que en Uruguay los tiempos corresponden a ciclos históricos y
no a los ciclos biológicos de los humanos. El país pasó
todo el siglo XX y, para suerte de politólogos y
constitucionalistas, dedicará al menos buena parte del siglo
XXI a debatir la reforma constitucional. Solamente el
colegiado llevó 55 años de debate. Y lleva más de una década
la conflictuada relación entre las empresas del Estado y la
política, o entre los entes autónomos y los servicios
descentralizados por un lado y los partidos y actores políticos
por otro. El tema es muy basto y tiene que ver con la forma de
conducir las empresas públicas, el cual no hay que confudirlo
con otros como los de si deben o no estar en manos del Estado,
ser o no monopólicas, guiarse por el derecho público o el
derecho privado, aliarse o no con multinacionales, recibir o
no capital privado y si la rentabilidad es o no una virtud. En
cambio, la relación entre conducción de las empresas
estatales y política se inscribe en un tema más basto, como
lo es el del papel que se asigna a los partidos políticos en
los sistemas políticos poliárquicos (los habitualmente
denominados democráticos) y, en cierto modo derivado del
anterior, aunque autónomo, el tema de si la política debe
ser una actividad para profesionales de la misma o para
personas que se realicen en ámbitos ajenos, como la actividad
académica, profesional, empresarial, técnica o militar. La
buena técnica de razonamiento exige ir de lo general a lo
particular, pero la necesidad de encarar un tema u otro en
función de la actualidad, obliga a la licencia de invertir
los términos.
Pero además hay que situarlo
en el contexto. Hace apenas 18 meses que el electorado dio
escasísimo apoyo a una reforma constitucional que limitase más
la presentación electoral de los directores de entes autónomos
y servicios descentralizados. Y hace apenas cuatro meses que
el presidente de la República y la mayoría senatorial (de
todos los colorados y todos los blancos) procedieron a
constituir los actuales Directorios; designaciones a las
cuales se opuso el Encuentro Progresista-Frente Amplio por la
única e importante razón de haber sido excluido de la
distribución de cargos. Distribución que corresponde al
tradicional criterio de tres miembros para el partido de
gobierno y dos para la oposición, y al exacto reparto matemático
electoral entre sus fracciones.
La conducción de las
empresas estatales no es un solo tema, sino un conjunto de
temas: el número de conductores, la idoneidad o perfil de los
mismos, el por qué y para qué son designados, el vínculo
con lo político en general y con lo partidario en particular.
En la discusión sobre el número de conductores se observa
que existe mucha confusión; en comparación con la estructura
de las empresas privadas se mezcla la composición de los
directorios con la conducción ejecutiva. En Uruguay no hay
ninguna empresa privada del porte del Banco República, ANCAP,
ANTEL o UTE. Y todas las que debajo de este nivel, y hasta
bastante por debajo, son conducidas por Directorios plurales,
normalmente de cinco a siete miembros. Ello es diferente a
unipersonalizar la ejecución en un Chief Executive Officer.
No hay que confundir la Asamblea o Junta de Accionistas con el
Directorio, el CEO y el Comité Ejecutivo. El poder político
en general o el Poder Ejecutivo en particular pueden ser el
equivalente de la Asamblea de Accionistas, pero no las del
Directorio. Toda empresa grande, al menos para el tamaño de
Uruguay, requiere un Directorio. Y da la casualidad que las
potestades de los presidentes de los bancos Central y República,
así como ANCAP, UTE y ANTEL son simultáneamente las de un
Chairman y las de un CEO.
La vinculación con lo político
y lo político-partidario es un tema central. Toda empresa, pública
o privada, tiene una orientación política, entendida como
que tiene una concepción de qué hacer, cómo hacerlo y para
qué. Las empresas de servicios públicos en países de larga
tradición de actividad privada como los Estados Unidos,
tienen claras definiciones políticas, porque saben que a la
larga no sobreviven si no toman en cuenta los humores de la
opinión pública. Pero hay que hacer algunas observaciones.
Una es la búsqueda de separación de lo político-partidario,
que no supone necesariamente separación de lo político, sino
de lo que se visualiza como la parte menos sancta de lo político,
y en cambio se benefician vínculos políticos con formas que
se consideran más puras de la representación ciudadana, como
por ejemplo las corporaciones. Tanto desde la derecha europea
de las décadas de 1920 y 1920 en su fe en los
corporativismos, como desde la izquierda hasta los días de
hoy, con su fe en los sindicatos, consideran que la
representación corporativa es más pura que la partidaria.
Precisamente en estos días un dirigente frenteamplista señala
como buen ejemplo de forma de conducción de entes autónomos
a la Universidad, con su triple composición corporativa.
Entonces, cuando se considera nociva la vinculación político-partidaria,
es esencial conocer cuál es la propuesta de sustitución.
Porque ello hace a la esencia no solamente de una definición
organizacional, sino de una definición sobre la naturaleza de
la estructura política de un país.
Pero un segundo tema tiene
que ver con las formas de designación en relación a lo
partidario. Es interesante seguir el presente debate de Nueva
Zelandia. En la década larga de predominio del Partido
Nacional, que realizó la profunda transformación de un
estado omnipresente a una de las economías más liberales del
mundo, se independizó la conducción del Banco Central
respecto a los gobiernos; el cambio de gobierno no afecta la
composición de la autoridad monetaria y bancaria. El
resultado es que el Directorio del Banco Central neozelandés
está integrado por políticos prominentes del Partido
Nacional (como Ruth Richardson, conocida por los uruguayos).
El Banco Central en Nueva Zelandia no quedó independizado de
la política partidaria sino del gobierno, ya que responde al
partido de oposición sin que el partido de gobierno tenga
posibilidades de hacer cambio alguno. Y como se queja el
Primer Ministro, la independización del Banco Central se ha
transformado en el arma para que la oposición sabotee la
conducción del gobierno elegido por los neozelandeses.
Otro asunto es el de la
calidad e idoneidad de los directores. Otro el del perfil: si
deben ser personas con criterio político (por ser entidades públicas
que afectan y responden a la población), empresarios (en
tanto deben dirigirse las empresas más poderosas del país) o
técnicos (en tanto hay que conocer de banca, energía o
comunicaciones). Y otro tema más, que no es derivación automática
de los anteriores, es si puede haber o no clientelismo, porque
cuando no hay política partidaria pero sí político-corporativa
también hay lugar para el clientelismo, y cuando no hay ni la
una ni la otra, por alguna rendija se cuela el amiguismo.
Entonces, la conducción de
las empresas estatales y la relación entre ella y la política
es demasiado compleja para simplificarlo. No habrá solución
alguna si no se parte de abordajes serenos, sin concesiones al
aplauso fácil.
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