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minuto en coaligar la Francia católica con los príncipes
protestantes del norte de Alemania en defensa del interés
nacional (francés), en aplicación de la "raison
d'état".
Y así ocurrió que
mientras Kennedy introdujo a Estados Unidos en el pantano de
Vietnam y Fernando II vio erosionar lentamente el poderío del
Sacro Imperio, Richelieu sentó los cimientos de 200 años de
hegemonía francesa. Fernando y Richelieu simbolizan la lucha
entre el idealismo como valor absoluto y la concepción estratégica
como factor preponderante para imponer las ideas, o al menos
algunas ideas. Marcan la distancia entre la elevación
espiritual que da el apego sin concesiones a las ideas y la
crudeza de la vida real, de la lucha por imponer ideas y propósitos.
Un siglo y algo antes de
Richelieu, tan frío y racional como él, vivió quien quizás
pueda recibir el título de primer politólogo de la historia,
consejero de políticos y luego analista, que observa las prácticas
políticas, sus éxitos y fracasos, los racionaliza y
sistematiza y finalmente los lleva al papel en múltiples
escritos, el más famoso de los cuales es El Príncipe.
Niccolo Bernardo dei Macchiavelli fue incomprendido por sus
contemporáneos, por las generaciones siguientes durante
varios siglos y por buena parte de los políticos e
intelectuales de hogaño que lo invocan sin haber leído una
sola de sus líneas. El frío analista florentino rompió los
ensueños de los idealistas, describió las reglas del mundo
tal cual es y tal cual gira, y debió soportar hasta hoy el
surgimiento de un epíteto: maquiavélico; que según la Real
Academia quiere decir "que actúa con astucia y
doblez". Lo que el príncipe de la Iglesia y el consejero
de príncipes revelaron al mundo es que las ideas no se
imponen por sí mismas, ni por la verdad que deposita en ellas
quien las sostiene, porque en definitiva las ideas son siempre
verdaderas para unos, falsas para otros y dudosas para los
terceros. Las ideas se imponen cuando van asociadas a políticas
que permitan su realización, a cuidadosos análisis de
situación, a precisas evaluaciones de fuerzas, a finas
estrategias, a tácticas adecuadas, a dar paso tras paso con
la mayor prudencia, a veces pasos hacia adelante y otras pasos
hacia atrás. Las ideas no se imponen por su bondad intrínseca,
sino por la operación política que hace posible
transformarlas en realidades. Y por encima de todo, lo que se
impone es lo más aproximado que un político puede lograr de
sus ideas, tamizadas por los múltiples frenos de la realidad.
Pocas veces, rara vez, alguien tiene la felicidad de ver
coronados todos sus propósitos, de plasmar sus proyectos sin
que se modifique un ápice.
Comprender que la política
es el arte de transformar los sueños en realidades, el arte
de lo posible, no es contradictorio con saber que la gente
busca y necesita utopías. Además, la mar de las veces la política
aplicada, el maquiavelismo y richelieuísmo en sentido
estricto, el cálculo, la estrategia, la evaluación, no son
de recibo ni por la opinión pública ni por las elites no políticas.
Hombres de empresa que en su gestión aplican precisamente las
mismas técnicas y principios, que evalúan, calculan,
planifican y luego operan, se cuentan entre quienes condenan a
los políticos por evaluar, calcular, planificar y luego
operar. Sindicalistas que discursean sobre la correlación de
fuerzas y la estrategia a aplicar, integran las filas de los
que consideran poco pura la política, precisamente porque
contiene cálculo y evaluación. La relación entre utopía y
realidad aparece reveladora en las palabras de Nixon en su diálogo
con el retrato de Kennedy, en la última noche en la Casa
Blanca, en vísperas de su renuncia: "Cuando te miran a
ti ven lo que quieren ser; cuando me miran a mí, ven lo que
son". Por eso quizás el político ideal sería el que
lograse el difícil resultado de combinar la convocatoria a
las utopías con la más rígida praxis realista, algo así
como un Fernando II y Richelieu en la misma persona.
Como es obvio, el planteo
referido no se limita al Renacimiento ni a Europa, ni al
segundo tercio del siglo pasado en Estados Unidos, sino que
también valor urbi et orbi, en el tiempo y el espacio. Para
no ir más lejos, bastante de esta dicotomía se puede
encontrar en Domingo Cavallo y Ricardo López Murphy. Muchos
especialistas han señalado que el programa de Cavallo peca de
incoherencias y que contiene muchos errores; como
contrapartida, el plan López Murphy es señalado como un
paquete coherente, técnicamente acertado, con las respuestas
justas a un diagnóstico correcto. Es muy posible, el que esto
escribe es analista político pero no economista, que esas
apreciaciones sean las más valederas. Pero el plan López
Murphy estalló a las pocas horas de ser anunciado, sin
siquiera entrar en funcionamiento ninguna de sus medidas; y
decir estallar es una descripción literal, pues generó un
estallido social de bastas proporciones. Lo que fracasó no
fue lo técnico, lo económico, sino la percepción de la
realidad política, de la situación de la opinión pública,
de la ciudadanía, de los grupos de interés, de las
corporaciones, de los actores políticos. En definitiva, el
sencillo cálculo de con cuántos cañones y municiones se
cuenta para derribar la muralla. Cavallo tuvo en cuenta todo
esto. Quizás a la larga triunfe o a la larga fracase, y si
fracasa quizás fuese porque sus planes son técnicamente
incorrectos. Pero lo importante es que ofició de buen
prestidigitador y cautivó a todos los auditorios posibles:
opinión pública, sistema político, agentes económicos,
grandes corporaciones financieras internacionales y
multinacionales. De alguna manera aquello de que un médico
que logra dar confianza al paciente logra mejores resultados
que el catedrático que no logra penetrar en el alma del
enfermo.
Las mejores ideas mal
instrumentadas pueden resultar peores que ideas mediocres
aplicadas con la más exquisita prolijidad. Muchas veces la
fineza instrumental termina siendo más importante que la
riqueza conceptual.
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