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De pánicos y de intolerancias
Oscar A. Bottinelli
Un
análisis puede ser un estudio del campo político a partir de
los valores y de la ideología del autor. O puede ser la
observación con una actitud equiparable a la del investigador
en ciencias duras, en que el analista separa sus puntos de
vista personales y trata de mirar y explicar lo que ocurre,
desentrañar la lógica de cada uno de los actores y evaluar la
consecuencia entre medios, objetivos y resultados de cada uno
de los jugadores del juego político; descubrir sus
contradicciones e inconsistencias. Esta actitud implica partir
de la base de que el investigador no se involucra con el
objeto de estudio y equipara la postura del analista político
a la del entomólogo. Esta es la pretensión de este analista.
Realizar un análisis desde esta perspectiva epistemológica
nunca es cómodo, pero es factible hacerlo con soltura en
períodos de normalidad. Se torna harto difícil cuando en el
mundo campean los diferentes pánicos, miedos y angustias,
cuando de ellos derivan intolerancias recíprocas, cuando todos
sustentan el aserto de que "el que no está conmigo está contra
mí", y cuando el producto de esas intolerancias es la muerte
de miles de personas civiles, de no combatientes, de miles de
ejecutivos, oficinistas y limpiadores de dos torres, de viejos
refugiados en un hogar de ancianos pobre en el pobre
Afganistán, de israelíes víctimas como objetivos deliberados o
producto de atentados indiscriminados, de palestinos muertos
por represiones, algunas específicas y otras indiscriminadas,
de gente contaminada por el ántrax enviado por atacantes
todavía no identificados. Este análisis se escribe con esas
prevenciones, en una semana rica en aconte- cimientos
relacionados con estos temas, en el mundo y en Uruguay.
Conviene pues hacer una especie de inventario de los mismos.
Uno. La señora Robinson, de nombre Mary, de cargo Alta
Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos,
llegó a estas tierras. Y lo que dijo fue polémico,
esencialmente porque vino a intervenir en un debate interno
del país y tomó inequívoco partido por una de las tesis y en
contra de las otras. Pero en su visita no se debatió un tema
muy importante para el funcionamiento de una democracia
liberal: los límites de la soberanía popular y el derecho a
tutela externo sobre la misma. Porque la Ley de Caducidad fue
refrendada en forma inequívoca en un plebiscito convocado por
los opositores a la misma, plebiscito realizado con todas las
garantías y con un resultado plenamente reconocido por todos,
sin el más mínimo cuestionamiento. Más allá de la opinión de
fondo que se tenga sobre la ley, que sin duda sigue dividiendo
a los uruguayos, aparece un segundo tema: el derecho de una
organización internacional a cuestionar el ejercicio directo
de la democracia por parte de un pueblo soberano, en ejercicio
de su soberanía, dentro de las normas constitucionales, tanto
en la forma como en su contenido, a través de la aplicación de
un instituto de existencia varias veces milenaria en la
Humanidad como la amnistía. Importa debatir si los convenios
internacionales suscritos por el país en materia de derechos
humanos implican la delegación o limitación de soberanía, en
qué casos, y si ello alcanza no sólo al funcionamiento de los
poderes representativos, sino a un poder más originario como
lo es el cuerpo electoral, vale decir en sentido no técnico,
el conjunto del pueblo oriental. Y vale la pena debatir de
dónde parte el derecho a esa tutela.
Dos. El asesor del general Seregni, el economista Freddy Lima,
fue detenido en Miami, obligado a pagar una fianza equivalente
a un auto 0 Km caro, por una frase, una actitud, una ironía y
si se quiere de repente hasta por falta de sentido común. Este
hecho es parangonable a hechos similares, en aeropuertos o en
otros lugares, en la época dura de Franco en España, en los
recientes regímenes autoritarios de este Cono Sur, en la
Dominicana de Trujillo, en la Hungría de Rakosi, en la Unión
Soviética de Stalin. La opinión como delito y el humor como el
peor de los delitos de opinión, como el más temido y el más
perseguido, es una de las características de la falta de
libertades.
La primera reacción ante esto es recordar la célebre frase de
Metternich cuando un asesinato político cometido en París, una
de cuyas traducciones dice: "Es peor que un crimen, es una
estupidez". Porque es un síntoma de hasta dónde ha llegado el
pánico en Estados Unidos, como para realizar actos de
privación de opiniones de tal magnitud que permita recordar
situaciones similares en regímenes nada parangonables al
sistema político estadounidense, particularmente en materia de
libertades. En otro período de histeria colectiva Estados
Unidos vivió el maccartysmo, cuando también la libertad de
opinión quedó fuertemente limitada. Pero además es curioso
cómo el pánico puede imponerse sobre los mejores intereses
nacionales, porque si algo no sirve a Estados Unidos en la
batalla por la opinión pública es dar esta imagen de
intolerancia por un lado y de miedo por el otro, porque la
intolerancia por el miedo y el miedo mismo son señales de
debilidad, no de fortaleza.
Tres. La B´nai B´rith conmemoró un nuevo aniversario de la
Kristalnacht, la célebre noche en que en la Alemania nazi se
dio comienzo masivo a la persecución del pueblo judío. El PIT-CNT
decidió no asistir porque "Israel está agrediendo al pueblo
palestino". A ese acto concurrió en cambio Tabaré Vázquez. No
fue un acto de, ni en relación al Estado de Israel, sino
relativo al Holocausto del pueblo judío, a su prefacio. Es
probable que la central sindical esté pasando por un momento
de crisis de dirigencia, no sólo crisis política interna, sino
carencia de dirigentes experimentados. Es interesante ver aquí
cómo la visión parcial del tema y la intolerancia pueden
llevar a mensajes tan equívocos hacia la opinión pública, como
marginarse de un acto de conmemoración y protesta por la
masacre del pueblo judío.
Cuatro. En distintos debates habidos estas últimas semanas
pudo comprobarse cómo la intolerancia hacia Estados Unidos
lleva a minusvalorar el terrorismo y el fundamentalismo. En
particular es curioso cómo actores sociales e intelectuales
defensores acérrimos de la laicidad, combatientes de toda
injerencia religiosa, propulsores de los derechos de la mujer,
por contraposición a Estados Unidos tienden a cierta velada
simpatía hacia regímenes religiosos fundamentalistas que
niegan toda disidencia, no aceptan siquiera la menor
abstención en las prácticas religiosas de una sola religión y
en su versión más extrema, y niegan a la mujer el derecho a la
educación. Poco se ha visto en Uruguay la película El camino a
Kandahar, que comienza precisamente cuando el maestro dice a
las mujeres: "Hoy es el último día de clase, porque desde
ahora las mujeres no podrán más aprender a leer y escribir".
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