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Uruguay hace muchas décadas que en forma ininterrumpida viene
haciendo su ajuste fiscal periódico. Desde la restauración
institucional pareció que los mismos iban a ser quinquenales, para
mayor exactitud en el mes de marzo cada cinco años; ahora han pasado
a la categoría de anuales. Y con cada ajuste fiscal surge el tema
del costo de la política, o del costo del funcionamiento de las
instituciones de un régimen democrático representativo. Sin duda hay
una proporción que puede considerarse atendible entre la economía de
un país y el costo de su funcionamiento político; las diferencias de
concepción pueden estar entre ubicar ese costo en lo máximo posible
de una banda o ubicarlo en el mínimo. Más o menos eso ocurre con
casi todos los temas. Lo que puede considerarse una discusión lógica
es cuando se analiza exclusivamente el tema del gasto, es decir,
cómo abatir un costo que para un momento determinado puede resultar
excesivo.
Sin embargo, cada vez que se discute el costo político aparecen
temas laterales como propuestas de solución a la baja de ese costo
político. Una de las ideas recurrentes es la reducción del número de
bancas parlamentarias. Y luego surgen otras como el carácter
honorario de los representantes, la reducción del número de
departamentos, la unipersonalidad en la conducción de las empresas
públicas.
Por lo que se ha podido leer y escuchar, la reducción del número de
parlamentarios parte del supuesto que hay una relación directa entre
dicha cantidad de representantes y el costo parlamen- tario, de
donde, la única reducción viable del costo es bajar la cantidad de
bancas. Y aquí surge una clara inconsistencia de la premisa, sin
necesidad de buscar ejemplos en otras tierras. En el propio Uruguay
el costo del funcionamiento parlamentario ha variado sensiblemente,
mientras se ha mantenido invariado el número de parlamentarios (son
130 desde 1934). Lo que han cambiado son muchas cosas. Los senadores
y diputados carecieron en general de secretarios personales hasta
mediados de los años sesenta; las funciones secretariales fueron
ejercidas por los secretarios de bancada, el total de las cuales era
de once en la Cámara de Representantes en la Legislatura 1963-67.
Tanto las partidas para gastos de secretaría personal de los
diputados como los pases en comisión pasaron a ser algo masivo en la
segunda mitad de la década de 1960. El promedio de pases en comisión
estaba muy poco por encima de un funcionario por legislador y en la
actualidad, tras el recorte habido a fines del año pasado, es de
cinco. La compra de diarios para cada legislador es un gasto
moderno, posterior a la restauración institucional, como obviamente
lo es el uso de celulares. Si está bien o mal que los representantes
tengan uno o siete secretarios, si deben o no recibir una partida
para comprar toda la prensa, si debe o no proporcionárseles
celulares, es una discusión interesante, donde está en juego por un
lado la importancia que se le concede a la función y por otra el
costo que eso significa para las financias públicas. Cabe una gama
muy amplia de posturas, dentro de una discusión que transcurre por
parámetros lógicos.
Pero el número de representantes va por otro lado. Tiene que ver con
el grado de representatividad que se considere conveniente para un
país, sobre la amplitud o restricción de la representación de
opciones y sub-opciones políticas. Es más lógico discutir el tema a
la luz de la proporcionalidad o la gobernabilidad, que a la luz del
costo. Porque el número de bancas en sí mismo es un tema de bajo
costo.
También es un tema ajeno a las finanzas del Estado si los
parlamentarios deben ser remunerados u honorarios; el tema se
relaciona con el tipo de sistema político que se quiere, sobre si se
concibe la función política como una labor profesional y de tiempo
completo o como una actividad para el tiempo libre. Si las empresas
del Estado deben ser dirigidas por un único jerarca o tener un
Directorio, tampoco es un tema de costos, sino tiene que ver con el
grado de concentración o desconcentración del poder.
Sobre cada uno de los temas aquí anotados cabe una profunda
discusión, y como siempre el más variado abanico de puntos de vista.
Lo que importa es que esos temas se debatan en sí mismo y no con
relación a un tema de contención del gasto, porque casi no tiene que
ver.
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