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El Mercosur se encuentra en un período de incertidumbre sobre su
futuro, lo que supone un fracaso, al menos en cuanto a las
expectativas puestas en el proceso tanto por el Uruguay como por los
uruguayos: gobierno, empresas, trabajadores, ciudadanos. Y el
fracaso del Mercosur es esencialmente el fracaso de Brasil en su
capacidad de liderar un gran bloque económico con vistas a ser un
bloque político, el cuarto a escala mundial; y consecuentemente el
fracaso de Brasil en poder adquirir en tiempos rápidos el status de
potencia. Por supuesto que influyó y no poco Argentina, pero cuanto
ésta se descalabra el Mercosur ya estaba gravemente herido.
Brasil tiene dos posibles posicionamientos respecto a un proyecto
como el Mercosur. Uno de ellos es el que a muchos observadores
parece obvio: defender sus intereses inmediatos, los de las empresas
y las fuentes de trabajo de los grandes centros regionales, los de
San Pablo, Minas Gerais, los tres estados del Sur y los varios polos
de desarrollo en el centro y el norte del país. En pos de esa
defensa de intereses empresarios y laborales es que desarrolló una
política de cumplimiento intermitente de los compromisos del
Mercosur: frenar la entrada de productos por trabas burocráticas
puestas en apariencia por burócratas de frontera, por trabas
sanitarias puestas por celosos burócratas sanitarios, por trabas
judiciales emanadas de ignotos jueces de pequeños municipios. Así,
sin violar en forma explícita ningún acuerdo, dio al mundo la señal
necesaria: invertir en Uruguay, Paraguay o incluso Argentina, en
inversiones productivas, en proyectos de largo aliento, es un alto
riesgo, pues los productos pueden quedar una y otra vez frenados en
su entrada al gran mercado consumidor brasileño; más vale invertir,
quizás en condiciones inferiores, en un mercado grande y seguro.
Brasil se aseguró el monopolio de las inversiones en la región, a
cambio de resquebrajar la región como bloque. Y por las dudas rompió
por sí solo los equilibrios macroeconómicos de la región.
Quienes piensan que esta política de Brasil es la única posible,
consideran que Uruguay pecó de ingenuidad al apostar todos los
boletos al Mercosur.
El otro posible posicionamiento difiere sustancialmente del anterior
y coincide con la vocación que Brasil exhibe desde su mismo
nacimiento: ser potencia. No olvidar que es el único país de América
que se independiza al revés: es la colonia que se independiza del
Reino y se proclama Imperio, como producto de un golpe de palacio y
un parricidio dinástico. Su vocación imperial no cambió porque haya
pasado de la monarquía a la república, así como es uno de los pocos
países del mundo cuya consistencia en política exterior traspasa los
siglos. El destino de Brasil como líder político y económico de los
países del sur, en un papel similar al cumplido por Francia y
Alemania en Europa, calza perfectamente con su constante vocación de
ocupar una primera fila en los destinos del mundo. Para tal destino
manifiesto requiere una visión estratégica profunda, de largo
aliento, que se lo proporcionan Itamaratí y los centros de estudios
superiores militares; pero necesita además de un poder central firme
y de un liderazgo político, personal o institucional, a escala
nacional. Y un paso sin duda importante para este anhelo supuso la
expectativa de creación del primer gran bloque económico mundial
entre la Unión Europea y el Mercosur. Quién no imagina a Brasil
sentado de igual a igual con Alemania, Francia, Gran Bretaña e
Italia, como la elite dirigente de ese macrobloque. Y de allí a un
paso a integrar el G-8, la clase alta del planeta.
A este otro proyecto es que sin duda apostó este pequeño Uruguay,
cuyos intereses económicos no son contradictorios con los intereses
estratégicos de Brasil.
El fracaso del Mercosur es el fracaso del gran proyecto de Brasil,
por la falta o el fracaso de un liderazgo nacional. Quizás lo
hubiese podido consolidar Fernando Henrique Cardoso, pero perdió
ante el peso de los feudos regionales coaligados, de los feudos de
empresarios, políticos y sindicalistas que impusieron la ganancia
inmediata a costa de la pérdida del gran sueño centenario.
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