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En medio de hechos políticos tan trascendentes como el fin de la
estabilidad monetaria y de precios, el nuevo ajuste fiscal, el
flamante abandono por parte del gobierno de las luchas en torno a
Antel-Ancel y a la alianza estratégica de Ancap, el presidente del
Partido Nacional se las ingenió para generar un significativo hecho
político con sus propuestas de ajuste político, de las cuales la más
impactante es la disminución del número de parlamentarios (estable
desde hace siete décadas)
La iniciativa está basada en la necesidad de reducir el gasto
político. Desde el punto de vista práctico sus efectos son de
dimensiones escasas, máxime cuando se obtienen recortes más fuertes
con la reducción del número de secretarios de legisladores, o el
recorte de gastos del Poder Legislativo. Más aún, la disminución del
número de diputados a 66 crea serios problemas de ingeniería
electoral que obliga a algunas otras enmiendas significativas (la
más factible, del mínimo de dos bancas por departamento a una, como
existía hasta 1933)
Pero si a pesar de todo ello la propuesta tuvo impacto es porque
sintonizó firmemente con un sentimiento dominante en la opinión
pública hacia la política y hacia los políticos, de creciente
insatisfacción, que se da en el hombre común y en las elites, en la
gente de derecha, de izquierda y de centro.
Algunas causas de ese nivel de desencanto (en una enumeración para
nada exhaustiva):
Uno. La falta de entendimiento sobre la necesidad y conveniencia de
órganos que discutan, polemizan, formulan discursos y (se piensa) no
toman decisiones. Es posible que contribuya a ello el juego de
cúpulas partidarias, las relaciones a nivel de liderazgo, las
negociaciones y acuerdos fuera de los ámbitos parlamentarios
institucionales (sala de sesiones, comisiones). Rara vez hay
sorpresas sobre las decisiones que va a adoptar el Parlamento, ya
que el mismo refleja en sus votaciones lo previamente decidido en
los ámbitos partidarios o sectoriales
Dos. Como consecuencia de lo anterior, un creciente desconocimiento
por parte de la gente de cuál es el papel de los partidos políticos
como institutos de intermediación en un sistema democrático. Y
agregado a ello, las dificultades de comprensión sobre la naturaleza
de la negociación política, intrínseca a un sistema pluralista,
negociación a la que se ve como algo turbio, poco o nada trasparente,
que oculta intereses non sanctos.
Tres. La percepción que los políticos tienen como único objetivo la
satisfacción de intereses personales.
Cuatro. La creencia que la distinción entre funcionarios políticos y
funcionarios técnicos tiene que ver con la clasificación entre
incapaces de un lado y capaces del otro, o entre malintencionados de
un lado y bienintencionados del otro
Cinco. Una actitud dual en relación a la función de los
parlamentarios. Por un lado los ciudadanos a título individual o
como componentes de grupos de presión, buscan influir sobre los
parlamentarios para que intermedien en defensa de sus intereses
personales o corporativos. Por otro lado, esos mismos ciudadanos y
grupos corporativos consideran que los legisladores están pura y
exclusivamente para dictar leyes, deben ser algo así como profesores
de derecho, y toda labor relacionada con la gestión política es
ajena a su función parlamentaria. De allí la idea que secretarios
dedicados a labores diferentes a lo estrictamente legislativo, o el
uso de teléfonos o despachos con iguales fines, son completamente
ajenos a la función.
Seis. La idea que el sistema político se autosostiene, mediante la
proliferación de cargos de particular confianza y contratos de obra.
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