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Cuando Juan Carlos de Borbón asumió la jefatura de España a título
de rey e inició la transición del franquismo a una democracia
liberal habían transcurrido 39 años desde el estallido de la Guerra
Civil. La rapidez con que el pasado quedó atrás fue atribuido por
muchos al largo tiempo transcurrido, a esas cuatro décadas, que
dejaron fuera del camino a los protagonistas duros. Pero por estas
tierras hace aproximadamente 34 años que empezaron los años de la
confrontación dura (aproximado porque no hay una fecha cierta como
el 18 de julio de 1936 para la península), y a pesar de estas tres
décadas y media los fantasmas todavía andan rondando, quizás en sus
últimas vueltas por torres y pasadizos.
La aparición de Simón Riquelo, la labor en general de la Comisión
para la Paz, son hechos que marcan la presencia de ese pasado y
quizás la cercanía de que ese pasado devenga definitivamente en
pretérito. Pero otro hecho singular de la misma semana es la
designación de Eleuterio Fernández Huidobro como presidente de la
comisión de Defensa Nacional del Senado. Líder histórico y presente
de los tupamaros, preso especial del régimen militar, de los
catalogados como "rehenes" ocupa la más alta investidura
parlamentaria especializada en relación a lo militar y a las Fuerzas
Armadas. Tan emblemático como su designación fue su visita al barco
de la Armada "Oyarvide", recibido por las altas jerarquías navales.
En medio de estos hechos sonó la voz discrepante del Foro Batllista.
Es muy difícil saber cómo cayó esta designación a nivel militar.
Primero porque los militares no hablan de política, y cuando lo
hacen tiemblan muchas cosas y últimamente queda algún que otro
militar fuera de carrera. En segundo lugar porque donde más ha
operado el paso del tiempo es en las Fuerzas Armadas, con su régimen
severo de edades límites. En actividad queda poca gente con alguna
actividad relevante en aquéllos años, y las generaciones siguientes
han pasado por varias etapas del país y del mundo.
En estos días algunos han recordado cuando hace cerca de década y
media asumió como ministro de Defensa Nacional del gobierno
constitucional el último comandante en jefe del Ejército del
gobierno militar. Precisamente si se trata de hechos en espejo o de
acontecimientos que nada tienen que ver entre sí, es parte de las
diferencias de visiones sobre ese pasado y como tratarlo, y en
particular con quienes han sido protagonistas de ese ayer.
Por un lado aparece una visión que destaca una particular
culpabilidad en los grupos o personas que se alzaron en armas en
tiempos de vigencia constitucional o, lo que no es necesariamente
excluyente, cometieron lo que se denomina comúnmente "delitos de
sangre". Además, se complementa con cierto escepticismo sobre el
real compromiso de muchas de estas personas con las instituciones
democrático liberales. La postura es pues superar el pasado, buscar
la integración mayor a la vida nacional, pero acotar esa
participación, en función del pasado y de una desconfianza sobre el
futuro.
Por otro lado, en el extremo opuesto, existe una visión que
considera natural la presencia de líderes guerrilleros en altos
cargos políticos, pero cuestiona severamente la presencia de
personas vinculadas al gobierno de facto. Se parte pues de la teoría
de una culpabilidad única o prevaleciente desde lo militar o desde
los sectores civiles respaldados en las Fuerzas Armadas.
Finalmente aparece una gama de visiones que parecería reflejar ese
consenso mayoritario silencioso que acompañó la designación de
Fernández Huidobro, y que puede definirse como una postura de
inclusión amplia o total, de buscar insertar en la vida política del
país a todos, independientemente de lo que hayan hecho o que lugar
hayan ocupado en el pasado.
Si es que se está al final del camino, en las últimas líneas del
epílogo de la transición, es posible que los últimos pasos desaten
diferencias que, aunque amortiguadas, son inconciliables. En última
instancia, porque siempre las diferencias sobre el pasado reflejan
divergencias sobre el presente y sobre el futuro.
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