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En este de mes de marzo la Cámara de Senadores dedicó casi toda una
tarde a debatir sobre la situación en Colombia (lo que un senador
frenteamplista calificó de pérdida de tiempo) y aprobó una condena
al terrorismo, los paramilitares y el secuestro de parlamentarios.
La declaración fue votada por el Partido Colorado, el Partido
Nacional, el Nuevo Espacio y algunos senadores del EP-FA. La mayoría
de los senadores frenteamplistas se ausentó de sala, luego que el
Foro Batllista lograse abortar una resolución consensuada por los
coordinadores de los cuatro partidos. Todo el episodio permite
reflexionar sobre cinco temas:
Uno. Uruguay y América Latina. Pese a que desde hace 35 años la
Constitución marca que "La República procurará la integración social
y económica de los Estados Latinoamericanos", y al discurso
latinoamericanista de muchos líderes y grupos políticos, para los
uruguayos América Latina sigue siendo una región distante, cuyos
temas son ajenos, con la natural excepción de los países linderos y
traslinderos (como Argentina, Brasil, Chile y Paraguay). Del debate
surge también que buena parte de los senadores (como ocurre también
con una parte importante del periodismo) cuenta con un seguimiento
lejano y esporádico de la realidad colombiana y un conocimiento
escueto y simplificado de su historia reciente. El desconocimiento
de Colombia lleva a errores tales como asociar todo asesinato
político con la persecución de líderes de izquierda, y a partir de
dichas confusiones extraer conclusiones. A vía de ejemplo: un
periodista creyó que el asesinado líder liberal Luis Carlos Galán
(cuyo sucesor fue el presidente y actual secretario general de la
OEA César Gaviria) había sido el candidato de la izquierdista Unión
Patriótica.
Dos. Las políticas de Estado. En la sesión quedaron claramente
confrontados dos criterios: el de los que buscaron el mayor consenso
político, en pos de una política de Estado sobre el tema (que sin
duda era el interés del gobierno colombiano, obtener el mayor apoyo
posible en cada país) y quienes prefirieron achicar el abanico de
apoyo con el fin de potenciar la confrontación interna.
Tres. El terrorismo. El terrorismo es genéricamente condenado por
todos los uruguayos y sus grupos políticos, pero cuando se trata de
la condena en particular de alguna organización terrorista
específica (como en este caso las FARC colombianas), la unanimidad
desaparece. Sigue existiendo en el país, en grado importante, la
condena no al terrorismo sino a acciones o grupos terroristas en
función de la ideología que representan o de los intereses que
combaten. Condenar o dejar de condenar a un grupo terrorista en
función de sus ideas o sus intereses no es una valoración sobre el
terrorismo, sino un juicio sobre sus ideas; entonces, cuando hay
condenas selectivas, el terrorismo como tal queda exento de condena,
ya que a todos los efectos prácticos pasa a haber terrorismo bueno y
terrorismo malo, terrorismo condenable y terrorismo silenciable.
Cuatro. La representación popular. El secuestro de parlamentarios
elegidos en elecciones competitivas (lo mismo si hay prisión,
asesinato o arbitraria expulsión) implica esencialmente conculcar la
representación popular. Cuando un parlamentario no puede cumplir con
sus funciones, hay un sector de la ciudadanía que queda silenciada.
La víctima no es el parlamentario, son los ciudadanos privados de
representación, y ello es un factor de afectación de la democracia
representativa. Al igual que en relación al terrorismo, si el
secuestro, la muerte, la prisión o la exclusión de un parlamentario
son condenados o silenciados según las ideas o intereses que
represente, desaparece la defensa de la representación popular como
un valor en sí mismo.
Cinco. El narcotráfico. En Uruguay la condena del narcotráfico es
unánime en los grupos políticos. Nadie defiende ni el narcotráfico
como tal, ni las vinculaciones con el narcotráfico como una forma
normal de financiamiento de actividades políticas o bélicas. Y con
esto pasa algo similar a lo que ocurre con el terrorismo. Cuando
algún grupo político o gobierno es acusado de vinculación con el
narcotráfico, se cree o se descree la acusación primordialmente en
función de las ideas políticas del acusado.
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