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La Constitución marca que dentro de 18 meses, el 31 de octubre de
2003, comienza la campaña electoral que durará otro tanto. Parece
una exageración, pero es el plazo máximo que la Carta Magna fija
para que renuncien a sus cargos los directores de entes autónomos y
servicios descentralizados que aspiren a escaños legislativos. Y las
renuncias sólo pueden producirse si ya se han diseñado los esquemas
electorales, formulados los pactos y alianzas, trazadas las
estrategias.
Quedan pues 18 meses efectivos de gobierno. No son 18 meses para
pensar soluciones, sino para ponerlas en marcha. El tiempo de pensar
soluciones, de generar iniciativas, prácticamente terminó. Tiempo
cumplido, sólo quedan los minutos adicionales que indique el cuarto
árbitro. El presidente de la República ha sido pródigo en lanzar
ideas provocativas para el debate, pero avaro a la hora de diseñar
proyectos, y mucho menos efectivo a la hora de la concreción. No
sólo cuando se requieren mayorías legislativas, sino cuando se trata
de decisiones exclusivas de la administración. Se tardó mucho en
tomar una decisión sobre qué hacer ante la invasión de la aftosa, y
lo que se ejecutó fue exactamente lo opuesto a lo anunciado durante
meses. Sin duda donde más ejecutividad ha exhibido es en la
conducción monetaria y financiera, y la menor efectividad en el
plano de la aprobación de leyes y aún en el envío de proyectos de
ley (hace diez meses se anunció los lineamientos de la
flexibilización laboral; hoy nadie sabe qué se ha hecho).
En las dificultades de concreción pesan cinco hechos singulares:
Uno, el estilo presidencial y poco coalicionista del presidente, que
lo lleva a realizar anuncios individuales antes de consultar a nadie
y sin saber qué receptividad puede caber. Dos, la falta de un
programa legislativo y de un método consistente de preparación de
leyes. Tres, un Partido Nacional receloso de quedar demasiado
confundido con el coloradismo a partir del erróneo diagnóstico de
que su derrota de 1999 fue producto de un excesivo cogobierno.
Cuatro, la falta de buenos negociadores presidenciales que articulen
los acuerdos y logren las mayorías. Cinco, la falta de estrategia y
de objetivos concretos claros. Esto último requiere una explicación:
el presidente tiene modelos ideales claros, tiene un sueño de cuál
sería el Uruguay ideal; lo que no tiene son objetivos concretos,
tema a tema, y mucho menos objetivos concretos realizables (como
ejemplo: la doble y contradictoria estrategia sobre Ancap, de un
lado una ley que fortalece al ente con una asociación con privados,
y por otro una iniciativa que lo debilita mediante la libre
importación de combustibles).
Las próximas semanas, quizás en verdad los próximos días, es el
tiempo que resta a Jorge Batlle para: Uno, definir con exactitud
cuáles son los objetivos legislativos concretos que espera para el
resto de su mandato. Dos, consultar, negociar y viabilizar esos
objetivos concretos. Tres, traducir con rapidez esos objetivos en
proyectos de ley. Cuando Jorge Batlle se lo propone tiene dos
formidables capacidades, de negociación y de convencimiento, las que
inhibe cuando realiza anuncios anticipados y recorre el camino de la
imposición y no el del diálogo. Pero antes que nada, lo que el
presidente y su equipo deben realizar es un diagnóstico exacto de la
sociedad uruguaya. Un líder político puede cumplir el rol de
precursor, de profeta, de jugar a cambiar las ideas y valores de una
sociedad. Pero ello lleva tiempo, y a Jorge Batlle le viene llevando
cuatro décadas de prédica, con bastante éxito, seguramente mayor al
que él mismo cree. Pero un presidente con mandato improrrogable de
cinco años debe ser un conductor y no un precursor de ideas, y su
obligación es obtener resultados, lo cual supone caminar por lo
viable, por donde se consiguen apoyos. No supone leer una encuesta y
adaptarse a la opinión mayoritaria. Supone abrirse camino por donde
es posible, incluso ir en contra de convicciones iniciales de la
sociedad, siempre que se detecte que esas convicciones tienen algún
grado de debilidad y puede lograrse un cambio de tesitura en tiempo
razonable. Hoy más que nunca el factor tiempo es vital para este
gobierno.
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