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La política exterior de un país puede ser una política de Estado o
una política del gobierno. Una política de Estado es aquélla que se
construye con los mayores consensos posibles y que se sostiene más
allá de los gobiernos. Los países con política de Estado son
fácilmente identificables sin demasiada información: son aquéllos
que mantienen inalterados los objetivos básicos de su diplomacia por
largos periodos. Dos ejemplos claros son Francia a partir de
Richelieu (durante los dos siguientes siglos) y, con algunas
intermitencias, Brasil desde su independencia hasta pocos años
atrás.
Una política de gobierno, en cambio, es la que varía al compás del
cambio de gobierno, con cada partido o con cada jefe de gobierno.
Las políticas de gobierno pueden no tener anclaje alguno y oscilar
violentamente con cada modificación política (como varias naciones
independizadas en las últimas cuatro décadas), o cambiar a partir de
ciertas constantes, como es el caso de Estados Unidos. Según el
tamaño del país y de su importancia en la escena internacional, esa
política de gobierno puede estar inspirada exclusivamente en
factores externos o ser la consecuencia de su política interior. En
definitiva, ser en el campo externo la proyección de las
contradicciones interiores. Uruguay es un país cuya política
exterior se acerca bastante al concepto de política de Estado (sin
llegar a serlo), en cuanto al mantenimiento de algunos principios
básicos y una cierta consensualidad en relación a esos principios.
Las actitudes de estos últimos tiempos en relación a Cuba (y la
ruptura de relaciones en particular), independientemente de la razón
o sinrazón de cada quien, marcan un punto de quiebre de la
posibilidad de consensualidad interior y, consecuentemente, de
estabilidad exterior. El país está tan dividido en materia de
política exterior como lo está en materia de política interior. Y la
diplomacia uruguaya del futuro inmediato estará determinada por los
avatares de la política doméstica y decididamente por el resultado
electoral. Y en estos días jugaron de manera fuerte objetivos de
política interior del Uruguay (quizás no decisiva pero sí
significativamente) por parte de todos los actores: gobierno,
oposición y gobierno cubano también.
Los partidos Colorado y Nacional en su totalidad quedaron embarcados
en una línea de fuerte confrontación a lo que Cuba representa, en un
tono extraordinariamente más fuerte que el empleado habitualmente
por Uruguay. El Frente Amplio se situó en las antípodas,
particularmente a partir del apoyo incondicional y acrítico de
Tabaré Vázquez a Fidel Castro.
Cada actor cree que hacia la sociedad uruguaya jugó su mejor carta.
Visto por lo que hizo el contrario, parece que cada cual tiene la
razón. Si se mira de acuerdo a lo que cada uno hizo, surgen dudas
que llevan a valorar lo de cada quien a beneficio de inventario. No
ayudan a la postura del Frente Amplio la distinción entre gobierno
de un lado y pueblo del otro (como si el gobierno no hubiese surgido
de la decisión de ese pueblo), el estilo de las alusiones a Batlle
(el presidente que más simpatías cosechó en los últimos tiempos) y
la calificación a Fraschini. No parece que que ello sirva mucho para
volcar a favor de la izquierda a esa masa decisiva de indecisos,
centrista, moderada, ni tampoco el que la contienda electoral gire
no sólo sobre la política económica o social, sino también sobre el
futuro posicionamiento del país respecto a Cuba. Tampoco ayuda a los
partidos tradicionales una línea exterior de altos decibeles, no
parece ser del talante mayoritario de los uruguayos, y
particularmente de esa pequeña minoría decisiva, de esa sexta parte
del país que tiene la fuerza de volcar la balanza, porción de la
sociedad esencialmente moderada, centrista, poco afín a la
confrontación dura y ruidosa. Lo curioso es que en estas horas
pasadas, con alguna rara excepción, los actores políticos dejaron
vacío el centro del escenario.
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