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Dos domingos atrás el mundo quedó sorprendido por el nuevo escenario
francés, la polarización entre el candidato del sistema Jacques
Chirac y el antisistema de extrema derecha Jean Marie Le Pen.
Titulares de prensa y largos análisis fueron dedicados al giro a
ultraderecha de La Grandeur. Lo que poco se percibió es que se trató
de una ilusión óptica, porque Francia no giró hacia la extrema
derecha, la cual creció bastante, pero no demasiado, pasó de algo
más del 15% hace siete años a poco más del 19% ahora; en total, 4
puntos porcentuales, lo que proporcionalmente es importante, pero en
el conjunto de la sociedad es bastante poco. Como buena parte de los
intelectuales franceses (politólogos, sociólogos, periodistas)
sintió mucha vergüenza por el resultado, se dedicaron en análisis y
notas periodísticas a agrandar la ilusión óptica con un mapa del
fenomenal crecimiento de la extrema derecha en Europa; para
fundamentarla debieron correr la frontera de la extrema derecha
hasta llevarla casi al centro, a fin de incluir por ejemplo a la
posfacista Alianza Nacional de Italia, que tiene tanto de extrema
derecha como los poscomunistas Democráticos de Izquierda tienen de
extrema izquierda.
Lo que no fue ilusión óptica es que el balotaje se dirime entre dos
candidatos que sumados tocan el 36% de los votos y que, dada la
abstención, representan en conjunto a la quinta parte del electorado
francés. Para dar un ejemplo de la baja representatividad del primer
candidato. Hasta hoy el Partido Nacional está en estado de shock por
el resultado adverso de 1999, donde cosechó el 21.7% de los
votantes, ni más ni menos que dos puntos porcentuales y medio por
encima del exitoso Chirac. La derrota de Jospin, su eliminación de
la segunda vuelta fue esencialmente un tema de arquitectura
electoral, efectos de la forma en que se presentó la Izquierda
Plural y no un problema de votos, de apoyo popular. La Derecha
Parlamentaria es la primera fuerza de Francia y la Izquierda Plural
la segunda, con casi el doble de apoyo que la extrema derecha.
Lo que las elecciones francesas evidencian, su primera vuelta
presidencial, son los límites de la razonabilidad y la lógica del
balotaje. La teoría del sistema es que el presidente de la República
tendrá el respaldo de la mayoría absoluta del electorado activo,
pero esa mayoría puede resultar tan artificial y endeble como lo
aleatorio del pasaje del primer al segundo turno. Un número elevado
de candidaturas, la falta de candidaturas aglutinantes, la
dispersión del electorado, conllevan a que la representatividad de
los candidatos finalistas sea estrictamente formal. Quizás nunca
como en este caso ha sido válido el aserto de que se ve legalidad
pero no legitimidad.
Y a partir de aquí, el tema entra en la cancha uruguaya. Tanto
Francia como Uruguay a nivel presidencial aplican la variante
conocida como sistema de mayoría absoluta invariable (que difiere
radicalmente de otros sistemas de balotaje, en su teoría, su lógica
y su mecánica, como por ejemplo la elección parlamentaria francesa).
Y este sistema de mayoría absoluta invariable con una segunda vuelta
definitoria exclusivamente entre dos candidatos, no es una
herramienta perfecta, sino muy endeble, de las más endebles de la
ingeniería electoral conocida. Lleva al elector por caminos que no
son necesariamente lógicos. Y si eso es válido en el clásico
mecanismo de dos vueltas, lo es más aún en el original régimen de
tres vueltas que se inventó en Uruguay, este gran laboratorio de la
ingeniería constitucional. Porque las llamadas elecciones internas
no son tales, sino la primera de tres elecciones sucesivas y
vinculadas, que producen el mismo embudo que el sistema de copa o
sistema de eliminatorias que se aplica en el fútbol: hay cuartos de
final, semifinal y final. Cuando en el momento decisivo el elector
debe escoger entre dos candidatos, no necesariamente son los que con
otros mecanismos hubiesen convocado la adhesión mayoritaria de la
gente.
Ya que la reforma política vuelve al tapete, para satisfacción de
politólogos, constitucionalistas y expertos electorales, y si se
piensa en rever el sistema de elección presidencial, o extender el
balotaje al ámbito municipal, más vale ir despacio por las piedras.
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