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A nada tenemos que temer más que al miedo mismo. Estas palabras las
pronunció Franklin Roosevelt (al asumir la Presidencia) en tono
firme y vibrante, erguido, con los soportes sosteniendo sus piernas
paralíticas. En ese marzo de 1933 el pueblo norteamericano temía a
muchas cosas y sufría de muchas más, en medio de la mayor depresión
conocida en ese territorio. En realidad era sensato temer a muchas
más cosas que al miedo mismo. Lo que hizo Roosevelt fue un acto de
liderazgo, trasmitir a su pueblo un mensaje inequívoco: estén
tranquilos que en medio de la tempestad este barco tiene a su mando
un capitán firme, que sabe lo que hay que hacer. Luego vinieron las
“Charlas junto a la chimenea”, en que el presidente se dirigió
periódicamente a la gente en lenguaje sencillo y de manera a la vez
paternal, serena y firme. Sedujo a los norteamericanos en un estilo
sobrio, sin recurrir ni al chiste, ni a expresiones vulgares ni al
enojo ante las malas noticias. Trasmitió tranquilidad y la confianza
en un rumbo cierto, lo cual fue un formidable ejercicio de
prestidigitación, pues hay consenso en que si de algo careció fue de
un único gran programa claro y concreto: ensayó un camino tras otro,
y a veces varios a la vez, y abandonó buena parte de los que
emprendió. Su virtud fundamental estuvo en hacer creer que todos
esos caminos eran producto de un plan minuciosamente elaborado. Y
por último, durante la crisis Roosevelt habló solamente en esas
radiofónicas “Charlas junto a la Chimenea” o en actos puntuales; no
lo hizo todos los días ni por todos los temas, con lo cual el solo
hecho de hablar generaba expectativas y producía efectos.
Hay un fenómeno raro respecto a los liderazgos en momentos de
crisis, sobre todo si ese liderazgo es fuerte, paternal y trasmite
confianza. Ocurre que aun quienes discrepan radicalmente con él,
sienten la misma seguridad y serenidad que quienes coinciden
plenamente con su pensamiento y sus soluciones; los discrepantes
siguen discrepando, pero se sienten en paz.
Uruguay vive una crisis profunda en lo económico y social, agravada
por fuertes temores en lo inmediato y en lo mediato. Temores a
miedos conocidos y temores a la incertidumbre, certeza en que se ha
perdido la estabilidad, luego de la devaluación y del rebrote
inflacionario; y en gran medida, pérdida de confianza en el país
mismo. Toda situación crítica es producto de causas objetivas, pero
en lo económico, lo social y lo político las crisis se atenúan o se
acentúan por elementos psicológicos; la desconfianza agudiza
situaciones y la confianza ayuda a paliarlas. El sistema financiero
reposa esencialmente en la confianza de los ahorristas en la
credibilidad y solidez de las instituciones financieras, los títulos
públicos suben y bajan en función de la confianza de los
inversionistas en la capacidad de repago, las inversiones vienen o
se quedan en función de expectativas subjetivas. Y en esa confianza
o desconfianza hay siempre una base real, objetivable y medible,
pero hay mucho de subjetivo, de la confianza o desconfianza en la
información existente, en particular sobre la creencia de que la
información pública es o no es veraz y completa; y cuando no existe
credibilidad en la información, la confianza se desplaza hacia los
rumores. Confianza implica pues plena credibilidad en la información
pública, en su contenido y en su plenitud (que es completa, que no
hay ocultamiento); pero confianza implica también credibilidad en
que el timón está llevado con pericia, manos firmes y rumbo cierto.
Si a un consultor político que mire a Uruguay desde lejos se le
preguntase qué requiere hoy el país desde el punto de vista
político, seguramente contestaría: que el gobierno y su soporte
político funcionen con fluidez, que haya la mayor voluntad de
diálogo entre gobierno y oposición (que hoy no existe por ambas
partes) y fundamentalmente que el presidente actúe como Roosevelt.
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