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Esta
semana marca el último fin de una etapa, el de la estabilidad, sobre
la cual se afianzó el triunfo electoral de la coalición de gobierno.
Porque estabilidad supone certidumbre y la sociedad uruguaya apuesta
normalmente a la certidumbre. Comenzó el tiempo de la incerteza, o
terminó de comenzar esta etapa, en un lento arranque con la
devaluación de junio del año pasado (técnicamente, la acentuación de
la pauta devaluatoria por encima del crecimiento de los precios
internos), la fuerte pauta devaluatoria anunciada para todo el 2002
y como corolario, el rebrote inflacionario. No hay previsión en el
horizonte sobre el crecimiento de los precios ni sobre la cotización
del dólar, lo que complica desde las transacciones comerciales a la
administración doméstica. Y ello supone un cambio cultural, tan
fuerte como supuso el difícil y lento cambio de la cultura de la
inflación a la cultura de la estabilidad.
Las señales de gobierno pueden ser unas para los agentes económicos
de primera línea, que en general son pocos, bien informados y bien
asesorados. Pero son otras para el grueso de la sociedad, para las
mujeres y los hombres comunes y silvestres, fueren asalariados,
empresarios pequeños y medianos, o profesionales liberales. Esta
gran mayoría cuenta con escasa información privilegiada, no se
especializa en economía ni en finanzas y no tiene asesores
calificados. Se guía pues por la confianza en quienes tienen que
tomar la decisión. Y esta gente tiene en general la ingenua creencia
de que cuando un gobernante anuncia un plan, ello supone un
compromiso del gobierno, la apuesta a un camino. Cuando hace un mes
se confirma una banda para el dólar válida para todo el año, el que
más o el que menos hizo sus previsiones sobre esta base; aunque ya
con mucha desconfianza, porque el año pasado todavía no poca gente
tomó compromisos en dólares, incentivado por el propio Estado en
este derrotero, y encontró que luego se le duplicó el ritmo
devaluatorio. Y ahora encuentra que tampoco se cumplió el último
anuncio, no tuvo el resto del año para salir del atolladero.
Un ángulo de análisis de lo ocurrido es el económico y el
financiero: la necesidad de estas medidas, su urgencia y hasta los
impactos de la misma. Otro ángulo es el político y en particular el
político-social. Y aquí se observa la importancia que en este
momento tiene para el gobierno el haber derrochado un gran capital
de confianza, un derroche gratuito, pues se fue en una larga
colección de anuncios sin concre- ciones, muchas veces de anuncios
sin planes pensados, sin proyectos elaborados y hasta sin la
voluntad política de llevarlos adelante. Las devaluaciones no se
pueden anunciar, sencillamente se hacen. Por eso es importante
contar con ese capital de confianza cuando es necesario dar el
tremendo paso de faltar a la palabra y hacer comprender a la gente
las razones de ese incumplimiento.
Pero además no basta dirigirse a los principales agentes económicos,
es necesario hablarle a la gente para explicar lo realizado. Entre
otras cosas, por dos razones sencillas: Una, que en una democracia
la opinión pública influye, condiciona al sistema político y por
ende al gobierno. Dos, porque buena parte de esta opinión pública es
a la vez el mercado minorista del sistema financiero, el que puede
robus- tecerlo o desestabilizarlo con miles y miles de depósitos o
retiros cada uno de unos pocos centenares o de unos pocos miles de
dólares.
La gente puede estar a favor o en contra de un gobierno, pero lo que
no puede es perder la confianza en el mismo, dejar de creer en la
veracidad de sus anuncios e informaciones. A un gobierno se le puede
querer u odiar, pero no se le puede dejar de respetar o de temer.
Después de las desprolijidades al más alto nivel habidas hace una
quincena y con una medida de esta envergadura a la vista, el
presidente, su vocero-coordinador y el equipo económico debieron
actuar en una misma frecuencia de onda, para atemperar la
incertidumbre que las solas medidas económicas iban a provocar. Lo
que no se hizo, ya pasó; pero todavía hay mucho que andar, y se
puede generar una incerteza mayor o menor. El gobierno tiene poco
tiempo y poco margen para recuperar confianza, y debe hacerlo con
urgencia y coherencia.
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