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El
nivel de la crisis económica y social del país es lo suficientemente
obvia que no exige descripción. Tanto que el comentario más
optimista que puede oírse es: “no estamos tan mal, vamos a estar
peor”. En lo económico, además de las medidas propiamente
económicas, importa la conducción política, la existencia de ella,
su firmeza y la claridad del rumbo. Por supuesto que un gobierno
firme y con rumbo claro va a concitar grandes adhesiones y fuertes
oposiciones, pero eso es lo natural.
El presidente de la República está en el peor momento de su mandato.
En la opinión pública ha caído fuertemente la aprobación, la
confianza y la credibilidad del primer mandatario. Pero también se
ha diluido la confianza en el gobierno de una parte sustantiva de
los industriales, comerciantes y productores rurales. Por otra parte
sus adversarios políticos se encuentran en el mejor momento, más
cerca que nunca de alcanzar el gobierno en las próximas elecciones,
quizás con mayor capacidad de captar votos que de generar esperanza,
pero para ganar la Presidencia no importa si los votos que se
cuentan fueron depositados con esperanza o sin ella.
El presidente, el gobierno, la coalición de gobierno y los partidos
tradicionales están en la hora penúltima. Y en el tiempo que resta
de aquí a octubre del 2004 sólo les cabe hacer la movida correcta en
cada jugada, sin posibilidad alguna de un solo error. Y aún así, con
el juego más exacto posible, no tienen asegurado el triunfo. A casi
dos años y medio de gobierno, recién se hace la primera reunión de
los tres grandes líderes de la coalición; lo que debió ser rutina,
es un acontecimiento extraordinario realizado in extremis para
lograr oxígeno. Pero a esta altura no son suficientes los gestos
aislados, porque ha habido muchos gestos aislados cada uno de los
cuales fue sucedido por alguna frustración. Se requiere una
continuidad, y la fundamental es demostrar la existencia de una
conducción política sólida y coherente; ello exige un ámbito de
conducción, que parece no haber otro que una reunión muy frecuente
de los tres grandes líderes, y una forma de conducción: el procesar
todas las ideas, planes y proyectos en el ámbito interno de la
coalición, y comunicar a la gente lo que ya cuenta con consenso; no
hay más margen para que el presidente o la conducción económica
anuncien lo que luego no tiene viabilidad o lo que son simples ideas
repentinas o gustos personales.
Y es mucho más lo que hay que evitar. El presidente de la República
debe ser más parco aún en sus palabras, más de lo que ha sido en las
seis semanas pasadas, y sólo hablar para anunciar lo ya definido,
acordado y que cuenta con apoyo suficiente; el jefe de Estado debe
ser el conductor del país, no un intelectual que lanza ideas para
provocar el debate. Los líderes de primer y segundo nivel, los demás
actores políticos, los partidos y las fracciones deben entender que
no hay más margen para el juego de desgaste. Durante buena parte de
la última década hubo intensas movidas que generaron la erosión del
Partido Nacional, del herrerismo y de Lacalle; en los dos últimos
años el blanco de los ataques fue el Foro Batllista y Sanguinetti.
Tanto Lacalle como Sanguinetti resultaron afectados por esas
campañas en las que hubo fuerte participación pública o encubierta
desde los propios partidos tradicionales, a lo que se suma la
erosión que por sí solo ha sufrido Batlle, el otro de los tres
grandes líderes tradicionales.
Tampoco hay más margen para que la conducción económica haga
anuncios que luego se desmienten o mueren en los escritorios. Ni
para que se designen figuras cuyo afán de protagonismo las lleva a
generar fuertes polémicas, grandes titulares y hacer mutis a poco de
sentarse en el cargo. No hay margen para los juegos de poder entre
técnicos y políticos en las filas del sector de gobierno, ni para
que figuras de la conducción económica o legisladores del
oficialismo retiren sus dineros de los bancos mientras el presidente
pide a la gente confianza en el sistema financiero. El presidente,
el gobierno y los partidos tradicionales deben aprovechar cada
segundo de cada minuto, sin posibilidades de error alguno.
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