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La
administración Batlle logró oxígeno pese a sus denodados esfuerzos
para impedirlo y a un juego de líderes políticos que se desarrolló
en medio de señales contradictorias. Pero esas desprolijidades
presidenciales y asintonías entre sus antecesores generaron un
producto formidable: la recreación de la expectativa, o al menos la
calma, una pausa en la crispación. Todo a costa del pobre Atchugarry,
que el martes ganó la candidatura a la canonización; porque o muere
en la demanda y pasa a la categoría de mártir, o produce un milagro.
Lo cierto es que su gesto en sí mismo significó un mensaje al país,
porque no es un tecnócrata al que la asunción del Ministerio le
mejora su currículo para posteriores incursiones internacionales,
con independencia del éxito o el fracaso en la gestión, sino un
político que juega todo su prestigio (bastante alto en la clase
política) en una apuesta de riesgo infinito. El presidente podía
elegir entre un economista no político o un político, economista o
no; la elección fue la que más conjuga con la necesidad presente,
que es satisfacer las insatisfacciones dejadas por su antecesor.
¿Cuáles son? En primer término, diálogo, con todos, con todas las
fuerzas políticas sin exclusión alguna, con las fuerzas sociales,
con todas las fuerzas económicas. En segundo lugar, flexibilidad,
capacidad para oír y entender, para buscar alivio, aunque éste fuere
simbólico. En tercer lugar, buena comunicación con el país, con la
gente, cuyo sufrimiento y angustias necesitan que el gobierno de
señal de comprensión. En cuarto término, atender a todo lo
económico, y no solamente – pese a la urgencia y gravedad del tema –
a lo financiero y lo fiscal, entre otras cosas porque a un plazo
también corto lo fiscal no se arregla si no se compone lo
productivo. Por supuesto, y está dicho, no irritar innecesariamente,
pasatiempo favorito del titular saliente de la cartera, lo que
contribuyó y mucho a su salida. Y va de suyo que todo ello es en
vano si no va acompañado de claridad y firmeza el rumbo económico;
sobre cuál debe ser el rumbo caben todas las posiciones políticas, y
sin duda no va a haber consenso, y allí es donde tiene que aparecer
la habilidad del político para administrar los disensos con
elegancia. El sistema político en su casi totalidad ha apostado a
Atchugarry, y no sólo el sistema político, sino con mucha fuerza la
industria, los exportadores, el sindicato bancario.
Pero este optimismo, que no ha sido acompañado por la confianza
pública en los depósitos, ha ocultado el manejo desprolijo del
presidente de la República que llevó a que Alberto Bensión tuviese
la peor salida política, porque estuvo en el tapete y pudo
administrarse su enroque al Banco Central. Lo cual era mejor
solución que el discurso compungido del primer mandatario, si lo que
se pretendía era reconocer el esfuerzo de un hombre que fue leal con
el presidente y, desde el punto de vista del gobierno, eficaz en su
gestión financiera, particularmente con los organismos
internacionales. Porque con ese discurso no pudo mitigar lo que fue
un despido inelegante para el ministro, y en cambio agregó un
elemento más de demostración de la pérdida de poder del presidente.
Otra vez, las cosas mal hechas producen buenos resultados, porque
obligó a un recambio en el Banco Central y a generar aire fresco con
la elección de un economista joven.
En casi dos años y medio de gobierno los tres grandes líderes de la
coalición se reunieron una sola vez, y lejos de generar calma,
produjeron un fin de semana cargado de incertidumbres, vaivenes,
versiones contradictorias sobre lo ocurrido, y el pedido público de
renuncia del ministro de Economía formulado por el presidente del
Partido Nacional. En el haber queda que, desatada la crisis, los
tres líderes actuaron con claridad y prolijidad para encontrar una
rápida solución, y además todos los sectores de la coalición
sellaron la paz hasta el comienzo de la campaña electoral en la
primavera del año que viene. Pero también quedó abierto un diálogo
con la oposición y un lugar para que la izquierda participe. Nada de
esto cambia lo económico, pero Argentina demuestra lo fundamental
que es el buen o mal funcionamiento del sistema político para
enfrentar la crisis económica.
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