|
Hay
dos visiones de las relaciones internacionales que por parciales se
alejan de la realidad, a las que se puede llamar la visión romántica
y la visión ajedrecística. Para la óptica romántica, como las series
de novelas históricas sobre reyes y cortes, las relaciones entre
Estados son un juego de amor y odio entre amigos, parientes,
antiguos amigos y enemigos más antiguos o más recientes; en
definitiva, la base de las relaciones internacionales son las
relaciones personales entre los estadistas. Para la óptica
ajedrecística, la base de las relaciones lo constituyen los
objetivos centrales de cada Estado, ya fuese la defensa del interés
nacional o la lucha por la imposición de determinados principios,
valores o ideas; vale decir, no importa si el cálculo frío de
Richelieu o el rígido principismo de Fernando de Habsburgo, lo
fundamental es no desviarse jamás del objetivo trazado por el
Estado.
En la vida real juegan ambas cosas, el ajedrez y las interacciones
personales. A veces más unas, otras veces más otras. Hay algunas
cosas claras: no hay amistad personal alguna que pueda estar por
encima del interés nacional de un Estado ni de sus objetivos
estratégicos; tampoco hay relaciones entre los estadistas si no
existe una mínima base de confianza entre ellos, aun entre
gobernantes con ideas diferentes y sistemas opuestos. Ambas cosas
pues importan.
Estados Unidos otorgó un importante apoyo a Uruguay que fue
calificado de insólito en diversos medios de prensa ibéricos y
americanos. Luego el hecho pasó a segundo plano y dejó de ser
inusual, tras el paso siguiente hacia Brasil. Sin duda la jugada
norteamericana, que supuso un giro de 180 grados en la concepción de
la administración Bush, responde a la necesidad de evitar el
desplome de la región austral de las Américas y la elección de
Uruguay como primer paso apunta a un juego de premios y castigos, de
premiar al niño bueno y castigar al malo. En definitiva Uruguay
ofrece el ejemplo de un sistema político serio, fluido, consolidado,
que en conjunto recibe alta confiabilidad y respaldo de la
ciudadanía, en donde gobierno y oposición sin abandonar cada quien
su rol de tal habilitan la toma de decisiones trascendentes, donde
operan sindicatos (como el bancario) que juega un fuerte papel
sistémico; el país nunca incumplió sus deudas y siempre respetó sus
compromisos. Todo ese activo de este pequeño país, al que ayudarlo
además cuesta para una potencia muy poco dinero, le sirve a Estados
Unidos y a los organismos internacionales. Pero así como en la vida
comercial un interesado en comprar y un interesado en vender pueden
no encontrarse o no entenderse, también en la política internacional
se necesita quien venda y quien tienda puentes. Y ahí es donde
aparece la relación personal entablada entre el presidente uruguayo
y el presidente de Estados Unidos, la cual es complementada por un
acercamiento de la postura internacional de Uruguay a la del país
del norte. Porque así como Sanguinetti pudo desarrollar buenas
relaciones personales con gobernantes europeos, a partir de una
postura política y culturalmente europeísta, Batlle pudo generar esa
relación con Bush a partir de una postura política y cultural
panamericanista o proestadounidense. Así como los primeros tres años
de la segunda administración Sanguinetti marcan el mayor
distanciamiento entre Uruguay y Estados Unidos en mucho tiempo, la
administración Batlle marca el mayor acercamiento y alineamiento;
sin duda el caso Cuba marca la diferencia entre uno y otro momento.
Sobre el apoyo de Estados Unidos hay sin duda en el país opiniones
divergentes, aunque se percibe que la gente en el medio del feriado
bancario esperaba ansiosamente la confirmación de los US$ 1.500
millones. Para todos los que opinan positivamente y los que
aguardaban el dinero, el silencioso papel cumplido por el presidente
resultó gravitante. Pero también es trascendente lo que este hecho
significó al interior del propio Jorge Batlle, luego de la crisis
emocional de los meses pasados. En la conferencia de prensa junto al
secretario del Tesoro norteamericano exhibió confianza, serenidad;
se sintió exitoso, volvió a comunicarse con su pueblo. Retornó a
escena en la plenitud de su papel de jefe de Estado.
|