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La
izquierda uruguaya, y con ella Tabaré Vázquez, se encuentra hoy a un
pequeño paso de alcanzar el gobierno; nunca estuvo tan cerca. El
Frente Amplio recoge la adhesión del 47% de los electores y el Nuevo
Espacio oficial de Michelini otro 2%; ambos sumados, si se realiza
la alianza, se ubican apenas en un punto porcentual por debajo de la
mayoría absoluta del electorado. Enfrente tiene a ambos partidos
tradicionales, el Nuevo Espacio Independiente y la Unión Cívica,
cuyo conjunto al día de hoy acumula un 37%. Entre uno y otro bloque
hay 12 puntos de distancia, pero el total de indefinidos oscila
entre un 9% y un 11%, si se parte del supuesto que el voto en blanco
puede rondar entre el 3% (cifra alcanzada en los últimos tres
comicios) o el 5% (lo que determina la última encuesta). Este es el
escenario que recoge la crisis emocional del presidente, el rebrote
inflacionario y la fuerte devaluación; pero es anterior al feriado
cambiario.
Desde el punto de vista estrictamente matemático, hay dos
condicionantes. Uno, que se selle la alianza entre el Frente Amplio
y el Nuevo Espacio oficial. Dos, que consolide todo el crecimiento
de los últimos dos meses, los cuatro puntos porcentuales ganados a
partir de mayo; porque esos cuatro puntos están prendidos con
alfileres, pues se componen de personas que por mitades se definen
como blancas o coloradas, que no abandonan su pertenencia
tradicional, y hoy optan por el voto a la izquierda. Ese voto, pues,
todavía debe ser conquistado.
Pero más allá de lo matemático, la izquierda enfrenta un conjunto de
desafíos, que como primera aproximación al tema conviene inventariar
sumariamente:
Uno. En las grandes crisis y en los temas fundamentales Tabaré
Vázquez desaparece o aparece poco. No transmite liderazgo ni
conducción. Ese mutis puede ser un pasivo, que será más grande o más
chico según la dimensión de la inestabilidad en el momento del voto.
Si el país tiembla como tembló en la semana de los bancos cerrados,
un sector decisivo a la hora de volcar la balanza podrá inclinarse
más bien por quien demuestre capacidad y experiencia en timonear
barcos en la tempestad, y por contrapartida superar los desencantos
y rechazos que provoquen viejos actores. Puede darse que la gente
prefiera lo que otorgue seguridad antes que lo que genere
expectativas.
Dos. El país puede no temblar y haber terminado la caída, es decir,
haber llegado al fondo. Si ese toque de fondo se produce con
rapidez, la sociedad pasa a vivir en un nuevo estado permanente, más
pobre que durante los 90. Pero se termina la angustia de la
incertidumbre, para instalarse la certeza de la escasez. Cuanto más
rápido se instale este estado hay más facilidades para que la gente
se acostumbre a vivir de una nueva forma, con más estrechez, pero
con previsibilidad. Cuanto más se tarde en llegar al fondo del
tarro, más cerca de las elecciones estará la sensación de angustia e
incertidumbre. A la izquierda le conviene que no se toque fondo con
rapidez, que no exista acostumbramiento a la nueva situación, sino
que la angustia llegue hasta las elecciones mismas.
Tres. Alcanzar la mayoría absoluta supone contentar a un abanico
social muy amplio, que va desde un extremo conservador y nostálgico,
que quiere volver a las certezas del pasado, a los míticos años 50,
y otro extremo radical, contestatario, que quiere algo nuevo, sin
que tenga claro qué es.
Cuatro. También supone ser el portavoz de la disconformidad social y
por otro lado dar pruebas de capacidad y cultura de gobierno. Ser a
la vez radical y moderado.
Cinco. Significa resolver la difícil ecuación entre unidad y
diversidad. Entre ser una fuerza política sólida y disciplinada, y
por otro contener la enorme diversidad que va desde la Corriente de
Izquierda hasta Asamblea Uruguay.
Seis. El Frente Amplio no domina ni condiciona a los actores
sociales. Y muchas veces ocurre lo opuesto. En el plano social hay
actores que protagonizan actos violentos, como el ataque al Palacio
Legislativo o los saqueos de almacenes, y otros actores cuyo
discurso incita o justifica la violencia. Los violentos son pocos,
pero se necesita poca gente para asaltar almacenes, romper vidrios o
quemar puertas. Y sus efectos comunicacionales son elevados. Los
enemigos de la izquierda juegan el lógico juego de atar la violencia
con la izquierda institucional.
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