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Uruguay
vive una situación que puede parangonarse a la de un país al término
de una guerra exterior. Es la hora de la reflexión, de repensarse a
sí mismo, como país y como sociedad, el momento del diagnóstico, el
inventario, la búsqueda de metas y la planificación del futuro, del
inmediato y urgente, y del mediato, el que lleva a toda una
generación y la supera. Se quebró la estabilidad, y con ella se fue
el nivel de ingresos y de consumo de los noventa. Y no faltará
demasiado tiempo para que este rincón de las nostalgias agregue un
nuevo imaginario: al imaginario de los años cincuenta se sume el
imaginario de los años noventa, el de mediados y el de fines del
siglo XX. Con muchas diferencias entre uno y otro. El primero de
ellos fue vivido por los contemporáneos como exitoso, simbolizado en
la cuarta y última obtención de un título mundial de fútbol en
Maracaná, pero también del país acreedor de los imperios coloniales
de la época, de Gran Bretaña y de Francia; la prueba de esa
percepción exitosa es que entre 1942 y 1954 los uruguayos votaron
sistemáticamente a favor del gobierno, en cuatro elecciones
consecutivas. El segundo imaginario, en cambio, fue vivido en su
momento como polémico: positivo para un tercio del país, negativo
para otro tercio, en el más o menos para el resto; traducido a lo
electoral, las últimas cuatro elecciones nacionales marcaron cada
una de ellas un cambio de partido en las primeras preferencias, y a
lo largo del periodo un consistente ascenso de la izquierda y
declive de los sesquicentenarios partidos tradicionales. Ahora, a
pocos años, a casi meses de terminada, la opinión pública percibe a
la década de 1990 como un periodo en que el país estuvo muy bien y
en que cada uno vivió muy bien; percepción bien diferente a la
exteriorizada en su momento.
Pero la década de 1990 deja también otras señales que el siglo XXI
va a terminar de dibujar: la población del país se reproduce
esencialmente en la pobreza, porque el grueso de la sociedad tiene
una tasa de remplazo negativa, lo que supone que la población de los
niveles altos, medios y medio-bajos va cuantitativamente en
retroceso, mientras crece de forma veloz la población del nivel
bajo, de la gente que vive en la pobreza. Y más allá de lo
económico, en lo social y en lo cultural, es una apuesta a la
pobreza y a la segmentación social. El país queda además con una
deuda que casi equivale al Producto Interno Bruto de un año, con
inseguridad sobre los resultados de la apuesta a los servicios, con
un sistema financiero de futuro incierto, una industria en serias
dificultades y un agro con fuerte endeudamiento (aunque buena parte
del mismo viene de más atrás). Pero quizás lo más importante es que
el país se llenó de interrogantes sobre su futuro y hasta su propia
viabilidad. Como pasó a lo largo de los años sesenta del siglo
pasado, retorna la duda existencial de una sociedad entera. El
uruguayo pasa del sentimiento de diferenciación y singularidad, a la
más profunda duda sobre su viabilidad. En medio de la crisis el país
exhibe un sistema político sólido, sin duda el más sólido del
hemisferio, pero con fuertes síntomas de agotamiento biológico, ya
que el elenco político envejece y presenta serias dificultades de
renovación generacional; a este ritmo no es fácil vaticinar cuanto
tiempo más este sistema va a soportar el paso del tiempo, sin verse
afectado por el endurecimiento de las arterias o la deformación de
las articulaciones.
Es la hora pues de repensar el país y la sociedad. De ver cuál es la
inserción en el mundo, de qué viabilidad tiene la región y ante todo
cuál es esa región, cuáles sus límites y sus componentes. De cuál es
el papel que cabe a Uruguay en la economía regional y mundial, el
producir qué y para qué. Cuáles son sus falencias y necesidades. Y
por encima de todo, un diagnóstico más preciso de cuán rica o cuán
pobre es la sociedad uruguaya, para poder determinar cuáles son sus
posibilidades, para vivir dentro de ellas, porque ya no se puede
pedir más prestado. Quizás se pueda decir que ese siglo XX que
empezó mucho antes que el almanaque, en el último cuarto de los años
de 1800, con las oleadas de barcos cargados de inmigrantes, se
terminó en el segundo año del siglo XXI.
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