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Esta
semana salió a la luz pública una antigua y creciente asintonía
entre parlamentarios y periodistas. Ello es el producto del manejo
de códigos diferentes y en no pocas veces también hasta de culturas
diferentes (no de distinciones en cuanto al nivel cultural de cada
cual, sino a las formas de comprender la actividad pública). Cada
parte ve a la otra a partir de supuestos muchas veces falsos. Y
además cada parte no es homogénea, como que la visión que tiene del
periodismo la izquierda es diferente a la de los políticos
tradicionales, y también es distinta la visión de la política o los
políticos que puede tener un periodista de La República o uno de El
País.
Un primer punto es que los periodistas actúan en y para los medios
de comunicación. Y prácticamente todos estos medios coinciden en
considerar la labor parlamentaria como secundaria: normalmente no
existe la crónica parlamentaria, ni la cobertura cotidiana del
trabajo de comisiones, de las varias que en cada cámara se reúnen de
mañana y de tarde, al menos de lunes a jueves durante los primeros
18 días de cada mes. Es casi imposible enterarse de la agenda
parlamentaria de Uruguay, de cuando y para qué se reúnen los
plenarios o las comisiones; y hay que aclarar que de Uruguay, porque
por ejemplo de Italia es posible día a día seguir desde aquí, desde
este confín del mundo, la actuación de cada una de las cámaras y de
cada una de las comisiones. La información parlamentaria existe
cuando pasa a ser noticia política de primer nivel. Y
mayoritariamente lo que existe es la cobertura de información
política con sede en el Parlamento, y subsidiariamente información
parlamentaria o legislativa propiamente dicha. Ha desaparecido la
especialización de cronista parlamentaria, especie de la que quedan
pocos sobrevivientes, y de esos pocos los que siguen ligados al
Parlamento no lo están del lado del periodismo sino del otro, como
legisladores o secretarios de Cámara (Guillermo Chifflet, Ruben
Díaz, Horacio Catalurda).
Pero además, los periodistas políticos formados a la salida y a
posteriori del periodo militar, tienen mayoritariamente una visión
peculiar sobre el papel de los partidos políticos y de los
parlamentarios. Es una visión que en general no coincide con la de
historiadores, politólogos y periodistas políticos europeos sobre el
funcionamiento de los sistemas y actores políticos europeos. Como se
sabe, el sistema y el funcionamiento político uruguayo presenta
grandes similitudes con los sistemas y los funcionamientos europeos.
La óptica de este conjunto de comunicadores nacionales más bien
parte de la construcción de un modelo ideal al que debería ajustarse
la función parlamentaria, modelo que no es producto de la historia
ni de la praxis, sino del imaginario. Y como ocurre siempre, la vida
es más compleja que la imaginación, y los modelos reales son más
difíciles de desentrañar que las construcciones lógicas ideales. Y
aquí aparece una segunda tipología de causas de esa asintonía: se
pretende ver la realidad no tal cual es, sino tal como se quiere que
sea.
Los legisladores por su lado hacen bastante por ser mal entendidos y
peor interpretados por los periodistas. Muchos de ellos trabajan con
ahínco en el impulso y redacción de leyes, o en la representación y
defensa de intereses de sus representados (zonales o sectoriales),
pero cuando conversan con los periodistas, hablan de sus ambiciones
políticas y de las rivalidades de familia, de los chismes de aldea;
muestran el lado más pequeño de la actividad política. Y además hay
mucha paranoia, particularmente entre los legisladores
frenteamplistas, muchos de los cuales ven feroces conspiraciones del
imperialismo detrás de lo que a veces es la simple ignorancia de un
periodista. Todo ello sin contar la sistemática labor de
autodestrucción que con paciencia y perseverancia desarrollan desde
hace varios lustros los más variados actores políticos, de todo
calibre y color.
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