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En
los últimos tiempos ha convergido un recurrente cuestionamiento a
los políticos y en particular a los parlamentarios. Este “disparen
contra los políticos” proviene fundamentalmente de parte del
periodismo político informativo (es decir, no surge a partir de
opiniones sino de la trasmisión de información), de técnicos (muchos
de ellos de pasaje por la política) y de dirigentes empresarios (que
al ataque a los políticos suman también una embestida contra el
Estado).
El sistema uruguayo es de los clasificados como democracia
representativa, es decir, es una democracia en el sentido liberal
del término (más exactamente corresponde decir que es una
poliarquía) y representativa en tanto las decisiones y el debate se
expresan esencialmente a través de representantes elegidos por los
ciudadanos. El tema de la representación no es menor. Un periodista,
un analista, un politólogo, un técnico, se representa a sí mismo,
por valioso y encumbrado que fuere. ¿Qué pasa con los
parlamentarios? Cuando un espectáculo o un acto político logra
llenar el Cilindro Municipal, es un éxito digno del mayor destaque.
Bueno, vale la pena reflexionar que si todos los asistentes al
Cilindro votasen sin excepción a un mismo candidato, no le alcanza
para ser elegido diputado; la representatividad de un diputado es
apenas mayor que todo el Cilindro más todo el Palacio Peñarol a
capacidad plena. Ni hablar de lo que es llenar el Estadio
Centenario, con un aforo de 60.400 personas, propósito en el que ha
fracasado más de un osado productor de espectáculos y al que no se
ha animado grupo político alguno. Otra vez, si todos los asistentes
al Estadio a capacidad plena votasen a un mismo candidato, los votos
no alcanzan para elegirlo senador. Estas cifras sirven para
demostrar que un legislador, aunque fuere semianalfabeto, trepador e
irresponsable, está allí en nombre y representación de esa fenomenal
cantidad de gente, que es quien lo juzgará acerca de si cumplió o no
cumplió debidamente su mandato, en ocasión de la siguiente elección.
Vale la pena insistir en la feroz ironía de George Bernard Shaw.
Decía que una virtud de la democracia es que ningún representante
puede ser más imbécil que sus representados, porque cuanto más
imbécil es el representante, más imbéciles son los que lo eligieron.
En esencia, todo ataque a los parlamentarios es en esencia un ataque
a los electores que eligieron esos parlamentarios. No hay un solo
diputado o senador que no esté allí porque hubo un formidable
conjunto de personas que dieron el voto a su persona, a su lista, a
su grupo político, a su líder o a su partido. La democracia
representativa es así, con sus muchos defectos y otras tantas
virtudes. Si alguien tiene un elevado nivel de insatisfacción con
todos los actores, debe pues buscar crear una opción propia y
recabar el apoyo ciudadano. O puede cuestionar total o parcialmente
la democracia, lo que ocurre cada tanto. En el Uruguay de la década
de 1930 se propuso la instauración del voto calificado cultural y en
la Constitución de 1830 se excluía del voto a los sirvientes a
sueldo, peones jornaleros y analfabetos. Son dos maneras para que
los que se consideran más inteligentes pesen más que aquellos que
serían menos inteligentes.
En la década de 1960 el cuestionamiento a los políticos fue
extremadamente elevado, y buena parte de la población (pudo ser
incluso una mayoría) descreyó del sistema democrático representativo
liberal. Y aparecieron alternativas. Una parte del país apostó a un
golpe de Estado; otra parte del país a un cambio revolucionario.
Cada parte hizo lo que creyó correcto, produjo lo que produjo y
afrontó en carne propia las consecuencias. La gran mayoría de la
sociedad cree que en su momento unos y otros se equivocaron.
Hoy hay un ataque continuado a los políticos sin que se propongan
nuevas opciones, lo que es una forma de descreer en la democracia.
Pero tampoco se proponen alternativas a esa democracia que no gusta.
Eso conduce exclusivamente a la anomia, a la desorganización de la
sociedad. Es algo como el argentino “que se vayan todos”‘. ¿Alguien
se preguntó qué pasa si de verdad se van todos?
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