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A
sociedad uruguaya pasa por uno de los períodos de mayor depresión
psicológica de su historia y esa depresión en gran medida es
producto no sólo de la difícil situación presente, sino del futuro
incierto y oscuro. Uruguay puede apostar a la autarquía, a
encerrarse en sí mismo, con los efectos positivos y negativos de un
modelo cerrado. Puede apostar, como lo ha hecho en los últimos
lustros, a proyectarse al exterior. El camino posible y de mejor
aliento, que mayor apoyo político y social concitó, fue el del
Mercosur. Sin duda fue el país que apostó al bloque regional con más
fuerza, más temprano y no solamente a través de sus elites, sino de
la sociedad en su conjunto. La proliferación de la enseñanza del
portugués es un símbolo de lo que la gente común vio en el proyecto.
Más allá de tratados y documentos, estuvo subyacente –y en
particular así lo vivieron los uruguayos– el recorrer aceleradamente
los pasos de Europa Occidental. Así fue que se salteó el paso de una
zona de libre comercio para entrar directamente a la unión aduanera,
como paso previo a una rápida unión económica y monetaria. Como
quien dice, el propósito fue recorrer en un par de décadas el largo
camino que va de Roma a Niza, el medio siglo que va de la Comunidad
Económica Europea a la Constitución Europea y la moneda única
(parcial) de por medio. Y en ese sueño figuraba Montevideo como
capital del bloque, la Bruselas del Sur.
Ese proyecto se frustró, al menos entró en un largo letargo. Y su
futuro depende en gran medida de lo que pase con Brasil, de su
propósito de revivir el Mercosur. Semanas atrás estuvo por estas
calles Fernando Henrique Cardoso, en lo que pareció ser su despedida
como presidente y su lanzamiento como aspirante a un liderazgo
supranacional. Y en sus conferencias y entrevistas sorprendió con un
tono efusivamente mercosuriano. Dijo exactamente todo lo que los
uruguayos deseaban oír, dijo exactamente lo contrario a lo que hizo
como presidente en su segundo mandato. Es común que no coincida el
discurso preelectoral de un mandatario con los hechos posteriores de
su gobierno, pero ahora ocurrió al revés, el discurso de despedida
es un alegato en contra de lo que fueron los hechos producidos
durante su mandato, durante su segundo período (que en cuanto al
Mercosur implicó un giro significativo respecto al primer período).
Pero el vicario de Fernando Henrique, el candidato oficialista José
Serra, no dejó duda alguna esta semana, en lo que no es ningún
exabrupto sino la confirmación de lo que ya afirmara en marzo y
reiterara en mayo: no le gusta el Mercosur. Y para que lo entienda
el más despistado, lo dijo con todas las letras: “El gran error fue
incluir en el Mercosur a Uruguay y Paraguay”. Tiempo atrás dijo que
Brasil fue demasiado generoso con el Mercosur y en particular con
Argentina, con lo cual no deja nada sin arrepentimiento. Lo más
significativo es que el discurso de Serra coincide con lo actuado
por el gobierno en estos últimos cuatro años, pone en palabras lo
que Fernando Henrique puso en los hechos; y uno y otro son
contradichos por las últimas palabras de Fernando Henrique, en el
Complejo Riviera y en la televisión.
Lula, que en la cambiante opinión pública aparece hoy con más
posibilidades que Serra, en los últimos tiempos viene girando hacia
una postura favorable al Mercosur. Sin embargo, su candidatura se
apoya en una vasta red de intereses regionales muchos de los cuales,
particularmente los de los tres estados del sur, pero en algo
también los del todopoderoso San Pablo, son los grandes promotores
de todos los obstáculos puestos al funcionamiento real del Mercosur.
Son los que han movilizado a ignotos jueces para frenar desde
camiones de arroz a cajas de carne de ñandú. Lula deja al menos el
beneficio de la duda y abre la esperanza de que en algún momento
ocurra una apuesta al Mercosur; la única posibilidad que deja Serra
es que incumpla su discurso preelectoral. Pero lo más preocupante
para Uruguay es que este discurso anti-Mercosur y antiuruguayo lo
asuma un candidato en serias dificultades, que pone toda la carne en
el asador y juega sus últimos boletos, lo que quiere decir que es un
discurso que logra amplia receptividad en la sociedad brasilera.
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