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Efecto
Lula” es un término acuñado por medios de comunicación, bancos
internacionales, calificadoras de riesgo y operadores financieros
con el objeto de promover el miedo al triunfo de Luiz Inacio da
Silva, al atribuirle todos los efectos negativos de los movimientos
bursátiles, financieros y cambiarios; y además con el propósito de
operar sobre esos mercados con fines electorales. Como sucede cuando
las conspiraciones se hacen con chapucería, cada jugada anti Lula
devino en un incremento de la adhesión al ex dirigente metalúrgico.
Pero su seguro triunfo presidencial (hoy o en la segunda vuelta) da
lugar a un segundo “Efecto Lula”, más modesto para la humanidad pero
de gran importancia para lo que fuera la provincia más austral del
Imperio del Brasil. Como viene ocurriendo desde el despuntar del
siglo XVI, ocurre ahora y ocurrirá por otros tantos siglos, no hay
cosa importante que pase al norte del río Cuareim o a la derecha del
río Uruguay que no impacte sobre esta tierra de fronteras, este
“algodón entre dos cristales” al decir de Lord Ponsomby.
El triunfo de Lula significa la segunda llegada al gobierno de la
izquierda en el Cono Sur, por vía electoral e indiscutiblemente
democrática. La primera gran incógnita es qué es lo que llega al
poder, del brazo con un vicepresidente empresario y liberal: ¿la
izquierda revolucionaria y tercermundista o una socialdemocracia
reformulada para este tiempo histórico y este lugar del mundo? Una
segunda incógnita es qué significan sus posturas antinorteamericanas:
¿son la reedición del viejo antiimperialismo latinoamericanista o es
el viejo y redivivo nacionalismo imperial de Brasil, la continuación
del malogrado sueño de transformarlo en potencia política mundial,
el pretender rehacer el camino que no pudo o no supo recorrer
Fernando Henrique Cardoso en su segundo período? Y varias
interrogantes tienen que ver con sus resultados y sus
procedimientos.
Desde que Lula asuma la Presidencia de Brasil hasta que aquí la
campaña electoral entre en su fase decisiva, transcurrirán alrededor
de 22 meses. Los mismos que pasaron entre la euforia del triunfo de
Jorge Batlle y las incertidumbres de fines del año pasado. Es un
lapso lo suficientemente corto como para que las políticas de
gobierno no produzcan resultados y lo suficientemente largo como
para que la gente comience a sentir frustraciones. Un factor de
riesgo para el futuro presidente brasileño, con un estrecho margen
de maniobra, es que no pueda concretar sus promesas más importantes;
pero un riesgo adicional está no en lo que ha prometido, sino en lo
que la gente –sin mediar promesa alguna– deposita en el voto a Lula:
la tierra para el sintierra, la casa para el sintecho, el trabajo
para el desempleado. Brasil sigue siendo Belindia, el país donde
conviven el esplendor de Bélgica y la vasta pobreza de la India,
donde no muy lejos de la mitad de la población está fuera de la
sociedad de consumo, de la sociedad moderna, de las necesidades
básicas mínimas. Se le pide que establezca la equidad en una
sociedad de inequidad más que centenaria, que potencie la oferta de
empleo y el consumo, que ponga fin a la inseguridad ciudadana y a la
violencia cotidiana. Va a necesitar de todo su carisma y de mucho
más éxito del que ya ha tenido hasta ahora su estratega político y
comunicacional, va a necesitar del aparato del PT y del apoyo del
empresariado, para que esas expectativas no se vuelvan en su contra.
El triunfo de Lula va a impactar en lo inmediato en favor del
Frente, en la línea de algo así como “los vientos de la historia
soplan hacia la izquierda”. Y van a contribuir a que si Brasil no le
tuvo miedo a Lula, por qué Uruguay se lo va a tener a Tabaré (aunque
esto parece ocioso, cuando seis de cada 10 uruguayos no le temen, y
cinco de ellos están dispuestos a votarlo). Pero cuando llegue la
campaña electoral va a impactar, a favor o en contra del FA, lo que
se vea en Brasil: los resultados del gobierno de Lula y el modo en
que se relacione con la izquierda que está a la izquierda, con los
movimientos combativos, contesta- tarios y radicales, con los
sintierra. Y además ¿ayudará o perjudicará mucho a Vázquez si Lula
se asemeja cada vez más a Tony Blair o Ricardo Lagos, y se aleja de
aquel formidable combatiente metalúrgico?
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