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En
la vida moderna Uruguay contó muy poco con gobiernos efectivamente
de partido, donde un partido gobierna (y desde el gobierno es libre
de hacer y deshacer) y los demás hacen oposición, desde donde
vigilan, cuestionan y esperan su turno. Con más o menos fuerza la
oposición tuvo algo que ver con el gobierno, o con una parte del
mismo, en entendimientos que han tenido los más diversos nombres, el
de más larga data, coparticipación. Pero desde la ruptura del
bipartidismo, el partido titular del Poder Ejecutivo quedó siempre
muy lejos de acercarse por sí solo a la mayoría parlamentaria, lo
cual llevó de la mano a una cultura de más fuerte entendimiento, de
asegurar al gobierno las mayorías requeridas. Y así surgieron la
gobernabilidad, la coincidencia nacional y finalmente la coalición
de gobierno. Pero siempre, con bipartidismo y tripartidismo, lo
común fue que el partido titular del gobierno, el dueño de la casa,
alcanzó ese lugar por sí solo, por ser el ganador en las elecciones
nacionales.
La administración anterior, la segunda de Sanguinetti, es
paradigmática: el Partido Colorado logra por sí solo la Presidencia
de la República, pero obtiene menos de un tercio de las bancas
parlamentarias. Entonces, en tanto partido dueño del gobierno, pacta
con el segundo partido, el Nacional, y forma una coalición de
gobierno. Uno es el dueño y como tal lleva los dos tercios del
gabinete; el socio menor, aunque con la misma cantidad de votos
populares, participa del tercio. El partido de gobierno es el dueño
del mismo y, como tal, concede posiciones al otro, en tanto éste
accede a darle los votos necesarios para conformar una mayoría
parlamentaria. Todo esto parece de perogrullo. No lo es tanto si se
observa lo que ocurre en la administración siguiente, en la actual.
La forma en que actúa el Partido Colorado es la misma: retiene los
dos tercios de los ministerios, realiza por sí solo la política
económica, otorga a su socio el tercio del gabinete y lo consulta en
algunos temas trascendentes (y en otros, como la macrodevaluación o
el feriado bancario, le comunica las decisiones; comunica, que no es
lo mismo que consultar)
Pero la diferencia entre las dos administraciones no es menor. Jorge
Batlle no llega a presidente de la República con los solos votos del
Partido Colorado (que salió segundo), sino en función del flamante
balotaje. Es que la introducción del balotaje a la francesa
(técnicamente, del sistema de elección de mayoría absoluta
invariable a dos vueltas) supuso un cambio en la cultura política y
en las estrategias electorales. En la vuelta electoral definitoria
los partidos deben optar entre dos caminos. Uno, ir a la competencia
abierta, a la captura del electorado de los terceros y demás
partidos, para alcanzar por sí solos la mayoría absoluta (fue la
ruta recorrida por Tabaré Vázquez). El otro, hacer un acuerdo con el
tercer partido para armar una coalición electoral que asegurase el
triunfo (así lo hizo Jorge Batlle). Este segundo camino supuso
conformar una coalición electoral para alcanzar el gobierno.
Sanguinetti ya presidente impulsó una coalición para gobernar;
Batlle impulsó una coalición para poder ser presidente. Quizás pudo
serlo en juego abierto, por sí solo y sin deber nada a nadie, pero
no lo intentó; y así fue como Atchugarry, Brezzo y Davrieux subieron
la escalinata de la vieja casona nacionalista para pedir el apoyo.
El pedido fue correspondido en un documento firmado el 11 de
noviembre de 1999, que dio origen a las dos coaliciones: la
electoral para ganar y la de gobierno para gobernar.
Producido el triunfo cada socio entendió el resultado de distinta
manera. Para el Partido Colorado las cosas seguían como antes: se
considera dueño de la Presidencia y en tanto tal llama a otro
partido para conformar una mayoría de gobierno. Para el Partido
Nacional las cosas habían cambiado: era socio en el triunfo,
copropietario de la Presidencia de la República. Esta diferencia de
enfoque, que salió a luz a pocos días de las elecciones, sembró la
semilla que iba a dar como fruto (junto con otras semillas plantadas
a lo largo de dos años) la decisión de la Convención nacionalista
del domingo pasado.
Pero este episodio no solo afecta al actual gobierno. También afecta
los futuros entendimientos hacia el balotaje: al menos exigirá de
las partes, antes de celebrar el contrato, dejar en claro más cosas
de las que se suponía necesario.
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