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La
conducción política es un arte, que como todo arte no carece de
reglas, pero no son facilmente sintetizables. Porque cambian según
la naturaleza de lo conducido, la sociedad en que se opera y el
tiempo histórico. Hay reglas inmutables, válidas urbi et orbi, y hay
reglas específicas para cada ocasión. La conducción de la izquierda
en este confín del mundo y en el despertar del tercer milenio tiene
tal sinnúmero de especifidades que es un caso paradigmático de
estudio. Pero como esta izquierda está a la vuelta de la esquina del
gobierno la preocupación por el tema no es solo un asunto de
académicos, sino una inquietud práctica de la toda una sociedad que
puede resultar conducida por esa conducción. El que esté al doblar
la esquina quiere decir como es obvio, que esa esquina se puede
doblar o no, lo cual a la conducción agrega otra interrogante: la de
la capacidad necesaria para dar vuelta la esquina y alcanzar esa
meta.
En el tiempo en que Seregni condujo al Frente Amplio quedaron
diseñadas reglas de conducción, particularmente importantes entre su
salida de la cárcel y la aparición de Vázquez, que puede
considerarse el periodo estelar de esa conducción, personal y
colectiva. Lo central estuvo en la capacidad de combinar dos
elementos en principio contradictorios: el liderazgo personal y la
articulación, moderación y arbitraje de cuatro o cinco fuerzas con
intereses, principios y estrategias diferentes, y a veces opuestas.
Es decir, la primera complicación de Seregni fue articularse a sí
mismo, es decir, combinar su papel de líder (con sus objetivos y su
estrategia) y su papel de moderador. La segunda dificultad,
articular cuatro o cinco grupos en pugna por el poder, con
intereses, estrategias y objetivos disímiles. Muchas veces salió
airoso y por tanto lideró y articuló en simultáneo; y otras veces
falló en el intento: o fue demasiado líder y poco articulador, o por
articular demasiado no ejerció liderazgo. Lo que sin duda puede
haber facilitado esa difícil tarea fue la previsibilidad de Seregni,
el caminar en línea recta; y por supuesto, la dedicación a tiempo
completo a la tarea de liderar, articular y dirigir.
La conducción en la era Tabaré Vázquez no es tan fácil de
sintetizar. Primero porque tardó cuatro años en asumir plenamente la
dirección, con un par de entradas y salidas, y largos períodos de
mutis en el medio. En segundo lugar por su estilo. En general oscila
entre dejar el juego libre a los sectores políticos, sin intervenir
o pronunciarse, o tomar la decisión por sí solo y sin consultar.
Rara vez articula, en el sentido de jugar un papel de primus
interpares, oir a cada uno, añadir su propio pensamiento, y buscar
una síntesis que resuma el común denominador. No es su estilo ni
entra en sus habilidades. Por tanto, o deja hacer o decide per se. Y
cuando lo hace, como el fin de semana pasada, con un documento
emanada de su círculo íntimo, logra el efecto deseado: su decisión
se admite con poco rechiste, y en general con grandes elogios. Por
ejemplo Asamblea Uruguay durante meses reclamó la necesidad de
articular, pero luego acepta lisa y llana el dictat en tanto y
cuanto en el mismo se toman ideas y objetivos del astorismo; en
síntesis, quedó demostrado que no les preocupa que Vázquez articule
o no, ni que imponga su voluntad, siempre que coincida con el punto
de vista de Astori. No era el estilo lo cuestionado.
Pero además Vázquez acostumbra a dar su pensamiento en forma de
veredicto, de manera sorpresiva y sorprendente. Ni anuncia que va a
presentar un documento-decisión ni tampoco para dónde va. Puede dar
la más formidable muestra de moderación y proximidad al gobierno,
como hacer el más duro gesto opositor y radical. Y eso desacomoda a
sus seguidores, al punto que el propio Partido Socialista, rara vez
discrepante con Vázquez en público, hace sentir una voz diferente a
través nada menos que de la figura ascendente del nuevo secretario
general Roberto Conde.
Este estilo –polémico y complejo– ha funcionado por una década larga
lo suficientemente bien como para que bajo la conducción de Vázquez
la izquierda registrase un crecimiento persistente e ininterrumpido.
Las dudas que surgen son: si seguirá siendo válido para alcanzar el
gobierno dentro de dos años, y luego si servirá para gobernar.
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