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Los
países pueden tener políticas exteriores previsibles o
imprevisibles. Lo uno y lo otro puede ser bueno o puede ser malo,
depende de qué país se trate. Si imprevisible son los Estados
Unidos, es un problema para el mundo; si imprevisible es la pequeña
y remota República Oriental, el problema es para esa propia
república, ya que tanto el mundo como la región pueden vivir sin
notar su existencia. Lo primero en la política mundial es tener
conciencia de la propia dimensión e importancia, y a partir de ello
buscar potenciar esos elementos. La historia demuestra como este
pequeño país por largos períodos tuvo una influencia en el concierto
internacional desproporcionada a su tamaño, su riqueza y su valor
estratégico. Por lo pronto por aquí asoma la primera incógnita a
despejar de la política exterior del país: si se considera que es o
no importante su inserción en el mundo.
Como todos los actores políticos coinciden en que es importante, lo
siguiente es definir si se entiende conveniente ser previsible o por
el contrario cabe ser desconcertante. Porque para la dimensión del
país no es posible ser desconcertante y pretender a la vez
insertarse en el mundo, en la región o en alguna región. Al definir
la primera interrogante se resuelve la segunda. Y de suyo surge una
tercera incógnita: si cabe una política de gobierno o es necesaria
una política de Estado. Como es sabido las políticas de gobierno son
más flexibles y a la vez más débiles, las políticas de Estado son
más rígidas, más difíciles de concertar y de mayor peso. Los grandes
tratadistas coinciden en que los países débiles logran mayores
resultados con políticas de largo plazo, que no cambien al socaire
de los cambios de gobierno o de personas. Lo importante es que se
defina qué tipo de política va a tener el Uruguay
¿Cuál tiene ahora? Es muy difícil clasificarla, ya que se proclama
como política de Estado y parece no ser tal. En lo discursivo tiene
una política presidencial que no coincide demasiado con la política
de la Cancillería, que al parecer es la que se lleva adelante en la
práctica; y ni una ni otra son necesariamente compartidas por todo
el sistema político; y cuando los partidos discuten, lo que surge es
lo menos parecido a un consenso de Estado.
En estos momentos se asiste al relanzamiento del Mercosur, en una
forma harto peligrosa para el Uruguay: como una asociación bilateral
entre Brasil y Argentina, que arrastra a los socios menores (casi
nace así, lo que fue abortado por el entonces presidente Lacalle).
En este relanzamiento es capital el giro de Brasil, producto del
propio giro de 180 grados del saliente presidente Cardoso y del
rumbo que impulsa el presidente entrante Lula. Frente al mismo
Uruguay presenta situaciones fácticas complicadas. Por un lado el
sistema político nacional está mal parado ante el nuevo gobierno
brasilero: no son buenas las relaciones de Batlle con Lula, y son
francamente malas las de éste con Tabaré Vázquez. Si el nuevo
gobierno de Brasil piensa que el próximo presidente será Vázquez,
entonces está viendo que la cosa anda mal con el presidente uruguayo
actual y con el futuro. Es un mal punto de partida para este
relanzamiento.
Pero lo más sustancial (porque las relaciones personales se pueden
arreglar) es que en el país hay fuertes divergencias sobre las
relaciones de Uruguay con el Mercosur, como quedaron en evidencia en
los sucesivos seminarios del Centro de Estudios Estratégicos 1815 y
del Centro de Altos Estudios Nacionales, ocurridos entre el 4 y el 6
de noviembre. Para el presidente de la República “el cambio más
importante que Uruguay puede tener para promover y provocar una
reforma del país son los acuerdos comerciales con el mundo de las
grandes regiones, como el Nafta y la Unión Europea”, ya que el
Mercosur es “una suma de dificultades y pobrezas”. Para el
vicepresidente de la República (como para el ex-presidente
Sanguinetti) el Mercosur es un gran objetivo que debe tener una
dimensión política. Para el presidente del Partido Nacional el
Mercosur debe ser esencialmente un escenario económico y comercial,
no político. Y para el vicepresidente del Encuentro Progresista, así
como para los líderes de los sectores frenteamplistas, el Mercosur
es la salida que tiene el país para insertarse en el mundo. Hay pues
mucho para hilar y tejer en política exterior.
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