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Sin
ninguna duda el 2002 es para los uruguayos un año inolvidable, para
recordar por siempre; salvo, claro, que el 2003 lo supere en
acontecimientos. Anduvo tan mal que fue un mal año para los adeptos
a las cábalas, porque el capicúa es siempre un número fasto y el
2002 ha sido nefasto. Mal comienzo para un milenio.
Lo que se va a recordar por largo tiempo, que trascienden la
anécdota y dejan huellas, son cinco grandes cosas:
Uno. El abrupto fin de la certidumbre. Fue más o menos una década de
crecimiento ininterrumpido y de inequívoca mejora del nivel material
de vida de al menos los cuatro quintos de la población, en que se
manejó cotidianamente el dólar como moneda y se apostó a la
inflación casi cero (basta recordar que el 2001 se cerró con el
3.6%). Este año sobrevino una devaluación real de más del 60%, se
terminó la estabilidad de precios, se disparó la desocupación,
además de la caída generalizada de ingreso de los hogares y de una
recesión en casi todos los sectores económicos. Este desbarranque
fue el final del sueño de una buena parte de la población, que creía
estar en un país predecible, de crecimiento constante; y fue el
tardío despertar para otra parte de la población, que desde hace
años clamaba por un cambio ante la situación que creía intolerable,
y descubrió que hasta hace poco no se vivía lo mal que se creía.
Sobre las causas del desplome hay teorías para todos los gustos y
todas las ideologías, de culpas propias y culpas ajenas, de la
economía y la política, por haber seguido las recetas neoliberales o
por no haberlas aplicado con la intensidad debida.
Dos. El cuestionamiento de la viabilidad del país. Como no sucedía
desde los años sesenta o setenta, hace pues tres o cuatro décadas,
se vuelve a cuestionar la existencia misma del país, su viabilidad o
al menos que la gente tenga futuro en el mismo. La psicosis
migratoria es prueba de ello; psicosis que en una pequeña proporción
se traduce en el acto de migrar y en una gran mayoría en la
ensoñación de irse. Lo importante es que aunque fuere un sueño,
nueve de cada diez uruguayos tienen elegido a donde emigrar; y una
cifra equivalente al crecimiento poblacional de un año y medio se
fue a lo largo del 2002.
Tres. El final del modelo de país financiero y el retorno al viejo
lema de “el Uruguay se salva con el agro o con él perece”. Lo que no
es un hecho nada menor, pues significa una vuelta de pisada de más
de un cuarto de siglo. Lo que no resulta claro es si el retorno al
agro es una mera expresión de deseos, o la ilusión que produce un
cambio en los precios y los mercados, o es una apuesta real, basada
en planes y cálculos pragmáticos.
Cuatro. Un sistema político que sabe apagar incendios y logra los
consensos necesarios in extremis, que hace que los problemas
económicos sean tales y no se magnifiquen, como en Argentina, por un
mal funcionamiento y una escasa credibilidad del sistema político.
Pero a la par de operar con gran eficacia, es un sistema que
demuestra falencias de creatividad. Para los políticos uruguayos es
más fácil hacer frente a un vendaval que planificar tranquilamente
un camino.
Cinco. El quiebre emocional del presidente de la República. Los
presidentes tienen sus ciclos, aquí y en el resto del mundo.
Comienzan en el nivel más alto, muchas veces irrepetible; luego
viene un constante descenso hasta que, cuando se obtiene, se produce
remonte ante la visualización de los logros de un gobierno. Hace
mucho que en Uruguay un presidente no comenzaba desde un nivel de
expectativa tan alto y también hace mucho (si es que ocurrió) que un
presidente no caía tanto y en tal magnitud. Pero un presidente puede
caer porque se le odia o se le teme, lo peculiar en este caso es que
la caída sea porque se le ve íntimamente debilitado. Son muchos y
acumulativos los hechos que erosionaron esa formidable apoyatura,
pero parecería que lo que más ha contribuido es un uso inadecuado de
la palabra, el hablar mucho, y la búsqueda permanente de la sorpresa
por la sorpresa misma. Los episodios de la cadena Bloomberg y el
pedido de disculpas en la Quinta de Olivos fueron el catalizador de
esas insatisfacciones acumuladas de la gente. Al acercarse las
últimas semanas del año se insinuaba una levísima recuperación de
imagen, pero el presidente volvió a la palestra y ocurrió lo
previsible: bajó a un nivel aún más bajo.
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