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La reforma política promovida por el ex presidente Lacalle y el
herrerismo nació en forma polémica en torno al aspecto más
controversial de la misma: la eliminación de la proporcionalidad en
la Cámara de Representantes, instituto electoral que en Uruguay se
asocia con la democracia moderna y que es a su vez un postulado
histórico del Partido Nacional. Lo que generó reacciones más duras
es la percepción que la misma tiende a provocar una sub
representación parlamentaria del Frente Amplio y una sobre
representación del nacionalismo, percepción basada en la descripción
que de la reforma hicieron sus promotores. Parece lógico entonces
que los afectados considerasen la propuesta como una maniobra
política destinada exclusivamente a perjudicar al Frente Amplio y a
tratar de privarlo de mayoría en la cámara baja aunque obtuviese la
mayoría absoluta de los votos. De allí dista un solo paso para que
además reputasen al resto de la iniciativa como mera decoración.
Lo curioso es que el texto de la reforma no es nada claro y del
mismo no cabe deducir ninguna afectación de la proporcionalidad. La
confusión surge entre lo manifestado por sus impulsores de un lado y
por otro la letra de un artículo con redacción inadecuada y
conceptualización jurídica imperfecta. Mal comienzo para una
propuesta es que no se entienda lo que dice, y que se reciba como
una jugada con cartas marcadas. Quizás aquí se equivocaron los
promotores, ya sea que hayan pretendido buscar un acuerdo o que su
propósito haya sido dejar descolocado a los que rechazasen la
iniciativa. La respuesta inicial los deja sin diálogo y con la
acusación de intentar quebrar las reglas de juego.
Esta situación obliga al herrerismo a un contraataque, que no puede
ser otro que cambiar el eje de discusión: dejar de lado el tema de
la proporcionalidad y centrarlo en los demás aspectos de la reforma.
Porque la misma apunta a cinco objetivos básicos: dar una señal de
una clase política que se achica mediante la reducción del número de
senadores, diputados y ediles; en la misma línea dar otra señal de
autoajuste, al poner topes importantes a los presupuestos de la
Presidencia de la República, el Parlamento y las juntas
departamentales (los símbolos mismos del poder político); otorgar al
Tribunal de Cuentas un poder efectivo en el freno en los gastos
públicos; poner un tope al déficit fiscal; y finalmente evitar
bloqueos políticos innecesarios con el establecimiento de mecanismos
supletorios para la designación de la Corte Electoral, el Tribunal
de Cuentas y las juntas locales no electivas. El herrerismo cree que
sus opositores, al centrar la polémica en la eliminación de la
proporcionalidad, buscaron eludir una polémica sobre los gastos del
Estado y la necesidad de un freno a los gastos sin respaldo
presupuestal, lo que ocurre dado el carácter puramente formal y no
efectivo de las observaciones del Tribunal de Cuentas.
El debate ha enfrentado sustancialmente a herreristas y
frenteamplistas, y a herreristas con algunos de los sectores no
herreristas. Lo curioso es que herreristas y frenteamplistas vienen
a coincidir en la necesidad del desbloqueo político en la Corte
Electoral y el Tribunal de Cuentas. Ambos organismos no se han
renovado: según el Frente Amplio, porque los partidos tradicionales
no han respetado un acuerdo realizado a mediados del año 2000; según
el nacionalismo, porque el Foro Batllista bloqueó toda solución y en
los hechos obtuvo el apoyo del resto del Partido Colorado. Para el
Encuentro Progresista-Frente Amplio hay una realidad que lo debería
llevar a ver con gusto esta iniciativa: si el bloque persiste, si
alcanzan al tercio del Parlamento sus enemigos (los que se enfrenten
con dureza a un posible próximo gobierno suyo), si ese escenario se
da, y es bastante probable, sería difícil ver una renovación de la
Corte y el Tribunal durante los próximos siete años (lo que
aseguraría a ambos cuerpos un término no menor a los 14 años, lo que
por otra parte tampoco es nuevo en el país).
La no integración de las juntas locales es una medida practicada
tanto por intendentes colorados como blancos. Sin duda dos centros
de polémica –y nos los únicos– han sido Canelones (intendente
forista Hackenbruch) y Soriano (intendente blanco no sectorizado
Lapaz), contra los que la izquierda viene disparando por este tema
con grueso calibre. Con esta iniciativa el herrerismo deja sin apoyo
a los intendentes de su partido que no han integrado las juntas
locales, plantea un punto de coincidencia con el Frente Amplio y lo
invita a apuntar juntos las baterías contra el coloradismo, y en
particular contra un símbolo del forismo como la Intendencia de
Canelones.
Más allá de cómo prosigan las polémicas y terminen de alinearse las
piezas en el tablero, aparece un tema de fondo. Lo que Lacalle y el
herrerismo demuestran con la iniciativa, es el detectar una fuerte
disconformidad en la sociedad con los actores políticos en general y
con los actores tradicionales en particular. Por eso, con
independencia de que unos compartan y otros discrepen con las
herramientas propuestas, surge con claridad la intención de dar
señales a la población de que la clase política oye las
disconformidades y reacciona en el sentido que la sociedad espera.
Pero esto último es también un tema polémico: hay quienes piensan
que actuar acorde al sentir primario de la gente puede ser un paso
más hacia el debilitamiento del sistema político, lo que a su vez
conlleva a un debilitamiento institucional; en consecuencia, que
corresponde lo opuesto: hacer sentir a la gente su error,
demostrarle que por allí no va el camino. Alinearse con la gente o
pretender cambiar sus percepciones no son opciones compatibles en el
cortísimo plazo que va de aquí a las elecciones, y son opciones nada
menores para los actores políticos, pero más aun para blancos y
colorados.
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