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Lo más difícil para
una fuerza política es lograr identidad. Constituye un proceso largo
y complejo. La identidad existe cuando en propios y extraños se
despiertan odios o amores tan sólo con ver un dibujo, un color, una
bandera o unas letras. El lograr la identidad es uno de los
objetivos prioritarios en el marketing político, que lleva en las
campañas modernas a destinar cifras considerables. El Frente Amplio
logró esa identidad en menos de tres décadas, cosa difícil en un
país donde las otras dos grandes identidades se construyeron a lo
largo de la historia del país, desde su propio nacimiento.
La existencia de la identidad frenteamplista es obvia, pero además
demostrable en estudios científicos. Tan sólo el 7% de los votantes
de la coalición del Encuentro Progresista - Frente Amplio y el Nuevo
Espacio se define como no frenteamplista: un 5% como encuentrista y
un 2% como nuevoespacista. Cuando en forma abierta se pregunta: ¿a
qué partido político votaría?, más de 9 de cada 10 votantes de ese
conjunto dicen “Frente Amplio”. Cuando se pide a toda la población
que mencione los tres principales partidos uruguayos, el que
presenta mayor problema de denominación es el Partido Nacional, al
que buena parte de la ciudadanía llama por su nombre histórico de
Partido Blanco; pero en cuanto a la izquierda, 19 de cada 20
personas mencionan “Frente Amplio” y menos de 1 dice “Encuentro
Progresista”. Los actos electorales se pueblan de banderas
tricolores y a lo sumo se ve alguna solitaria bandera encuentrista.
Un dato que remarca la fuerza de la identidad es que la misma
resistió al menos siete años consecutivos en que todo el periodismo
y casi todos los dirigentes frenteamplistas eliminaron de su
vocabulario público la expresión “Frente Amplio”y la sustituyeron
por “Encuentro Progresista”. En términos de marketing hay pocos
fracasos de la magnitud de éste, de intentar imponer una marca nueva
en sustitución de otra vieja. Ahora la propia dirigencia y el
periodismo han optado por usar la denominación legal del lema, que
resuelve la cuestión lexicográfica: Encuentro Progresista - Frente
Amplio.
Como lo dice su nombre, el Frente Amplio nació como un frente. Para
ser más exactos, nació sin nombre, como producto de una discusión
entre un frente reducido (es decir, sin los comunistas) o un frente
amplio (con los comunistas). Nació amplio. Lo que era una especie de
comodín comunicacional mientras se definía el nombre, devino en
nombre. Y en la opción entre coalición y alianza, se formó como
alianza. Aquí conviene despejar un equívoco: nunca fue una
coalición. En la vieja clasificación de Duverger, una coalición
tiene un carácter puntual, a término y para un objetivo concreto,
consecuentemente carece de autoridades y funciona en base a
mecanismos de consulta u órganos de coordinación. Así está
estructurada la coalición llamada Encuentro Progresista, dentro de
la cual el FA es uno de sus componentes. La alianza en cambio
requiere el ánimo de permanencia. El FA nació con un explícito ánimo
de permanencia documentado en la Declaración Constitutiva del 5 de
febrero de 1971, además con autoridades centrales con poder de
decisión por votación y con posibilidad de imponer el mandato
imperativo a sus miembros. Desde entonces se produjo una larga
tensión entre el carácter de partido y el carácter de alianza,
dicotomía que se manejó en los absurdos términos de “coalición o
movimiento”. Tras el período militar se produjeron dos cambios
sustanciales: el debilitamiento de la identidad de las fuerzas
fundadoras y el surgimiento de la identidad frenteamplista,
fortalecida primero por el cambio de naturaleza del papel de Liber
Seregni, que pasó de presidente-coordinador a líder, y por la
aparición de un convocante popular como Vázquez.
No solo hay un problema de identidad, sino que también la dirigencia
exhibe dudas sobre su propia capacidad de convocatoria, también a
contrario de todos los indicadores sociológicos. Estas dudas se
expresan en tres campos:
Uno. La convicción de que el Frente Amplio tiene un techo que solo
es superable mediante una política de alianzas, es decir, que el F.A.
para crecer necesita incorporar otros sectores que aporten otro
electorado. Esta premisa ha resultado en gran medida falsa, en tanto
la casi totalidad del incremento electoral ha sido producto de
crecimiento propio y una porción pequeña ha sido el resultado de las
alianzas
Dos. La suposición de que existe una resistencia al Frente Amplio
que lo obliga a aparecer bajo otro rótulo, ya fuere Encuentro
Progresista o Nueva Mayoría. Esa suposición parte del símil con el
viejo Partido Comunista, quien concitaba por un lado fuertes
resistencias y por otro un gran círculo de simpatía en su derredor,
de simpatizantes no dispuestos a votarlo. La creación del Frente
Izquierda de Liberación primero, de la Coalición 1001 después y
luego de Democracia Avanzada permitieron superar los límites de la
captación propiamente comunista y lograr ese mayor espacio que llegó
a ser la segunda fuerza senatorial del país. Pero esto no es
trasladable al Frente Amplio, pues quien se resiste al FA lisa y
llanamente se resiste a cualquier propuesta de izquierda o
centroizquierda.
Tres. Como otro desarrollo de la preposición anterior, la convicción
de que la fórmula presidencial debe combinarse con una figura extra-frenteamplista,
a riesgo de provocar límites a la convocatoria.
En materia de alianzas lo que no hay ofrece dudas hoy si la
izquierda se encuentra al borde de la mayoría absoluta, lo que los
aliados pueden llegar a aportar es el pequeño plus que genera la
diferencia entre quedar por encima o por debajo de esa mayoría, o
quedar en el triunfo o en la derrota en el balotaje. Pero ese es un
tema diferente a concebir las alianzas como algo en perjuicio de la
propia identidad. Una alianza de tal naturaleza fue la que encaró la
mayoría colorada con el PGP de Batalla, que jamás minusvaloró la
marca "Partido Colorado". Tampoco ofrece dudas que a contrapelo de
la realidad sociológica, la mayoría de la dirigencia frenteamplista
pelea contra su propia identidad.
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