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Amsterdam
no sólo es la sede del gobierno de los Países Bajos, sino el nombre
de una popular tribuna del Estadio Centenario, famosa por su Barra
Brava, brava. La Bombonera es el estadio de Boca, conocido por sus
Barras Bravas, bravísimas, que en algún momento dejaron algún muerto
por ahí. El estilo barrabravista corresponde al lugar, tiempo y
circunstancias en que opera. Lo bravo es cuando el estilo de las
barras bravas se sale de su ámbito natural. Y más bravo cuando llega
a los ámbitos de Estado, aquí en el subdesarrollado sur, pero a
veces también en el muy septentrional Europarlamento.
Los hechos internacionales del presidente oriental son harto
conocidos. A fines de mayo del pasado año declaró que “los
argentinos son todos ladrones del primero al último”, que no hablaba
con el presidente Duhalde porque este no gobierna (¿que hable con
quién? ¿con Duhalde?) y que el próximo presidente iba a ser Menem.
Un año después, en víspera de las elecciones presidenciales, en el
jardín de la Casa Blanca, reveló que había coordinado con el próximo
presidente argentino sus planteos a Bush, a fin de impulsar
políticas comunes; obviamente había hablado con Menem, a quien todas
las encuestas, sin fallar una sola, daban como seguro perdedor.
Pocos días después el Duhalde que no gobernaba traspasó la banda
presidencial a su propio candidato, Kirchner, contra quien Menem no
se animó a enfrentarse. Como pelearse con los argentinos parece
poco, en casi cuatro años de gobierno, y uno previo de campaña
electoral, Jorge Batlle se encargó de desafiar y enojar a Brasil de
todas las formas posibles (lo intentó con Francia, pero por allá
parece que les parece más congruente pelearse con Estados Unidos que
con Uruguay; y lo buscó y logró con Cuba, a cuyo líder calificó de
viejo senil).
Néstor Kirchner es un gobernador de una pequeña provincia de la
lejana Patagonia, muy lejos de los ejes por donde discurre la
geopolítica de la América Austral. Una concatenación de hechos lo
llevó a la Casa Rosada, una suma de acontecimientos de difícil
repetición histórica. Quien hoy manda en la Casa Rosada es un hombre
con talla de gobernador de una pequeña y lejana provincia. El
conocido columnista Joaquín Morales Solá resaltó cómo el presidente
en una semana se malquistó con Aznar, Lula, Batlle, Enrique Iglesias
y el presidente boliviano Mesa; con Batlle tenía cuentas a cobrar,
pero con Aznar e Iglesias el país vecino tiene cuentas a pagar por
los apoyos recibidos en momentos de catástrofe (toda esa seguidilla
sin contar las que entran en el terreno de las boutades
diplomáticas, como el peculiar trato al rey de España: “Che,
Majestad”).
Pero en este juego de desafines y destemplanzas, cada quien agregó
sus condimentos. Las actitudes de Lula y Kirchner hacia Vázquez y el
acto en el balcón de la Intendencia fueron sendas cachetadas para
Batlle (de paso ¡qué pasión la de los políticos argentinos por los
balcones!). Para un gobierno recién derrotado en forma categórica,
con un presidente debilitado interna y externamente, había un solo
consejo, que muy bien hubiera prodigado el maestro Machiavelli: si
el príncipe fue agraviado y queda mal en el agravio, demuestre
indiferencia. Pero desde cargos muy altos de este gobierno se hizo
exactamente lo contrario: demostrar que fue una cachetada, que se la
recibió y que dolió.
No contento con eso el presidente argentino siguió en su ofensiva,
para lo cual tomó un tema acorde al momento político de la región:
los derechos humanos. E hizo lo mismo que en España hace el juez
Garzón: demuestra una formidable energía para que no quede sin
esclarecer ni castigar una sola violación a los derechos humanos,
siempre claro que se cometan en otros territorios. Garzón, que
invoca la imprescriptibilidad, inamnistiabilidad y competencia
universal de los delitos de lesa humanidad, todavía no abrió
expediente alguno sobre los crímenes cometidos en España durante
décadas. Kirchner exige datos, pruebas, culpables y cuerpos de un
argentino muerto en Uruguay, pero no aporta datos, pruebas,
culpables ni cuerpos del más que centenar de uruguayos muertos en
Argentina. El gobierno uruguayo que juega el juego de su adversario,
en lugar de replicar con una contraexigencia en forma, lo hace
mediante un comentario malhumorado del presidente, en medio del
malhumor por los abrazos y festejos en el Palacio Municipal. Y juega
lo suficientemente mal como para agregar la pretensión de acreditar
a un agregado naval que –más allá de lo cierto o no cierto de las
acusaciones (que es otro tema)– es todo lo que necesitaba el
gobierno argentino para propinar otra bofetada, seguro de obtener
fuertes aplausos de buena parte del público oriental.
Los actores no actuaron solos, tuvieron sus acompañantes. De este
lado un asesor presidencial, que el gobierno desautorizó como
corresponde, por haberse excedido. Del otro lado un canciller, un
ministro del Interior y un secretario de derechos humanos que
dijeron cosas peores y que a nadie se le ocurrió que también debían
ser desautorizados. Al menos el asesor uruguayo dijo cosas duras e
inapropiadas en lenguaje culto; los tres funcionarios argentinos
hablaron como en La Bombonera. El episodio deja un corolario: lo que
diferencia la política exterior uruguaya de la argentina, pese a
estos graves errores y a los rechines presidenciales, es la
distancia que hay en el nivel profesional y en la fineza entre una y
otra cancillería.
En medio de este ruido, uno recuerda la sabiduría del paisano cuando
dice: si estas cosas pasan justo ahora, por algo será. Porque por
algo el gobierno argentino lleva las cosas al borde de la ruptura
diplomática ahorita mismo, en el momento en que sus compatriotas
arman las valijas para cruzar el charco y traer sus divisas para
gastar acá.
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