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Toda
sociedad que sale de un período anormal, ya fuere una guerra, guerra
civil, guerrilla o dictadura, se enfrenta al problema de qué hacer
con lo pasado, sobre todo porque en esos períodos hay en mayor o
menor grado violaciones de distinta entidad a los derechos humanos.
En principio hay dos ejes diferentes que tienen que ver con el valor
de la justicia y otro con el de la memoria histórica. Aunque muchas
veces se unan en los reclamos, son dos temas que admiten soluciones
diferentes para cada uno.
Por un lado está el tema de la justicia opuesto al tema del perdón.
Desde el punto de vista de los valores, es la contraposición entre
el concepto de que siempre y para todos deben aplicarse las normas
por igual, sin distinción alguna; que las transgresiones deben ser
juzgadas y castigadas. El concepto de Justicia no admite
inicialmente otro camino que la pena, y la no aplicación de la pena
supone la impunidad. Es un ángulo del tema.
El otro es el del perdón. Casi no hay concepción religiosa o
filosófica que no incluya el perdón entre sus valores. El poner la
otra mejilla ante la bofetada recibida, es un valor del cristianismo
reiteradamente invocado. En puridad, si ante una bofetada no hay
castigo, hay impunidad y no hay justicia. No cabe la menor duda.
Pero desde este mismo ángulo, el no poner la otra mejilla y el
buscar a toda costa el castigo puede verse como el afloramiento del
rencor y de la venganza.
Entonces, el dilema entre justicia y perdón no es solo un tema
político, también es un dilema ético, en que para quienes profesan
los mismos valores cabe uno u otro camino. Para unos lo que está en
juego es justicia o impunidad, para otros la dicotomía es entre
perdón y venganza. Es decir, la misma alternativa justicia o perdón
también puede verse como la opción entre la impunidad y la venganza.
En general las sociedades no optan por la justicia o por el perdón
solamente (y puede decirse que tampoco primordialmente) en base a
consideraciones axiológicas. Lo común es que la opción venga dada
por la realidad, o dicho de otra manera, el más crudo sentido común
producto de observar y calibrar la realidad es lo que determina la
elección. El perdón se impone sobre la justicia cuando el costo de
la justicia es mucho más oneroso que el perdón. O porque se sale de
una guerra, guerra civil, seudo guerra o dictadura sin que haya un
bando rendido incondicionalmente o porque aunque esto ocurra, los
desafíos del inmediato futuro obligan a tal concentración de
esfuerzos que estos se anteponen al deseo de justicia, o de
venganza. La vida enseña que quien ayer no se rindió
incondicionalmente, hoy puede no tener la fuerza suficiente para
seguir sosteniendo su intocabilidad y entonces, al cambiar la
correlación de fuerzas, cambia el eje de resolución del tema.
Pero la opción por el perdón no resuelve el dilema de la memoria
histórica. Porque no hay justicia sin verdad, porque no hay forma de
aplicar la pena si no es a partir de una exhaustiva investigación de
lo ocurrido; la verdad es de previo y especial paso para que la
justicia opere. No es concebible justicia sin verdad, porque ya no
sería justicia sino meramente venganza irracional, porque no
partiría de una investigación seria y rigurosa, sino del
afloramiento de instintos primarios. A la inversa, no hay olvido sin
perdón; porque si se entierran los hechos, si se los borra de la
memoria colectiva, mal puede haber justicia, solo puede haber
perdón, y un perdón otorgado sin mirar a quién ni por qué, ya que
directamente no se investiga, sino que se hace un borrón y cuenta
nueva: lo pasado, pasado, y a otra cosa. A lo sumo, que cada cual
cargue en su conciencia con lo que haya hecho. Hay momentos en que
el pasado es tan imposible de asumir o las cargas del presente son
tan aplastantes, que las sociedades optan por el olvido, por mutilar
su memoria, algo así como los individuos que para salvar su salud
mental borran de la memoria un fragmento de su pasado. “No hay que
permitir que la historia nos impida ver el futuro”, sentenció hace
un año el ex presidente checo Václav Havel.
Cabe también una opción que podría decirse cruzada: verdad y perdón.
Porque la verdad hace a la memoria colectiva y muchos historiadores
sostienen que la memoria colectiva es fundamental para el desarrollo
de las sociedades. Todas se construyen mediante la acumulación de
etapas, de vivencias, de éxitos y frustraciones, de alegrías y
dolores. Una sociedad es la acumulación de su propia historia. Desde
este punto de vista, el olvido es una mutilación al propio ser
social. Pero la búsqueda de la verdad no necesariamente está
asociada al término de justicia, entendido como la aplicación
secular de las normas del derecho positivo por jueces estatales y el
consiguiente establecimiento y ejecución de penas. El tema de la
verdad histórica es algo no debatido con profundidad en el país,
porque no se ha aislado la búsqueda de la verdad de la dicotomía
justicia o perdón.
La Comisión para la Paz hizo un esfuerzo profundo en busca de la
verdad y alcanzó resultados más allá de los vaticinios más
optimistas. Pero siempre fue una investigación harto limitada,
circunscripta a un solo aspecto de la violencia pasada: el de los
detenidos-desaparecidos. Más allá de que el propio informe avanza en
un tema crucial: desde el Poder Ejecutivo se reconoce en forma
pública, oficial y sin eufemismos que hubo torturas y muertes
provocadas, lo que no es nada menor. Pero sin duda la búsqueda de la
verdad es mucho más extensa que esclarecer la suerte de los
desaparecidos o inclusive que encontrar algunos o todos los cuerpos.
Porque la violencia en el Uruguay, si se toman las últimas cuatro
décadas, implica muchas violencias y muchas víctimas. Desde el
Estado la violencia adquirió muchas formas y se realizó en
diferentes etapas: en períodos constitucionales –donde el propio
Parlamento dictaminó que hubo tortura– y en períodos de interrupción
institucional. Y también la violencia de Estado adquirió muchas
formas: desapariciones, muertes a consecuencia de torturas, muertes
directas, detenciones en condiciones absolutamente inhumanas,
detenciones en extrema rigurosidad, detenciones por meras razones
políticas, pérdida de empleos, impedimento de la palabra. También
hubo violencia privada de distinto signo. Hubo escuadrones de la
muerte y hubo guerrilla que practicó la muerte, el secuestro y la
violencia física. La búsqueda de la verdad para preservar la memoria
histórica es mucho más prolongada y relevante de lo que se cree.
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