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El
sistema electoral uruguayo sufrió en 1996 una profunda reforma de
una magnitud no prevista por sus impulsores, que impactó sobre la
cultura política, sobre las formas de hacer política y de encarar
las campañas electorales, sobre la forma de la ciudadanía de ver a
los actores políticos. El balotaje ayudó mucho al proceso de
desdibujamiento de las anteriormente rígidas fronteras entre las
colectividades políticas. La candidatura única eliminó el
matizamiento del sistema y lo sustituyó por la rigidez de una
expresión única. La combinación de ambos factores simplificaron el
sistema, pero al crear una elección en tres etapas por método
eliminatorio, le otorgaron la contundencia que supone el método
olímpico: en cada instancia hay en cada parte un ganador y uno o
varios perdedores, eliminados y sin apelación. Antes un ciudadano
podía escoger a un candidato presidencial minoritario en su partido,
aun en la convicción más absoluta que su voto terminaba computándose
a favor de un candidato no preferido; pero guardaba la distancia de
no votar en forma directa a quien no quería. Ahora o gusta el
candidato o se vota a otro partido.
El cambio de sistema impactó mucho a los electores, que lo fueron
descubriendo paso a paso. Primero cuando llegaron las mal llamadas
elecciones internas, que a la gente le costó descubrir que no eran
internas, sino elecciones generales para designar el candidato
presidencial único de cada partido; también le costó descubrir que
se eligen muchas más cosas y para muchos destinos, como que sirven
de ranking para las listas parlamentarias y se predefinen las
candidaturas municipales; y descubrir además que eran voluntarias
para los ciudadanos y obligatorias para los partidos. Luego le costó
asimilar el impacto de la candidatura única. Y finalmente para los
seguidores de los terceros y cuartos partidos le llegó la hora del
encorsetamiento del balotaje y la obligación de romper las fronteras
partidarias para apoyar a un candidato de otro partido.
Pero el sistema impactó mucho más en los actores políticos, al punto
que puede afirmarse que buena parte de los actores de primerísimo y
segundo nivel aún no han terminado de asimilar las complejidades del
nuevo sistema. Es que el mismo requiere de un manejo filigranático,
florentino. Los precandidatos de un mismo partido deben
diferenciarse entre sí para competir, pero la diferenciación tiene
un límite, el que impone la necesidad de los perdedores de apoyar al
ganador; el ganador debe conocer el difícil arte de ser un buen
ganador, pues en el momento de la victoria debe ser el convocante y
el referente de todo el partido, en particular de los que acaban de
ser derrotados. Los perdedores deben entender que tienen delante
suyo dos caminos: uno es aceptar el resultado y apoyar con total
plenitud y sinceridad al ganador, el otro es el mutis o la dilución;
porque el perdedor que no apoye en pleno al ganador da esta lección
a sus seguidores: en este partido no vale la pena permanecer,
entonces, no lo vote, tampoco me vote a mí.
En 1989 una parte del Partido Colorado, el Batllismo Unido cuyo
liderazgo disputaban Sanguinetti y Batlle, y que desde esa
confrontación quedó desunido, dirimió la candidatura presidencial en
unas primarias entre el actual presidente y el entonces
vicepresidente. El tono de la campaña, la dureza de las acusaciones,
la forma de asumir la victoria por el ganador, transformaron el
triunfo de Batlle en una victoria pírrica, pues en el mismo momento
de ganar se selló su derrota en la competencia interpartidaria. El
coloradismo, el batllismo, Batlle y Sanguinetti aprendieron la
lección, y ese aprendizaje les permitió el prolijo manejo de la
campaña electoral entre el líder de la Lista 15 y el vicario del
Foro Batllista. Esa noche se selló la fórmula, de la manera esperada
por la gente, por quienes los votaron y por quienes no los votaron.
El ganador es el candidato único a presidente, el segundo es el
candidato a vice. La fórmula era un hecho. El triunfo de Hierro
hubiese abierto la incógnita sobre el nombre pero no sobre la
pertenencia del vice, pues tampoco nadie ponía en duda que ni un
anterior presidente de la República ni un hombre que por su larga
trayectoria se encuentra en ese nivel político, ni uno ni otro podía
ser el candidato a vice.
En 1999 el Partido Nacional no se atuvo a las reglas de juego. Puede
ser por no haber entendido el profundo cambio político o puede ser
por una larga tradición de enfrentamientos duros. Si los colorados
han sido los eximios maestros en el arte del entendimiento, los
blancos han sido los cultores del fratricidio. Desde que el Poder
Ejecutivo se elige en forma directa, los blancos prácticamente no
usaron el doble voto simultáneo para estos órganos hasta 1954, y
entonces, obligados (porque otras formas de pluralidad de listas o
candidaturas fueron nominales, ante listas de envergadura
liliputiense). En 1926 Herrera provoca su propia derrota con la
expulsión de Lorenzo Carnelli del Partido Nacional; en 1954 la
pluralidad de listas es producto de una decisión de la Corte
Electoral contra la expresa voluntad de Herrera. A partir de 1930 y
hasta mediados de los cincuenta, la división en dos grandes lemas
(que llegaron a ser hasta cuatro) marcó el nivel de dureza de los
enfrentamientos. Es posible que resabios de esa cultura pervivan.
Como fuere el nacionalismo se ve enfrentado a la misma prueba de
1999. Toda la ciudadanía, los analistas políticos y los actores
políticos adversarios están expectantes de cuál va a ser la conducta
del Partido Nacional. Si logra el cambio cultural para atenerse
plenamente a las reglas del juego, o de una u otra manera produce
algún rechine. Hay varias incógnitas, reforzadas por los primeros
ejercicios de calentamiento para la campaña electoral. Primero, si
la campaña va a ser por la positiva o vuelve aunque sea mediante
indirectas el juego de acusaciones. Segundo, si la misma noche del
27 de junio queda sellada la fórmula presidencial entre el primero y
el segundo, como lo hizo cinco años atrás el coloradismo. Y si de
allí a octubre ese partido va unido a la elección, con todos sus
líderes al unísono.
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