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Puede
el Partido Colorado ir a la elección con Julio María Sanguinetti
como candidato, en un momento de importante afectación de su figura?
¿Puede el Partido Nacional ir con Lacalle como candidato único,
también cuando su figura aparece con importante afectación? Estas
preguntas se hacen todos los días y ya no en voz baja; no sólo los
competidores de ambos líderes plantean el tema, sino también
periodistas empeñados en impedir el triunfo de la izquierda. Como es
obvio, también se formulan las contrapreguntas: ¿puede el Partido
Colorado presentarse sin Sanguinetti? ¿puede el Partido Nacional
presentarse sin Lacalle? ¿puede uno y otro prescindir de la fuerza y
la experiencia de los ex-presidentes de la República?
El tema admite varios ángulos de análisis. Uno es el que atiene a lo
específico de las preguntas: cuál es la potencialidad de los dos
ex-presidentes, cuánto suma y cuánto resta cada uno a sus
respectivos partidos, si tienen o no sucesores naturales, si pueden
ser o no derrotados en la confrontación interna. Hay otro ángulo que
va más a lo genérico y parte de estas preguntas: ¿pueden los líderes
naturales ser sustituidos a placer? un candidato vicario ¿puede
captar todo el capital del líder a quien sustituye y además agregar
su propio capital, o por el contrario queda por el camino parte del
capital del líder sustituido?
Como la palabra líder admite múltiples significados, a efectos de
esta nota corresponder definirlo como la persona que es referente de
toda una colectividad política, para el pueblo y para los actores
políticos, que guía a dicha colectividad y que además la representa
como candidato al máximo cargo. Los liderazgos se construyen y
consolidan en un proceso largo, y normalmente duran también largo
tiempo; un liderazgo pleno es aquél que conduce no sólo en los
éxitos sino también en los fracasos. Hay líderes de mayorías y
líderes de minorías, líderes de victorias y líderes de derrotas. Los
verdaderos liderazgos son aquéllos que están más allá de los
resultados de ocasión. Uruguay, al igual que los países más estables
de Europa, exhibe liderazgos de larga duración y de diferente tipo,
hay profetas y directores de orquesta, hay conductores de cuadros
políticos y guías de multitudes.
A lo largo de la última centuria son pocos los nombres que han
resistido el paso del tiempo: José Batlle y Ordóñez, Luis Alberto de
Herrera, Luis Batlle Berres, Emilio Frugoni, Rodney Arismendi, Jorge
Pacheco Areco, Wilson Ferreira Aldunate, Líber Seregni, para hacer
una lista corta, de actores que en su momento fueron referentes
únicos o principales de lemas electorales, para no mencionar a
ningún personaje en actividad (quedan fuera de la lista no pocos
nombres que lideraron sectores o que cumplieron liderazgos
transicionales o efímeros).
En este país y en el mundo en lo que casi unánimemente han fracasado
los líderes es en la búsqueda de vicarios, de personajes que actúen
en su representación. Quizás la excepción la constituya Mariano
Rajoy si, como todo indica, se impone el 14 de marzo sobre Rodríguez
Zapatero y asegura al Partido Popular de España el mantenimiento del
gobierno. Sanguinetti fracasó dos veces consecutivas al intentar
proyectar un vicario y ambas contra Jorge Batlle: el actual
presidente derrotó primero a Enrique Tarigo y diez años más tarde a
Luis Hierro López; en cambio, la única vez que uno y otro líder
confrontaron, Sanguinetti derrotó a Batlle Ibáñez por 8 a 1. También
Lacalle fracasó en el vicariato, cuando su candidato Juan Andrés
Ramírez resultó derrotado por Alberto Volonte. Tanto Sanguinetti
como Lacalle ganaron dentro de sus partidos cuando fueron candidatos
y ambos perdieron cuando postularon vicarios. Parece que los
vicariatos no andan aquí, y salvo España en el 2004, tampoco en el
mundo.
Alguien podría decir que le fue bien a Luis Batlle, desde el punto
de vista electoral, con la candidatura de Andrés Martínez Trueba;
pero este fue más que un vicario, y además Batlle Berres todavía
estaba en proceso de construcción de su liderazgo. Pero yendo para
atrás, Herrera nunca recibió mayor paliza electoral que cuando hizo
mutis y puso como vicario a Juan José de Arteaga.
De lo anterior surge una conclusión que es grata a unos y nada grata
a otros, pero que no tiene que ver con los gustos de nadie sino con
la lógica más rigurosa: los líderes no pueden decir "en esta mano,
paso". O juegan la mano o se retiran. Hay múltiples retiros: uno es
dedicarse a pescar, a pintar, a escribir las memorias o a jugar con
los nietos; otro es el cumplir funciones de viejo patriarca, de
consejero de los nuevos líderes, como Willy Brandt o Manuel Fraga
Iribarne, que abandonaron el timón del barco (por su voluntad o
contra ella); hay una tercera, que es la que cumplió Seregni en la
última etapa de su vida política, que es dedicarse a provocar el
pensamiento y el debate. Pero el que dice "me retiro" y conserva la
manija del poder, no se retira, sino que se queda y pone a otro como
vicario. Entonces, no hay retiro sino vicariato, con el resultado
previsible.
¿Esto quiere decir que los líderes siguen siendo tales hasta que les
llega la muerte o, excepcionalmente, cuando deciden pescar o asumir
el patriarcado? No. Hay una forma de extinción de liderazgos tan
normal como el fin físico de los líderes, que es su sustitución por
la aparición de otro que primero disputa el liderazgo y luego lo
obtiene. Así fue como Wilson Ferreira se hizo con la primacía en el
Partido Nacional (mediante la derrota de Etchegoyen) o Sanguinetti
en el Partido Colorado (mediante la derrota de Pacheco primero y de
Batlle Ibáñez después). De donde surge que la continuidad o no de
Lacalle depende no tanto de sí mismo, sino de la aparición de una
figura que sea capaz de enfrentarlo y derrotarlo. Y la continuidad
de Sanguinetti depende también de que aparezca una figura capaz de
enfrentarlo y derrotarlo. Por lo que surge de los estudios de
opinión pública, en el Partido Nacional la continuidad o no de
Lacalle dependerá del éxito que logre Jorge Larrañaga en una
competencia que tiende a polarizarse. En el Partido Colorado depende
de que aparezca alguien con fuerza suficiente para enfrentar al
líder forista, papel en que se vislumbraba a Alejandro Atchugarry,
hasta que hizo mutis y dejó a la 15 en el dilema pirandelliano de
varios personajes en busca de un autor. De donde la continuidad o
renovación de liderazgos en definitiva se resolverán en las urnas
(el 27 de junio o el 31 de octubre) y no en las tertulias.
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