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comienzos del año pasado Uruguay inició el azaroso camino de evitar
caer en default con su deuda pública en títulos, y para el otoño
logró lo que se considera un formidable éxito. En forma voluntaria y
con la aceptación de los tenedores de casi el 90% del capital logró
una refinanciación basada en un fuerte alargamiento de los plazos y
una leve suba en las tasas de interés, de aproximadamente medio
punto porcentual. El canje voluntario de la deuda pública sumado a
la alta aceptación de la reprogramación de depósitos de los bancos
oficiales ha sido exhibido como grandes éxitos de este gobierno, y
como actitud seria y responsable del país y de los uruguayos. El
contraste fue la actitud considerada irresponsable del gobierno
argentino al proclamar jubilosamente el default, reprogramar no sólo
depósitos a plazo sino también las cuentas a la vista, establecer
una conversión forzosa y asimétrica de dólares a moneda nacional, y
obtener como resultado todo tipo de protestas. En lo interno,
cacerolazos y pedreas multitudinarias. En lo externo, el alarido de
los tenedores de bonos. Vaya como ejemplo la dureza con que en
Italia se trata el tema argentino: 1.400.000 hogares italianos
perdieron los ahorros de toda su vida por confiar en los bonos
argentinos; el Producto Interno Bruto de Italia cae por el solo
efecto del default argentino un punto porcentual; el gobierno
italiano es el más duro en el ámbito del FMI contra Argentina; en la
prensa italiana Argentina y Parmalat son las dos palabras que
simbolizan estafa.
La izquierda uruguaya no acompañó la renegociación de los títulos
públicos y fue acusada de sabotear una salida exitosa para el país.
Como ejemplo se señalan: Uno, el viaje de Vázquez y Nin Novoa a
Washington, a entrevistarse con el FMI y plantear su desconfianza en
el gobierno y las cuentas uruguayas, en momentos en que en
Montevideo transcurría una difícil negociación entre el organismo
internacional y el equipo económico. Dos, el proclamar la
insolvencia del país justo cuando se salía a vender el canje de los
bonos y a proclamar la solvencia del país. Tres, el cuestionar los
términos del canje, pese al apoyo recibido.
Hasta aquí la historia entre un país que aparece como el niño modelo
y otro país que aparece como el incorregible. Y la historia de un
gobierno que hace las cosas en serio y una oposición que sabotea
esas cosas en serio. Más o menos así han sido leída las cosas por
una buena parte de entendidos, en el país y fuera del país, entre
los que siguen las cosas de este pequeño territorio. Como quien
dice, este es un tema que apunta a demostrar la seriedad de los
partidos tradicionales y la irresponsabilidad de la izquierda. Así
es como más o menos lo ha escrito o leído más de un analista de
temas económicos.
Pero entre las líneas de la historia principal aparece otra
historia, como esos diseños de fondo que son cada vez más frecuentes
en las páginas web. Hace dos años y un mes el gobierno Argentina
proclamaba alborozado el default. Dos años y un mes después
Argentina todavía vive, su economía crece, no ha sido puesta en
cuarentena. Propuso una quita del 75% al capital de los títulos, es
decir, devolver un dólar por cada cuatro recibidos. Y esa propuesta
recibe apoyos como el del economista Martin Wolf, del Financial
Times. Pese a la irritación de Italia (por los títulos) y de Francia
(por las tarifas públicas), Estados Unidos lanza guiños y gestos
cariñosos y comprensivos hacia Argentina. El mismísimo Bush aparece
cada día más en sintonía con Kirchner, hombre hábil si los hay, que
hace gestos con el brazo izquierdo hacia la orilla de enfrente y
gestos con el brazo derecho hacia el norte (con el brazo, el codo y
la mano).
No se sabe como va a terminar esta historia. Hace dos años el
vaticinio general fue la internación del país vecino en un
leprosario, o más exactamente, los pocos despojos que podían quedar
del mismo. Hoy lo que hay es una gran incógnita, o un abanico de
incógnitas. Pero lo del leprosario no aparece ni como la única
opción, ni como la más probable. Por el contrario, cada día son
menos los que se animan a seguir afirmando que Argentina deberá
pagar todos y cada uno de los dólares recibidos, sin quita alguna.
La discusión ya entra en el quantum: si un 10% o 20%, o se llega a
algo tan fantástico como el 75% ofrecido por el ministro Lavagna.
El tema tiene una importancia para el país vecino y un conjunto de
consecuencia. Pero tiene otra importancia para este país en este año
electoral. Si Argentina logra alguna quita más o menos significativa
(y para lo que negoció Uruguay, significativo ya lo es un 10%) y si
esa quita no lo margina de créditos futuros, la renegociación
uruguaya se va a leer con ojos muy distintos a los que se leyó el
año pasado. Es que a nadie le gusta pagar de más, máxime cuando se
puede pasar de niño modelo a niño ingenuo y el niño incorregible
transformarse en el más vivaracho de la clase. Y la posición de la
izquierda uruguaya también se va a leer de manera diferente a como
se leyó en enero, en marzo y en mayo del 2003.
Porque una quita que obtenga Argentina va a generar una nueva
discusión en Uruguay. Y esta discusión va a estar centrada en si
Uruguay hizo lo que tenía que hacer, porque en razón de tamaño no
tenía otro camino por delante, o el país se apresuró a cerrar tratos
desfavorables sin la prudente espera de ver qué le ocurría y qué
obtenía el país de enfrente, con mayor poder de negociación. Siempre
queda algo para cada cual. El gobierno puede sostener que a la larga
Argentina va a pagar la falta de confianza que generó (lo cual en
Italia parece obvio, ya que no se le vende a nadie un bono argentino
ni para la rifa de un sombrero). La izquierda va a argumentar que lo
que cuenta es el plazo que afecta directa e inmediatamente a la
gente, el que cuenta para salir del pozo. Una vez más, la política
argentina va a impactar sobre la política doméstica uruguaya, ello
sin contar las espinas y las mieles en las relaciones entre ambos
países, ambos pueblos y los partidos de ambas márgenes del charco.
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