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Los
accesos de Néstor Kirchner y Luiz Inacio da Silva a las presidencias
de Argentina y Brasil significaron cambios importantes en el manejo
político de la región, en la relación entre ambos y en la relación
de cada uno con Uruguay, así como impactos sobre la política interna
de este país. Con más precisión puede afirmarse que los cambios
comenzaron cuando coincidieron Duhalde y Lula, y se perfeccionaron y
ampliaron con la llegada de Kirchner.
Esto plantea dos grandes áreas de temas. Uno tiene que ver con la
interrelación entre el Frente Amplio y los elencos gobernantes de
ambos países, que tiene a su vez un anverso y un reverso: los apoyos
de ambos presidentes al FA y a Vázquez, y el apoyo del FA a los
actos de los gobiernos de ambos países en sus relaciones con
Uruguay. El primer lado de la medalla se tradujo en hechos como la
aparición en el balcón de la Intendencia de los dos mandatarios, sus
reuniones privilegiadas con Vázquez, los desaires de Kirchner a
Batlle y sus augurios de una buena relación binacional cuando
Vázquez asuma el mando (esto último es una anécdota menor, porque no
es otra cosa que un “tu también”, el contestarle al mandatario
oriental con la misma moneda, cuando éste por dos veces auguró el
triunfo de Menem). Esta forma de actuar de los gobernantes vecinos
tiene a su vez dos lecturas, producto de la etapa confusa que en el
plano político se encuentra el Mercosur (también en el plano
político, además del económico y comercial).
La primer lectura es la tradicional, como si quienes se hubiesen
inmiscuido en la política interna hubiesen sido George Bush Jr. o
Fidel Castro, que es la que realizaron los dirigentes del gobierno y
de ambos partidos tradicionales: los gobernantes argentinos y
brasileños violaron el principio de no intervención en los asuntos
internos de otro país. La segunda lectura corresponde al nuevo
modelo comunitario o asociativo, como el que recorre la Unión
Europea: los países que conforman un bloque político ya no son
países extranjeros entre sí, sino países miembros de una especie de
super-país, de estado supranacional imperfecto. En tal sentido los
partidos de los países europeos han avanzado hacia la constitución
de partidos propiamente continentales, y así es como han surgido y
operan el Partido Popular Europeo, el Partido Socialista Europeo, el
Partido de la Izquierda Europea, etc. Como corolario de este
proceso, es absolutamente natural que Tony Blair haya participado
activamente en la campaña electoral que llevó por primera vez al
gobierno a Gerard Schröder. El Mercosur está a mitad de camino entre
lo tradicional y lo comunitario, no sólo porque el proceso es más
lento, sino porque todavía no es claro el objetivo final; dentro del
propio Uruguay se discute si debe desembocar en una asociación
política (a lo que adhieren el FA y el Foro Batllista) o debe
frenarse en una asociación comercial o económica (como lo pregona el
Herrerismo). Para el Frente Amplio, la intervención de Kirchner y
Lula en sus explícitos apoyos electorales al Frente Amplio se
corresponde con el modelo comunitario, son parte de la nueva
política regional que se viene. Hay pues que entender que en la
diferencia de interpretaciones sobre los gestos de ambos mandatarios
subyacen además diferencias más profundas de visión sobre el propio
Mercosur (quizás aquí actuó en forma contradictoria el Foro
Batllista, que censuró las actividades políticas de los gobernantes
vecinos y propicia un Mercosur político).
El mayor problema que desde hace tiempo se ha advertido sobre la
asociación política es que los países de la región presentan fuertes
asimetrías en la geografía de sus sistemas políticos: no existen
partidos hermanos en cada país con la proximidad que se da en los
países europeos. Lo más próximo pudo ser el batllismo y la Unión
Cívica Radical, en otra época entre el justicialismo y el herrerismo,
y quizás hoy lo sean el brasilero Partido de los Trabajadores y el
uruguayo Frente Amplio. En cambio, parece un poco apresurado
establecer una relación entre el FA y algo argentino, que además no
se sabe qué es. ¿El kirchnerismo es una fracción del Partido
Justicialista? De ser así ¿qué tiene que ver el frenteamplismo con
el justicialismo? O por el contrario ¿el kirchnerismo apunta a ser
un nuevo partido político construido transversalmente, como aspiran
algunos aliados como el jefe de gobierno porteño Aníbal Ibarra? De
lo que resulte del kirchnerismo depende que haya o no correlatos
entre el FA con un partido argentino.
El reverso de la medalla es la forma en que el FA actúa como
defensor y vocero de las posiciones de los gobiernos vecinos, en sus
relaciones con Uruguay. Es sabida la molestia existente en
cancillería por el hecho que antes de que se concluya negociación
alguna con Brasil, ya hay algún legislador frenteamplista haciendo
planteos en el Parlamento uruguayo. En el caso argentino, el FA ha
respaldado en forma plena todos los cuestionamientos hechos por el
gobierno argentino sobre el tema derechos humanos. El apoyo ha
llegado incluso a minimizar el planteo de Batlle sobre la necesidad
de aclarar la suerte del cerca de centenar de uruguayos
desaparecidos en Argentina, sobre los que no hay noticia. Porque si
bien el FA puede cuestionar lo tardío de la preocupación
presidencial, ha sonado extraño que no adhiriese a la misma y no
esbozase la menor exigencia en tal sentido al gobierno argentino.
Pero el saldo es que para la política interna en este tema el Frente
Amplio no asume costo alguno y cobra la factura que Kirchner y su
elenco le pasan a Batlle y el suyo.
Pero las relaciones de Uruguay con sus vecinos son históricamente
complejas. No solo por las asimetrías macroeconómicas que golpean
estas tierras por sucesivas devaluaciones de unas y otras fronteras,
sino por la peculiar forma que tienen los vecinos de aplicar los
tratados comerciales y el espíritu asociativo. Como elementos
paradigmáticos cabe mencionar las bicicletas respecto a Argentina y
el arroz en relación a Brasil. Precisamente aquí aparece un Talón de
Aquiles para esta línea tan fuertemente hermanada del Frente Amplio
con los gobiernos vecinos: cuando alguno de los vecinos traba la
entrada de productos uruguayos o torpedea inversiones extranjeras en
Uruguay. Aquí es donde el Frente Amplio se ve o se va a ver obligado
a optar entre mantener la hermandad o defender intereses nacionales
afectados. Y no necesariamente esta exigencia aparece una vez
asumido el gobierno (donde es obvio que la hermandad pasa a segundo
lugar), sino ahora, en plena campaña electoral.
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