|
Hay
muchas formas de ver las elecciones, el sentido u objetivo de las
mismas. Una de ellas es verla cómo una competencia estrictamente
personal donde diversas figuras compiten para la obtención de un
cargo; esta competencia sería entonces una especie de concurso,
aunque a diferencia de los concursos más o menos estándares en la
Universidad de la República, no están prefijadas las reglas: algunas
personas van a votar en base a la capacidad de la persona para el
ejercicio de la conducción política, otras lo harán en base a la
capacidad técnica para afrontar el tipo de problemas que se
considere más importante o más prioritario, otros realizarán la
opción en base al nivel de confiabilidad del candidato. Es decir, es
un concurso con reglas abiertas, en que cada tribunal (de los más de
dos millones de miembros de ese tribunal) aplica sus propias reglas.
En definitiva, supone una competencia doble: no sólo se confrontan
los méritos, sino que además se compite por convencer al tribunal
sobre qué atributos tener en cuenta y cuáles desechar. Esta
tipología es bastante común en muchas de las elecciones
norteamericanas, particularmente en niveles de peso intermedio, como
el de congresista federal o miembro de las Legislaturas estaduales.
Otra manera de ver las elecciones políticas es como una competencia
de ideologías, de cosmovisiones, de formas más o menos sistemáticas
de ver al mundo y al hombre. Se trata pues de una confrontación
profunda, donde lo coyuntural pierde su esencia y donde hasta los
candidatos pasan a un plano secundario. En cierta forma fue el
esquema dominante en Italia a lo largo de la Primera República,
particularmente en el largo período de la plena Guerra Fría, cuando
la dicotomía dominante era entre la concepción demócrata cristiana y
la comunista.
Una tercera forma es la de confrontación de programas, de qué es lo
que se de debe hacer, cuáles son las metas que debe perseguir el
siguiente gobierno. Se ve pues la competencia electoral como una
confrontación de objetivos. Puede considerarse que las próximas
elecciones presidenciales norteamericanas van a ir por esta
modalidad, donde se enfrenten posturas diferentes sobre el manejo de
la economía y de la presencia norteamericana en el mundo.
Una cuarta manera de ver las elecciones políticas es como una
competencia de caminos y no de metas. En general esta forma parte
del supuesto que hay un abanico bastante restringido de opciones en
cuanto a objetivos y que la elección están en cómo llegar a esos
objetivos. Que lo sustancial entonces no es el qué sino el cómo.
Lo interesante es que no hay una definición previa aceptada por
todos los competidores y por todos los electores sobre cuál es la
manera en que se va a jugar una elección determinada, en un tiempo y
un lugar precisos. Nadie predetermina que en Uruguay en 2004 se va a
elegir en atención a la primera o la tercera forma. Los propios
actores compiten por establecer la forma en que debe transcurrir las
elecciones, es decir, compiten por convencer a los electores sobre
qué es lo que deben tener en cuenta en el momento de elegir:
personalidades, ideologías, objetivos, caminos.
Y precisamente en este país para los votantes están abiertas las
cuatro opciones. Porque hay controversia sobre las personas y esa
controversia se extiende a qué es lo importante: si la experiencia
política, la capacidad técnica o la confiabilidad personal. Hay
también confrontaciones de tipo ideológico, no de todos los actores,
pero si de algunos, para quienes lo que está en juego es el
liberalismo o el marxismo, el cambio popular o la hegemonía de los
poderosos, y sin duda la discusión más importante de las últimas dos
décadas, la relacionada con el papel del Estado y el papel del
mercado. También hay un importante debate en cuanto a los objetivos,
si es prioritario atacar la pobreza, reducir la desocupación,
mejorar los ingresos de los hogares o facilitar las inversiones
extranjeras (y cuáles). Y se plantea por parte de algunos actores
que la discusión se centre en cómo hacer las cosas: con qué medios,
con qué recursos.
Como puede verse, el arte de la campaña electoral es altamente
complicado y requiere de una gran pericia por parte de los
competidores, porque deben hacer todo a la vez y sobretodo
confrontar para convencer a la gente cuál es la forma de valorar a
los contrincantes a la hora de formular la opción. Pero como no hay
una sola instancia electoral sino al menos dos (y eventualmente
tres), cada una tiene sus propias reglas. Porque las elecciones
preliminares del 27 de junio se diferencian de todas las otras en
que la concurrencia de los electores es voluntaria. Por tanto, los
actores tienen una tarea adicional, convencer a la gente que
concurra a votar.
Esta última tarea no es para todos de igual importancia. En los
comicios anteriores, los del 25 de abril de 1999, surgió de los
estudios de opinión pública que a determinados candidatos
beneficiaba una alta concurrencia y a otros una baja asistencia ¿Por
qué? Porque la gente no hace un proceso lineal de selección, donde
primero define si va a ir o no a votar y en segundo lugar, una vez
resuelto participar en las elecciones, elige su partido, su
candidato y su lista. No es así. Hay un proceso paralelo. Por un
lado las personas van estableciendo sus preferencias partidarias y
personales. Y por otro lado procesan la decisión de ir o no ir a
votar. Puede resumirse el planteo así: me gusta fulano, si voy a
votar voto por él, pero no se si voy a ir. Esto significa que para
algunos candidatos lo importante es convencer a la gente para que
opte por él, mientras que para otros lo importante es motivar a
concurrir, pues si los convencidos van, no es necesario convencer a
nadie más.
Son pues muchos los ejes sobre los que partidos y candidatos están
obligados a trabajar en una campaña electoral, y son muchos los ejes
sobre los que discurre la decisión del ciudadano.
|