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Se
ha asentado el polvo levantado por los vientos de las elecciones
españolas. Con el horizonte despejado pueden buscarse algunas
lecciones; no se pretende una interpretación del comportamiento de
los españoles, sino meramente tomar algunas lecciones que pudieran
ser válidas para este rincón del mundo.
Hay una fina raya que separa lo encomiable de lo censurable. El
hombre comprensivo puede pasar a ser visto como endeble; el hombre
firme, como soberbio. José María Aznar, más allá del acuerdo o
desacuerdo con la orientación de sus políticas, estuvo a punto de
retirarse en la cúspide del respeto de propios y ajenos, como un
hombre que renovó un partido político y lo transformó en un
instrumento moderno, llevó a España a los primeros planos de la
política mundial, y además puso a la España floreciente como la
contracara de una Europa en tribulaciones económicas y fiscales.
Durante la guerra fría se decía que la cualidad más importante para
un presidente norteamericano era la capacidad para mantener la
cabeza fría en medio de una apuesta nuclear, de no dejarse llevar
por el deseo de apretar el botón nuclear con demasiada rapidez.
Cuando se atisbó que la autoría de los atentados iba en dirección
contraria a los intereses del Partido Popular, Aznar, Rajoy y la
conducción del PP quedaron aturdidos y optaron por el peor de los
caminos. Apostaron a la intoxicación informativa, en una jugada
riesgosa de todo o nada. Y como se sabe, fue perdidosa.
Pero aún sin el 11 de marzo aparecía otra seria limitante. Se
vislumbraba la escasa capacidad de maniobra para el caso de que el
PP triunfase sin mayoría absoluta. Con la excepción de la pequeña
Coalición Canaria, carecía de aliados, le sobraban enemigos (las
izquierdas, los regionalismos); a lo sumo y como mucho podía aspirar
a una benevolente abstención de Convergencia y Unió a cambio de
aceptar fenomenales concesiones, que hubiesen transformado la
victoria electoral en pírrica. Ambos hechos, la política de
confrontación con todos y cada uno de los demás, la intoxicación
informativa, son formas de soberbia. Se demostró que al menos en
esta etapa la soberbia es contraproducente en España, un país de
cultura política mucho más dura y cortante que la uruguaya.
Los pueblos oscilan. Cuando un gobernante es demasiado fuerte, el
pueblo se hastía de lo que considera soberbia y busca humildad.
Cuando el gobernante es largo tiempo humilde, el pueblo se cansa de
lo que entiende como debilidad y busca autoridad. Son los ciclos. La
sabiduría está en saber amoldarse a cada uno y percibir el momento
en que un tiempo llega a su fin y se reclama un cambio de talante.
Porque a veces es solo eso, un tema de modos y no de esencia.
Otro hecho nada menor es cómo desde afuera puede influirse en una
decisión electoral. Ocurrió con el 11M en Madrid. También fueron
influencias electorales la negativa de Jruschov a liberar al piloto
espía Gary Powers (con beneficio para Kennedy y perjuicio para Nixon)
y la posterior negativa de Jomeini a liberar a los diplomáticos y
funcionarios norteamericanos de rehenes en Teherán (con beneficio
para Reagan y perjuicio para Carter). Sin que por aquí haya espías
detenidos, ni rehenes ni se esperen atentados, hay muchos impactos
generados en el exterior: desde las implosiones financieras del 2002
hasta la calculada intervención-confrontación con Uruguay del
presidente Kirchner.
A fines de este enero escribíamos: “En este país y en el mundo en lo
que casi unánimemente han fracasado los líderes es en la búsqueda de
vicarios, de personajes que actúen en su representación. Quizás la
excepción la constituya Mariano Rajoy si, como todo indica, se
impone el 14 de marzo sobre Rodríguez Zapatero y asegura al Partido
Popular de España el mantenimiento del gobierno. Sanguinetti fracasó
dos veces consecutivas al intentar proyectar un vicario y ambas
contra Jorge Batlle: el actual presidente derrotó primero a Enrique
Tarigo y diez años más tarde a Luis Hierro López; en cambio, la
única vez que uno y otro líder confrontaron, Sanguinetti derrotó a
Batlle Ibáñez por 8 a 1. También Lacalle fracasó en el vicariato,
cuando su candidato Juan Andrés Ramírez resultó derrotado por
Alberto Volonté. Tanto Sanguinetti como Lacalle ganaron dentro de
sus partidos cuando fueron candidatos y ambos perdieron cuando
postularon vicarios. Parece que los vicariatos no andan aquí, y
salvo España en el 2004, tampoco en el mundo”. La excepción no
existió. No se duda que el 11 de marzo fue un hecho de formidable
impacto, pero más impactante para las elecciones fue la incapacidad
de manejar esa crisis. Lo cierto es que cada caso tiene su
explicación particular, pero se mantiene la regla general: los
líderes no logran transferir su peso a ningún vicario, a ningún
sustituto. Los líderes solo pueden dejar el liderazgo cuando emerge
otra figura, con su propio peso, que desplaza al líder anterior y lo
sustituye, es decir, cuando se da el natural proceso
político-biológico de renovación.
Un último apunte, de entidad menor: las encuestas. En general
parecería que las principales consultoras funcionaron bien en las
encuestas previas de intención de voto, ya que los sucesos del 11,
12 y 13 de marzo fueron de tal impacto que la distancia entre el
resultado final y el previsto es claramente un cambio de talante de
la sociedad, y en particular un cambio en el nivel de participación
en las urnas. En cuanto a los instrumentos que pretenden adelantar
el resultado electoral se demostraron tres cosas: que las encuestas
de boca de urna indican tendencias válidas, pero borrosas y no
concluyentes; que las proyecciones de muestras de escrutinio son de
altísima fiabilidad y es la herramienta idónea por excelencia para
conocer el resultado con mucha antelación; y que las encuestas de
predicción de voto con otras metodologías – que pretenden sustituir
a las de boca de urna– son de escala o nula confiabilidad (como que
en España anunciaron el triunfo del PP, y en Uruguay en 1999 el
triunfo de Vázquez).
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