|
En
la obra dramática que es la vida a cada quien corresponde un tipo de
papel diferente en el reparto. Hay papeles sin duda gravitantes,
gravitación que está precisamente en la grisura, la mesura, la
ecuanimidad y la ponderación.
Un árbitro de fútbol, un magistrado judicial, son personas llamadas
a tener papeles que no son protagónicos. El árbitro de fútbol es el
hombre que debe buscar que el partido se juegue con el cabal
cumplimiento de las normas, nada más que eso. Y debe lograr nada
menos que eso: que el partido no se le vaya de las manos, que por
impartir adecuadamente el reglamento no le otorgue al juego un ritmo
espasmódico, lleno de frenos y arranques, que su ego no lo lleve a
pretender el protagonismo del espectáculo. Además, por supuesto, de
espaldas fuertes para soportar rechiflas. La mar de las veces su
ecuanimidad, su actitud equilibrada, tiene como premio el enojo de
ambas parcialidades. En el momento del juego, el buen árbitro más de
una vez se hace acreedor a la rechifla unánime. Después, mucho
después, calmadas las aguas, podrá venir el reconocimiento, si
viene. Ese es su papel en la vida, no otro.
Más o menos lo mismo pasa con los magistrados judiciales. Su labor
es bastante oscura. En un sistema románico puro no hacen la ley, la
dicen. No crean derecho, ni siquiera administran justicia. En rigor
lo único que hacen es analizar los hechos para determinar el derecho
que corresponde aplicar y disponer lo necesario para que se aplique.
Es una paciente labor de investigación, análisis e interpretación.
En realidad un juez no juzga, no emite opiniones de valor sobre lo
correcto o incorrecto, lo moral o lo inmoral, sino sobre lo ajustado
o desajustado a derecho. A muchos magistrados este papel les resulta
un corsé inaceptable. Unos quieren hacer justicia, es decir, dar la
razón a uno y condenar a otro según sus propios valores, los del
juez, que cree que esos valores significan lo justo, lo correcto, lo
moral; y en ese afán fuerzan la ley, hurgan y buscan resquicios para
poder colar su cosmovisión. Para otros lo importante es crear
derecho, y así ven vacíos o lagunas donde para otros lo que hay es
libertad, y así se ponen a regular lo que el legislador no reguló.
Quien repase la jurisprudencia uruguaya de los últimos tiempos, y a
veces de tiempos no tan últimos, verá que donde el legislador dejó
librado a la libertad de las personas o de las partes, los
magistrados se pusieron a regular. Es que crear derecho entusiasma.
Dedicarse exclusivamente a hacer calzar los hechos en el derecho
parece mediocre, aburrido, burocrático.
Esta tentación, la de salir de su papel e interpretar el papel que
fue escrito para otro, es muy fuerte en muchas profesiones. Es la
tentación de creer que en el teatro sólo hay protagonistas. Porque a
veces el director queda en penumbra, como también el escenógrafo,
los actores de reparto, los que hacen el trabajo silencioso y
desconocido de producción.
Más o menos lo mismo pasa en la vida política. El analista es
alguien que elige no sentarse frente al tablero, o sentado en él
levantarse para dejar el juego, en uno u otro caso para ser un
espectador. Un espectador muy especial, porque no sólo mira, sino
que interpreta. Mira a uno de los jugadores que juega con las
blancas, se pone en su cabeza, piensa como él, asume su
temperamento, intenta tener su vuelo y su lógica, o su grisura y sus
incongruencias, y entonces elabora la estrategia, la táctica, las
jugadas que le parecen las mejores para lograr el triunfo de las
blancas. Y explica eso a los otros espectadores, a los que no se
dedican como profesión al análisis. Luego hace los mismos con las
negras. También se introduce en su cabeza y en su espíritu, asume
sus corajes y sus temores, y también elabora estrategia, tácticas,
movimientos en busca del triunfo de las negras. Y asimismo lo
explica a los otros espectadores. No busca que ganen las blancas ni
que ganen las negras, sino que piensa que va a ganar el que haga su
propio juego con la más rigurosa lógica de acuerdo a su ser, a su
espíritu, a su templanza, inclusive a sus valores y creencias. Ese
analista, del ajedrez, la política o la vida, no juega. Y por tanto
no tiene los premios ni las amarguras de los jugadores. No va a
gozar del triunfo ni ser aplaudido por ello, no es su papel. Tampoco
va a ser el que sufra la amargura de la derrota, porque tampoco está
en el escenario para eso. Su papel pues puede ser muy rutilante
mientras se juega el juego, porque en el silencio de los jugadores
el público quiere que alguien le explique por qué cada uno juega lo
que juega. Pero en la culminación del juego está demás, su papel
terminó, no recibe ni le corresponden aplausos.
Esta es la ley de la vida. Si el magistrado cree que debe imponer la
justicia, que no es otra cosa que querer imponer sus valores y
creencias, porque hay tantos conceptos de justicia como sistemas de
valores y de creencias, si el magistrado pretende eso, o pretende
crear derecho, entonces le corresponde dejar la toga y, como un día
di Pietro en Italia o Garzón en España, lanzarse de lleno a la
política en pos de una banca, para sentarse en el lugar donde se
confrontan valores y creencias y ellas se transforman en derecho, en
normas y reglas, en política. Si el analista no puede con la grisura,
no le basta con explicar cómo juegan los jugadores sin tomar partido
por ninguno, también debe colgar su toga invisible y hacerse
protagonista o al menos agonista. Entonces sí, jugar el juego donde
se gana o se pierde, como un jugador a carta cabal.
|