|
Dicen
que en casi todos los terrenos hay dos formas de hacer las cosas:
una, de manera simple; otra, a la uruguaya. Esto puede no ser cierto
para todos los temas, pero no hay duda que lo es en materia
electoral. Uruguay tiene el régimen electoral más complicado del
mundo (es decir, el sistema de empadronamiento, organización y
procesamiento de los actos electorales), tiene además el sistema
electoral más inextricable del planeta (es decir, el conjunto de
mecanismos que permiten traducir los votos en cargos públicos, en
bancas y en decisiones electorales), tiene uno de los sistemas de
partidos más complejos. Por añadidura, en la reforma de 1996 se
estableció un mecanismo eleccionario harto difícil, donde la
Presidencia de la República se define a tres vueltas, las
municipales en dos y, en los hechos, también las parlamentarias en
dos. Si faltaba poco para el atolladero, fue de las enmiendas
constitucionales más desprolijas, con el más bajo nivel técnico y
hasta con un mal uso del idioma español (que quede claro, este
analista no hace valoraciones sobre la sustancia de las reformas
sino sobre las formas).
Los tratadistas electorales se preocupan de la falta de uniformidad
que existe en el mundo sobre el concepto de voto válido, les
inquieta que la definición varíe de país a país. Para los uruguayos
eso es pecata minuta; en el propio Uruguay el concepto de voto
válido, entendido como el que produce efectos en la decisión
electoral, varía de un tipo de elección a otro, de elección a
plebiscito o a referendum, y cambia el mismo día de una elección a
otra. Como para confundir a cualquiera.
El 31 de octubre se realizan sustancialmente tres elecciones
simultáneas: de presidente y vicepresidente de la República (que es
una sola), de senadores y de diputados (hay una cuarta, de baja
importancia política: las juntas electorales departamentales). Bien,
para la elección de legisladores, de ambas cámaras, el voto válido,
el voto que efectivamente tiene valor para la adjudicación de
cargos, es el emitido mediante hojas de votación, es decir, el voto
como mínimo por un lema y como máximo por un lema, un sublema
(exclusivamente en senadores) y por una lista o nómina de
candidatos. Es lo mismo que se llama voto válido en Italia y voto
afirmativo en Argentina.
Pero el mismo 31 de octubre para la elección presidencial, para la
de presidente y vicepresidente de la República, que como se sabe se
votan en conjunto, cambia el concepto: voto válido, con efectos en
la decisión electoral, son todos, inclusive los en blanco y anulados
¿Por qué? Porque la Constitución dice: “El Presidente y el
Vicepresidente de la República serán elegidos conjunta y
directamente por el Cuerpo Electoral, por mayoría absoluta de
votantes” (artículo 151). Es decir, que el lema más votado debe
obtener un número de votos que sobrepase la mitad del total de
votantes (por las dudas, que nadie diga la mitad más uno, que es
medio disparate, porque eso es sólo si el total de votantes es par;
si el total de votantes es impar, la decisión se produce con la
mitad más medio voto). El total de votantes quiere decir de todos
los que emitieron votos mediante hojas de votación validadas, más
los que votaron en blanco más los que sufragaron de forma tal que el
contenido de su voto deviene nulo.
Esto parece una exquisitez de esa rara avis que son los
especialistas, aficionados o más bien obsesivos por lo electoral.
Pero no lo es. Es un tema de indudable importancia política. Porque
la incongruencia entre ambos criterios de efectividad del voto da
una gama de resultados interesantes:
Uno. El lema más votado no logra la mayoría absoluta de los votos
válidos para el Parlamento (es decir, no obtiene más de la mitad de
los votos emitidos mediante hojas de votación), por lo que tampoco
logra la mayoría absoluta de los votantes. De donde: no tiene
mayoría absoluta en las cámaras y también hay balotaje.
Dos. El lema más votado obtiene más de la mitad del total de
votantes, con lo que logra la Presidencia de la República (y con
ello la vice, que supone una banca más en el Senado) y además, la
mayoría absoluta en ambas cámaras.
Tres. El lema más votado obtiene más de la mitad de los votos
emitidos en favor de hojas de votación, con lo que logra la mayoría
absoluta de los votos válidos para el Parlamento y, en consecuencia,
la mayoría absoluta de las bancas legislativas (en puridad, si
apenas supera la mitad de los votos parlamentarios válidos, lo más
probable es que obtenga la mitad de los senadores electos, 15 en 30,
y la mayoría de los diputados, 50 en 99). Pero puede darse que aún
logrando la mayoría absoluta de los votos válidos no obtenga más de
la mitad del total de votantes. En ese caso hay balotaje. Puede
darse pues que el primer lema obtenga mayoría parlamentaria y sin
embargo no tenga asegurada la Presidencia de la República.
¿Cómo es posible? Un ejemplo:
Total de votantes: 2.300.000
Votos anulados y en blanco: 92.000 (4% de los votantes)
Total de votos válidos para el Parlamento: 2.208.000 (96% de los
votantes)
Lema A: 1.140.000
Lemas B, C, D y demás sumados: 1.068.000
De lo anterior surge que el Lema A tiene los siguientes porcentajes:
Para el Parlamento, sobre el total de votos válidos legislativos,
51.6% (le asegura mayoría absoluta en ambas cámaras)
Para la Presidencia, sobre el total de votantes: 49.6%, no llega a
la mayoría absoluta y hay balotaje.
En consecuencia, se puede dar esta situación: que el lema A tenga
mayoría absoluta en ambas cámaras pero pierda el balotaje (porque
votan por el otro contendor la totalidad de los votantes de los
demás lemas más los votantes en blanco y los que votaron en forma
nula). Lindo panorama político, dicho sea de paso. Pero puede darse
lo más obvio con estos datos: que el lema A obtenga en octubre la
mayoría en ambas cámaras y sin que se muevan las cifras gane en
noviembre la Presidencia, porque allí tendría 1.140.000 votos contra
1.068.000 de sus oponentes sumados, si es que todos van a favor del
segundo.
Lo que nunca puede ocurrir, y no se sabe donde salió en las últimas
semanas esta confusión, es al revés. No puede un lema ganar la
Presidencia en primera vuelta sin obtener mayoría parlamentaria.
|