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En
un viejo libro de ajedrez para principiantes, escrito hace medio
siglo, el maestro Eugenio Znosko-Borovsky decía que gana la partida
el que comete menos errores. Apunta a que el jugador más efectivo es
aquél que evita cometer errores gruesos o hace menos errores que su
adversario. Al culminar el referendum sobre Ancap, la izquierda
quedó con un escenario claro: no tenía forma alguna de perder la
Presidencia de la República, salvo por sus propios errores. Tan es
así, o era así, que el crecimiento experimentado este año por los
partidos tradicionales (o más exactamente por el Partido Nacional,
que hasta ahora es el único que creció y además de manera
significativa) no fue a costa de la izquierda sino mediante la
recuperación de un electorado propio, hasta entonces perdido en el
descreimiento. Y lo que el nacionalismo captó de la izquierda fue
ese plus circunstancial que generó el referendum, algo así como una
espuma que se desvanece.
Este Encuentro Progresista-Frente Amplio-Nueva Mayoría, ahora como
antes del referéndum, como a fines del 2002, anda en el entorno del
50%, habiéndose movido entre un piso del 47% y un techo del 53%; y
este 50% se compone de un 44% de acero y un 6% de papel, es decir,
perdible a la menor mojadura. Como quien dice, un derrame de agua se
lleva todo o parte de este porcentaje, y con él se lleva la banda
presidencial de Tabaré Vázquez, la mayoría parlamentaria, los
Ministerios tempranamente asignados o reclamados desde algunas
tiendas y los millares de cargo políticos, de confianza y ainda mais.
Quedó claro tras el referendum que para la izquierda ganar o perder
en principio depende de sí misma, de los errores que evite o que
cometa. Los demás juegan, pero su juego termina en tirar cáscaras de
banana, en poner en evidencia errores. Si el actor principal no
incurre en fallas, si no pisa cáscaras de banana, el resultado de la
contienda no cambia.
Los riesgos de cometer errores para el Frente Amplio (como llama la
gente de a pie a todo el conjunto) pueden provenir de varios lados:
Uno, del candidato presidencial. Dos, del candidato
vicepresidencial. Tres, de los líderes sectoriales, necesitados de
potenciar a sus respectivos grupos en la competencia con los otros
grupos, o de potenciarse a sí mismos en la disputa con los otros
líderes de igual nivel. Cuatro, de los actores de segundo nivel, ya
fueren parlamentarios, candidatos a tales o dirigentes
departamentales, también impelidos por la necesidad de agonismo.
Ante tal variedad de riesgos se impone un fuerte liderazgo, equipos
afiatados, mensajes prolijamente elaborados e incluso pactado y
definido el nivel de disenso entre los sectores; es obvio que entre
las fracciones no puede haber un discurso monolítico, pero sí puede
haber un esquema prefijado para combinar la marcación de perfiles
con el discurso central: necesariamente deben ser matices del
mensaje principal y no mensajes sustancialmente contradictorios.
También debe haber una evaluación central de cuáles son los terrenos
minados por los que no hay de transitar y cuáles, aún siendo
peligrosos, es necesario hacerlo aunque fuere solamente por
necesidad de coherencia ideológica y de trasparencia. La correcta
táctica electoral es lo que permite elegir por dónde caminar y por
dónde no hacerlo.
El episodio del economista Carlos Viera y los impuestos al agro, que
bien puede costarle la elección, no es el único error sino el
principal de una serie continuada que viene desde mediados de
febrero. Hay errores de nivel presidencial, sectorial y de más
abajo. Hay un catálogo de temas: Que se va a llamar a plebiscito
consultivo (no previsto en la Constitución) para consultar si se
cumple o no y cómo se cumple una ley. Que el Estado va a comprar a
las empresas que den más empleo (que son las grandes). Que va a
haber una especie de congelación de las tarifas públicas. Que va a
comprar autos oficiales solamente de marca Volkswagen.
Y desde un liderazgo sectorial muy propenso a la sobre exposición
mediática se lanza la teoría del ocultamiento. Se sostiene la tesis
(muy controversial) de que Fidel Castro ocultó deliberadamente sus
planes para obtener el apoyo de la población, y que más o menos hay
que hacer eso para no asustar a la gente. Como dijo en un programa
radial: "no hay que avivar giles". Que estos "giles" parecen ser los
moderados dispuestos a votar a la izquierda, que pueden estar
temerosos de medidas muy audaces. Y por las dudas se subraya que con
un gobierno de izquierda “la clase media se la va a tener que
aguantar”.
Con prudencia, el Frente Amplio no se ha jugado a fondo en el
controversial tema del aborto (pese a que la ley es apoyada por 7 de
cada 9 votantes de izquierda) por miedo a lo resbaloso del terreno,
pero en cambio impulsa un proyecto que establece una especie de
casamiento entre homosexuales (tema que aparece como más
controversial a nivel del electorado).
También hay errores de estrategia. Se ataca al candidato
presidencial ideológicamente más distante y con el que disputa menos
electorado, y tiene una actitud pasiva y hasta conciliadora con
quien puede tragarse todo el espacio intermedio que hay entre los
partidos tradicionales y el Frente Amplio, y hasta puede devorar
votos del propio Frente Amplio. La izquierda tiene a su favor la
poca aptitud de sus adversarios para explotar sus errores. Solamente
éste sobre el agro fue convenientemente usado por los partidos
tradicionales; algunos otros apenas fueron utilizados y otros muy
gruesos fueron ignorados. En general los ataques contra la izquierda
abundan en contenidos y formas que la mayoría de la población
rechaza, con lo que ese tipo de ataques también deviene en una buena
ayuda.
A seis meses de las elecciones nacionales el Encuentro
Progresista-Frente Amplio-Nueva Mayoría se encuentra en la necesidad
de despertar de la siesta, de ese sueño que lo llevaría al gobierno
sin sobresaltos, y comprender que una campaña electoral requiere
estrategia, planificación, equipo y, sobretodo, conducción fuerte y
centralizada. Además, que los uruguayos tienen la particularidad de
disgustarle la soberbia, y es un acto de soberbia cuando alguien da
por ganado lo que todavía no conquistó.
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