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El
río Rubicón constituía uno de los límites de la vieja República de
Roma. Su importancia radicó en que ninguna legión de regreso a la
metrópoli podía atravesar el río en armas, so pena de considerársele
en rebelión contra la República. Como pasa con toda frontera
impuesta por el hombre, primero se la ve inconmensurable. Después
que César lo cruzó en armas (y se hizo con el poder de la
República), al Rubicón se lo vio como lo que era: un hilo de agua
que en estas latitudes merecería el calificativo de arroyo, y que
hoy lleva el poco impresionante nombre de Fiumicino, diminutivo de
Fiume, río. Algo así viene pasando con las identificaciones
políticas de los uruguayos, con las pertenencias partidarias.
Uruguay es un país de pertenencias partidarias altas. Por
pertenencia se entiende cuando una persona no sólo vota un partido,
sino que se siente parte de él. Una pertenencia es en los Estados
Unidos el ser demócrata o ser republicano. En Uruguay, el ser
blanco, colorado o frenteamplista. Va más allá de la adhesión
electoral. Puede estimarse que a lo largo de las siete primeras
décadas del siglo XX las pertenencias partidarias tradicionales
abarcaron a ocho de cada diez ciudadanos; en un cálculo muy
pesimista, quizás a siete de cada diez. Ello marcó una alta
estabilidad en el voto (computando elecciones plenamente
competitivas y sin abstención de grupo político alguno), donde la
diferencia en el resultado lo determinaba el vuelco hacia uno u otro
partido, o hacia una u otra fracción, de los votantes
independientes, lo que se llamó en la época el “electorado
flotante“. Los estudios de volatilidad del voto indican que entre
1920 y 1966 ese “electorado flotante” fue como mucho apenas superior
al 10% del total; alrededor de otro 10% es el tope alcanzado por los
partidos menores y un 80% el voto consistente hacia las
colectividades tradicionales. La estabilidad en el voto tuvo como
componente esencial la reproducción familiar de las identidades
partidarias: en un hogar blanco se nacía blanco, en un hogar
colorado se nacía colorado.
La importancia de las pertenencias determinó que aún quienes
abandonaron los lemas tradicionales hacia la izquierda,
reivindicasen la continuidad de la adhesión a la divisa de origen:
Michelini, Roballo, Batalla, Rodríguez Fabregat, Washington
Fernández abandonaron el Partido Colorado pero no renegaron de su
calidad de colorados o de batllistas; lo mismo en el campo blanco
pasó con Erro o Rodríguez Camusso. Recién hacia fines del periodo
militar, o en el segundo periodo del mismo, es detectable el
nacimiento de una identidad frenteamplista. Primero fue la
conjunción de diferentes identidades políticas en un proyecto
electoral y político común, en una alianza. Luego esa alianza devino
en identidad partidaria: nació el frenteamplismo. Esa identidad es
sentida profundamente por los votantes de izquierda: el 32% se
siente frenteamplista, un 3% encuentrista, un 1% nuevoespacista y el
resto son personas sin identidad que votan al Encuentro
Progresista-Frente Amplio-Nueva Mayoría. Más aún, parece más sentida
entre la masa votante que entre buena parte de la dirigencia.
El primer cambio se operó en la reproducción general: en los hogares
blancos o colorados los hijos comenzaron a cambiar de perfil
partidario. En algún momento, hacia fines del periodo militar y
comienzos de la restauración democrática, se dio un ramalazo
inverso: jóvenes devenidos blancos o colorados en hogares de padres
frenteamplistas. Fue una inversión fugaz a la tendencia general.
Especialmente porque la izquierda creció no sólo por reproducción
generacional, sino por el cambio de adhesiones políticas de personas
de las generaciones mayores.
Si bien cabe sostener que las estructuras formales no determinan los
procesos socio-políticos, sí es sostenible que los cambios en las
estructuras pueden ayudar a empujar o contener esos procesos. El
abandono o mantenimiento de las pertenencias partidarias no es un
tema de sistema electoral. Pero un sistema puede ayudar a contener
las pertenencias o empujar a su debilitamiento. Con pertenencias muy
altas y revitalizadas, la separación de las elecciones y la
desvinculación del voto no produjo cambio alguno en las adhesiones
partidarias ni durante la Constitución de 1918 (elecciones de 1919 a
1932) ni durante la de 1942 (elecciones de 1946 y 1950). La gente
votó en lo nacional y en lo municipal más o menos a los mismos
partidos y fracciones.
Otra cosa ha sido la reforma de 1996. Da la impresión que se rompió
un dique. Los impulsores de la reforma no evaluaron la fragilidad de
las pertenencias tradicionales a ese momento y la importancia del
sistema para conservarlas. Dos hechos llevaron a los uruguayos de
origen tradicional a ver al Rubicón como lo que era, como un simple
hilo d e agua que se cruza con toda facilidad, con más facilidad que
el Santa Lucía. El primer hecho fue el balotaje. En este país hubo
coaliciones, coparticipaciones, coincidencias y gobernabilidades de
todo tipo entre todas las grandes colectividades: ministros o
jerarcas blancos en gobiernos colorados o administraciones
frenteamplistas, ministros o jerarcas coloradas en gobiernos o
administraciones blancas, jerarcas frenteamplistas en gobiernos
colorados o administraciones blancas. Lo que nunca hubo fue que
ciudadanos pertenecientes a un partido se sintiesen obligados a
votar a otro partido. Y eso ocurrió con el balotaje: se llegó al
máximo reduccionismo posible en una elección competitiva, a la
competencia de solo dos de todos los partidos. Y pasó lo que pasó:
que por primera vez ciudadanos blancos se viesen obligados a
trasponer la frontera y votar a otro partido, casi todos al viejo
enemigo, los de la divisa unitaria.
Después vino la combinación de elecciones municipales separadas con
doble voto simultáneo. Sus productos fueron desde esa especie de
balotaje adelantado como en Canelones, a la competencia exclusiva al
interior de un solo partido, como en San José, Flores, Tacuarembó y
Cerro Largo. Y así se vieron colorados en campaña electoral por
candidatos blancos.
Una reforma de las estructuras del sistema no produce efectos
sociológicos de por sí. Pero es probable que un proceso invisible de
deterioro de las pertenencias tradicionales haya sido acelerado por
el derrumbe de las barreras sistémicas, que la reforma haya sido un
formidable empujón al debilitamiento de las identidades
tradicionales.
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