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Uruguay
tiene un sistema político que se ha definido como partidocéntrico,
en tanto los partidos políticos cumplen un rol central en el manejo
del Estado y el Estado tiene en el país un rol extraordinariamente
fuerte. Pero además la centralidad de los partidos ha ido de la mano
de su papel de articuladores de la sociedad, sin que hayan podido
ser desplazados ni por las organizaciones gremiales (el grupo de
presión más fuerte en cuanto a organización de masas) ni por lo que
se le denomina “la sociedad civil”, que es un conjunto de
organizaciones no gubernamentales de desigual peso, influencia y
convocatoria. Estos partidos políticos han contado en la mayor parte
del tiempo con dirigencias de fuerte confiabilidad pública y un
manejo altamente profesional y sofisticado de la política y del
gobierno, así como han debido moverse en un sistema político
(electoral, de partidos, de gobierno) altamente complejo, sin duda
el más complejo del planeta. Y también han contado con una adhesión
de la ciudadanía de alta pertenencia.
Las pertenencias posiblemente han bajado algo, aunque algunos creen
que han bajado mucho. Es que se confunde la excepcional caída de las
pertenencias tradicionales con la caída de las pertenencias en
general. Ocurre que se ha producido un fenómeno significativo de
sustitución de pertenencias. Probablemente en los años cincuenta
ocho de cada diez uruguayos manifestaba pertenencias a una de las
dos colectividades tradicionales y esto se elevaba a nueve de cada
diez al incluir las pertenencias cívica (de la Unión Cívica),
comunista y socialista. Hoy la pertenencia a ambos partidos
tradicionales sumados apenas alcanza al tercio de la población, pero
más de otro tercio se define como frenteamplista. Ergo: más de dos
de cada tres uruguayos se siente de un partido. La pertenencia
implica no la adhesión puntual en un acto electoral, ni siquiera la
mera simpatía, sino el sentirse “ser” blanco, colorado,
frenteamplista.
Un año atrás la relación de la sociedad con el sistema de partidos
diseñaba este mapa (en trazos gruesos): más o menos la mitad
orientado hacia la izquierda, alrededor de un 15% para cada partido
tradicional, un 10% de indefinidos y otro 10% de refractarios, los
que dicen “no voto a ninguno”. También se notaba un fuerte
agotamiento del poder de convocatoria de los liderazgos
tradicionales, los que dominaron los partidos tradicionales en la
última década y media. Hoy el panorama es otro: la izquierda sigue
más o menos en lo mismo, los indefinidos han bajado algo y los
refractarios volvieron al muy bajo nivel tradicional de algún que
otro punto porcentual. El mayor cambio se operó desde diciembre en
los partidos tradicionales. El coloradismo no ha salido del
empantanamiento y los blancos han despegado hasta tocar el nivel de
las elecciones de 1994.
¿Qué ha provocado este fenómeno o estos dos fenómenos opuestos, la
vitalización y el estancamiento? Sin duda las formas y sustancias en
que uno u otro partido operó en relación a su situación. El Partido
Colorado apostó a un juego muy complejo, que se puede caracterizar
en: a) no apostó a la continuidad de sus liderazgos; b) tampoco
apostó al retiro de sus líderes, dado que al menos Sanguinetti sigue
en carrera hacia el liderazgo del Partido Colorado; c) Batlle
impulsa y fuerza una candidatura única; d) Batlle da un paso al
costado en materia de candidatura propia y el nuevo referente de La
15, Atchugarry, por dos veces rehuye el desafío de un liderazgo
efectivo (no asume el riesgo de las candidaturas mayores: la
presidencia, la vicepresidencia); e) el referente electoral del
Partido surge de un acuerdo de cúpula entre los dos máximos líderes
y apunta a una renovación de figuras pero no generacional. El
producto ha sido hasta ahora el estancamiento.
En el Partido Nacional, Lacalle y el herrerismo se aprestaron a
revalidar en las urnas el liderazgo partidario, mediante la
consolidación de la estructura sectorial, el limado de diferencias
internas, el trazado de reglas para la definición de candidaturas
parlamentarias y una fuerte campaña proselitista. El desafío central
a Lacalle fue protagonizado por Larrañaga, quien debió recorrer un
largo camino para trasformarse en el challenger único: convencer a
todos que todos los caminos conducían a la dualidad Lacalle-Larrañaga,
demostrar que "Larrañaga no se cae" (como todos sus actuales socios
y buena parte de los extraños pronosticaron hasta mediados del año
pasado), apostar al todo o nada sin negociar con ningún otro sector
(hasta que lo único que hubo que negociar fue cómo se incorporaban a
su candidatura) y convencer a dirigentes medios de todo el país que
sumarse a Larrañaga era sumarse al vencedor. Creó una corriente que
creyó en sí misma y levantó una ola de esperanza en la sobrevivencia
partidaria, hasta el punto de soñar con la toma del gobierno, con
ser quienes pueden derrotar a Vázquez. Por otro lado ambas partes
del nacionalismo aprendieron de los errores de 1999 y han hecho
hasta ahora una campaña esencialmente prolija, con pocos y suaves
desafines, por la positiva. Al punto que desde diciembre a la fecha
ni Lacalle ni Larrañaga han perdido un solo voto, sino que toda la
carrera ha sido un constante crecimiento de ambos, donde la ventaja
de uno sobre el otro es el producto de una mayor velocidad e
intensidad en la captación de votos de afuera. Ahora hay dos
resultados posibles, que son la continuidad de Lacalle o su
sustitución por Larrañaga. Y en ambos casos el partido sale
fortalecido, porque si Lacalle llegara a ganar, mantendría el
liderazgo por decisión de los votantes; y si pierde, será porque
apareció otro líder con mayor fuerza de convocatoria, como un día,
hace más de 30 años, Wilson Ferreira sustituyó a Etchegoyen.
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