|
Un
amigo entrañable había construido una casa en la clásica forma de
hacerlo en las playas de la costa de Canelones, donde lo más común
es hacer un ambiente más o menos grande, con un rincón para cocinar
y un baño; más tarde se hace una pieza, después otra, más tarde una
tercera y otro baño. Y las casas la mar de las veces quedan como
deben quedar cuando son producto de la improvisación: para pasar de
la sala al baño se atraviesa un dormitorio, y el siguiente queda
haciendo una curva, y otra curva más para llegar al tercer
dormitorio. Don Carlos Quijano decía que la casa de ese amigo la
había diseñado Le Curvosier, fina ironía como contraposición a la
planificación y detallismo del célebre urbanista Le Corbusier.
Este ignoto Le Curvosier dejó su impronta en la reforma
constitucional de 1966, elaborada siguiendo los más estrictos
criterios de las casas hechas por etapas, al compás de los ahorros,
en las playas chicas de la costa canaria. Primero se levantó la
pieza principal, con el nombre de balotaje. Luego se agregaron en
desorden distintas piezas: una candidatura única, luego unas
elecciones no muy pensadas ni definidas para elegir la candidatura
única, más tarde se añadieron otras elecciones para elegir las
autoridades municipales pero con más de una candidatura, más
exactamente con un régimen de doble candidatura, que en Maldonado y
Cerro Largo en un pase mágico entre pañuelos y palomas, de la galera
salió una interpretación de la Corte Electoral por la cual doble
candidatura significa que en determinadas circunstancias pueden ser
tres. De paso se introdujo un galimatías en el artículo 88 de la
Constitución, que nadie sabe en que idioma está redactado y qué
quiere decir, y que la Corte Electoral interpretó que lo que quiere
decir es lo que dicen que quisieron decir (y no dijeron) los que
parece ser que escribieron el artículo, ya que hay testimonios
orales de los protagonistas, pero la responsabilidad no está
asentada en ningún acta. Como pasa con las obras de Le Curvosier, el
plano final de la casa, la planta de la vivienda, solo puede saberse
cuál es cuando se levantó el último ladrillo, bloque o pedazo de
adobe. Hasta ese momento, nadie tiene idea cuál será el producto de
la obra. La reforma de 1996 tuvo como detalle central el que nadie
en ningún momento se sentó a ver cómo quedaba lo que se estaba
haciendo, cuál era su producto. Ni hablar que nadie se puso a
intentar medir los efectos de tamaña hechura. Y así hay lo que hay.
Entre otras cosas, ahora, dos muy significativas: una elecciones
generales de todo el Cuerpo Electoral para elegir como cosa
realmente significativa solo la candidatura presidencial única del
Partido Nacional, como segundo elemento central las candidaturas a
intendente fundamentalmente del Partido Nacional y subsidiariamente
(en algunos departamentos, en los menos) del Encuentro
Progresista-Frente Amplio y del Partido Colorado. Como elemento
secundario, una forma de contabilización del peso de los aparatos y
votos cautivos para determinar el ranking en las listas
parlamentarias de la 15 y el Foro, y en algo más que solamente
aparato y votos cautivos, para determinar el ranking de algunas
listas (no de todas) en el Herrerismo y Alianza Nacional. Pero la
otra cosa significativa, además de la naturaleza y alcance de las
elecciones, es el tema de la frecuencia y oportunidad de las mismas.
En la Constitución de 1918 el país tuvo una frecuencia de tres
elecciones cada cuatro años, es decir, había elecciones todos los
años, pero algo así como un bisiesto al revés, el cuarto año era
sabático, no se trabajaba, es decir, no había elecciones. Todas se
hacían en el último domingo de noviembre. Ahora se implantó algo más
intenso, cuatro elecciones cada cinco años, pero con una
peculiaridad, no hay elecciones durante tres años consecutivos, y la
hay en los otros dos años, también sucesivos. Las cuatro elecciones
fueron pensadas para hacerse todas en un término de casi trece
meses, contados de la primera a la última, sin tomar en cuenta el
tiempo de la campaña electoral, lo que lleva como mínimo a un año y
medio de tiempo electoral.
Otro dato a tener en cuenta es el proceso de unificación y
ampliación de los términos de gobierno. En 1934 se unifican todos
los términos de gobierno, del Poder Ejecutivo y de ambas cámaras, en
cuatro años. En 1966 este tiempo se alarga un año, por considerarse
que los cuatro eran insuficientes, y los términos del gobierno y las
legislaturas pasó a cinco años. En 1996 de hecho se redujo el tiempo
útil de gobierno, al dividirlo en algo así como tres años y medio de
gobierno efectivo, y un año y medio de campaña electoral de
continuo. La crisis contemporánea con este gobierno, más la
experiencia de 1999-2000 (estreno del nuevo sistema), llevó a
pretender un achicamiento del tiempo electoral, mediante el
corrimiento de la primera de las cuatro elecciones (las mal llamadas
“Elecciones Internas”) del último domingo de abril al último domingo
de junio. Al parecer, se agregaban tres meses como mínimo al tiempo
útil de gobierno.
Lo que ocurrió es muy diferente. En 1999 el grueso de la campaña
electoral transcurría entre el fin del año anterior, como quien dice
sobre las fiestas, y el verdadero comienzo del año laboral, o sea
pocos días después de pasada la muy sacra Semana de Turismo, que
para unos es Santa y para otros aunque no sea Santa es de sagrado
descanso. Como quien dice, el tiempo útil de gobierno efectivo
(¡cuánto hay que calificar y precisar los diferentes tiempo
políticos!) apenas se contaminó. Y en 1999 los meses de mayo, junio,
julio y hasta algo de agosto permitieron un cierto funcionamiento
del gobierno y el Parlamento. Resulta que ahora toda la campaña
electoral cae justamente cuando se hubiera dado el comienzo del
verdadero año laboral; la campaña absorbe todo abril, mayo y junio.
A lo sumo queda el mes de julio y algo de agosto para que se vuelva
al pleno funcionamiento del gobierno y las Cámaras. Lo que la
población ve es a todos los legisladores recorriendo el país a lo
largo y a lo ancho, a a lo largo y ancho a los departamentos, o a
los barrios, y ve a algunos ministros y a unos cuantos directores de
entes autónomos que o recorren el país o se encierran en comandos de
campaña o en agencias de publicidad. Obviamente ve a los ministros y
directores de entes autónomos supérstites, porque entre la pasada
primavera y el fin del verano se fueron los ministros de las
carteras de mayor gravitación institucional y una cantidad nada
despreciable de presidentes y directores de entes autónomos y
servicios descentralizados. El equipo actual de gobierno y
administración es mitad titular y mitad suplente. Así es el plano
completo de la casa levantada con los criterios de Le Curvosier.
|