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Uruguay
cuenta con uno de los regímenes electorales más confiables del
mundo, que funcionó con eficacia y sin cuestionamientos inclusive en
tres actos electorales bajo un régimen militar. El que una sociedad
confíe en el voto como el mecanismo para dirimir el disenso
constituye un largo proceso en que confluyen múltiples factores. Uno
es sin duda la convicción de que las reglas de juego políticas son
justas, que la mayoría tiene determinado poder de decisión, que las
minorías tienen un conjunto de derechos, que las decisiones de la
mayoría se acata mientras se tomen dentro del juego limpio. Otro
sustancial es que los procedimientos de toma de decisiones sean
trasparentes, sin trampas ni fraudes. Llegar a esto último supone
lograr un elemento subjetivo de confianza, respaldado en un elemento
objetivo: que los procedimientos efectivamente aseguren esa
cristalinidad. El régimen electoral uruguayo, en cuanto a
organización, procedimientos y contralores, es asaz pesado,
burocrático y engorroso. Pero allí reside buena parte de su
confiabilidad. Puede sin duda agilizarse y modernizarse, y en aras
de la defensa de las garantías la Corte Electoral exhibe una actitud
demasiado inmovilista. Lo que aparece justificado, psicológicamente
justificado, cuando aparecen propuestas modernizadoras que no toman
en cuenta la necesidad de las garantías. Pocas elecciones uruguayas
han resultado polémicas, y la más polémica de todos, la de 1971,
exige un análisis sereno sin connotaciones políticas, que por ahora
no está dado el clima.
Entre las garantías necesarias está un Registro Cívico Nacional
elaborado con requisitos minuciosos y una Sección Habilitado para
Votar de la cual no se entra y se sale por mero trámite
administrativo, sino por decisión fundada de la Justicia Electoral.
Las Mesas Receptoras se integran con al menos dos funcionarios
públicos más un escribano como. El votante solo puede votar
personalmente, introduciendo en un cuarto secreto su opción de voto;
no hay posibilidad alguna que el voto lo lleve ensobrado desde su
casa (en el sobre de votación), porque para evitar eso está la
tirilla. Pero además hay una garantía suprema: en el régimen
uruguayo los votos no permanecen sin ser escrutados un solo minuto
después de cerrada la votación. Las urnas no se guardan por la noche
para ser abiertas al día siguiente, como sí ocurre en otros países.
Y otra garantía suprema la da el que apenas cerrada la votación, se
abra la urna, se cuenten lo sobres y la tirillas, se confronte con
el total que emerge de la lista ordinal de votantes, se entreveren
los sobres, se abra uno por uno, se inscriba el contenido de cada
uno en una planilla, se clasifiquen las hojas y finalmente se
elabore la cuarta acta, se firme por los miembros de Mesa y los
delegados partidarios, se guarde un ejemplar dentro de la urna y se
entregue a las autoridades electorales otra, y que cada delegado
pueda contar con una copia de la misma debidamente firmada por
todos. Muchos no conocen que elaborada y firmada la cuarta acta
puede desaparecer la urna sin que se produzca ninguna catástrofe: la
urna pasa a ser secundaria ante el valor documental de la cuarta
acta. Pero otra garantía fundamental es que cualquier delegado (y
delegado puede acreditar cualquier centro político, dicho
vulgarmente, cualquier "lista") tiene el poder de observar todo voto
cuya identidad le parezca dudosa, siendo imperioso que dicha
observación se efectúe; no es opinable. Y allí se estampa la
impresión digital del observado, en un papel firmado por presidente
y secretario de la mesa.
¿Es posible introducir el voto en el exterior o desde el exterior
con el mantenimiento de todas y cada una de las garantías que ha
dado confiabilidad al sistema? El voto de los residentes en el
exterior presenta tres ángulos. Uno es el de la discusión de
conveniencias, que estuvo presente a lo largo de todo el debate en
el Senado; con una gran curiosidad: no hay un solo estudio objetivo
que avale la presunción que el voto de los residentes en el exterior
favorece a la izquierda (como creen todos). En segundo término la
discusión de fondo, de derechos, sobre si los residentes en el
exterior tienen o no derecho a participar en los asuntos del país
del que son ciudadanos pero en donde no viven. Esta es una discusión
muy compleja y profunda, que en el país no solo no se dio sino que
en el Senado apareció tangencialmente. Italia hace una década y
media que vive esta discusión; a la inversa de lo que pasa en
Uruguay, y sin duda al compás de las creencias sobre las
conveniencias propias y ajenas, el centro-izquierda petardea el voto
de los italianos en el exterior mientras que el centro-derecha hace
exactamente lo contrario. Acá se invierten los amores y desamores. Y
una tercera discusión es el de las garantías electorales. Los dos
primeros temas no son para analistas, sino para políticos; el tema
se juega en el terreno del juego político y en el campo de las ideas
y principios. El tercer tema es técnico y se juega en el terreno
técnico.
Y al respecto cabe afirmar: ninguna de las garantías del régimen
electoral son posibles cumplirlas en el voto por correo. Se rompe el
criterio de que el voto se deposita en una urna y ésta se abre
apenas cerrada la votación, urna y sobres todo el tiempo vigilado
por la mesa y los delegados partidarios. O para no romperlo, detrás
de cada conjunto de votos se debe fletar en DHL o en Federal Express
una excursión de los tres miembros de la mesa y una pléyade de
delegados. Se puede decir que en el voto por correo no hay una sola
garantía electoral que permanezca en pie. Introducir el voto por
correo es derogar todo el sistema de garantías que rige desde hace
ocho décadas. El voto consular o en mesas de votación en el exterior
podría instrumentarse, pero requiere análisis muy minuciosos antes
de elaborar una ley. Exige en particular un exhaustivo estudio de
costos y logística, pues debe cubrirse aproximadamente entre 900 y
1000 mesas receptoras, lo cual supone de 2700 a 3000 entre
funcionarios públicos y escribanos, que deben instalarse y funcionar
en aproximadamente en 70 países; y naturalmente debe facilitarse a
los partidos políticos la logística o los recursos necesarios para
poder acreditar otras 2700 ó 3000 personas a título de delegado. Se
requiere pues de una formidable inversión y una no menor
planificación logística.
La reforma de 1996 fue técnicamente desprolija y sustantivamente
imprevisora, con efectos no soñados por sus impulsores. La propuesta
de voto en el exterior, tal como fue formulada, es mucho más
desprolija y con un efecto seguro: hacer saltar por los aires toda
la confiabilidad del régimen electoral.
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