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Una
de las innovaciones que trajo la reforma constitucional de 1996 fue
la instauración de este originalísimo sistema electoral de corte
olímpico, o de elección por eliminatorias. De diferente tipo: tres
vueltas para la Presidencia de la República (cuartos de final,
semifinal y final), dos etapas más o menos completas para el
Parlamento (un ranking clasificatorio en los partidos tradicionales
y una etapa definitoria para todos los partidos en octubre), dos
etapas para los gobiernos departamentales (clasificación preliminar
este año, final entre finalistas plurales y en tandem el año que
viene). Como se ve, la originalidad de los uruguayos va más allá de
la adopción del múltiple voto simultáneo, el sistema de lemas y
hasta el haber tenido dos Poderes Ejecutivos en forma simultánea,
algo así como la diarquía consular de la vieja Roma. Hay países con
presidente de la República (como Uruguay hoy), hay uno con un
ejecutivo colegiado como Suiza y hubo uno con Presidente de la
República y además con colegiado, como el Uruguay de 1919 a 1933.
Esta segunda etapa presidencial y parlamentaria llega de la mano de
un resultado y un conjunto de encuestas. Lo uno y lo otro difiere.
El resultado da un casi empate entre el Frente Amplio y el Partido
Nacional (algo así como 42 a 40) y las encuestas dan un 5 a 3 (49 el
FA, 30 los blancos). Lo que no hay discrepancias es en el nivel del
Partido Colorado de entre un 13% y un 15%. Ocurre que no hay cosa
más confusa que los porcentajes, que pueden decir mucha cosa o no
decir nada. Es que los porcentajes del resultado de la elección son
con el universo del total de votantes del domingo 27, es decir, de
alrededor de un millón 150 mil personas. Los porcentajes de las
encuestas son sobre el electorado real total, es decir, sobre el
total de habilitados para votar residentes en el país, que son
alrededor de dos millones 300 mil personas, el doble de los que
votaron el 27 de junio. Comparar pues unos porcentajes con otros,
sin ninguna otra explicación, es cómo saber si es más caro un auto
de 10.000 u otro de 300.000, sin aclarar antes que los 10.000 son
dólares y los 300.000 son pesos. Falta pues el arbitraje entre dos
monedas. O en el caso electoral el arbitraje entre dos porcentajes,
que pueden ser los votos.
Y de ahí resulta que en votos las encuestas dan más o menos un
millón 100 mil votos (ó 130 mil) al Encuentro Progresista-Frente
Amplio y casi 700 mil al Partido Nacional. El domingo votaron unas
450 mil personas al EP-FA y unos 430 mil al Partido Nacional. Muy
lejos lo uno y lo otro de las encuestas, porque la mitad de los
uruguayos que viven en Uruguay se quedaron en sus casas. De aquí
vienen varias falacias, que se usan no porque los dirigentes
políticos no sepan de matemáticas, sino porque saben bien de
marketing: El piso del EP-FA no puede ser la votación del domingo,
como dijo Vázquez, porque el piso del EP-FA está muy por encima, uno
diría que en más del doble de esos 450 mil. El Partido Colorado no
tiene por qué preocuparse tanto de los colorados que hayan votado al
Partido Nacional, que no se sabe si los hay, porque a los blancos
los votaron 270 mil personas menos de las que los votarían con voto
obligatorio. Y al propio coloradismo lo votó la mitad. Entonces, lo
importante no es tanto preocuparse por lo que hay que capturarle al
otro dentro de los votantes del domingo, sino en la captación del
millón 150 mil que se quedó en sus casas. Tampoco es claro cuál es
la diferencia real entre los dos principales partidos, si los 450
mil votos que dan las encuestas o los esmirriados 20 mil de los
votos, voluntarios. Pero lo que el domingo cambió del panorama
nacional es que desapareció la inexorabilidad del triunfo de la
izquierda: el balotaje hoy es una posibilidad real (no la única),
mientas que en diciembre era una probabilidad en 20 ó en 100.
Así las cosas, esta semifinal (que puede llegar a ser la final)
comienza con una fuerte polarización entre la izquierda y el Partido
Nacional, que amenaza con asfixiar al Partido Colorado. Hay dos
estrategias posibles. Una es que la confrontación se haga mediante
la contraposición de modelos, es decir, para usar una jerga que a
los españoles les es funcional, entre derechas e izquierdas, o para
usar la terminología italiana, más matizada y filigranática, entre
el centro izquierda y el centro derecha. La otra es mediante la
disputa por el centro. Dominar el centro quiere decirlo ocuparlo, y
como se aprende en física, dos cuerpos no pueden ocupar el mismo
lugar en el espacio. De donde, la única forma de ocupar el centro es
expulsar al contrario. Y para ello hay que empujarlo hacia un
extremo.
En eso están ambos. El EP-FA y Vázquez apuntan a derechizar a
Larrañaga. Para lo cual buscan demostrar que en el fondo Larrañaga
es la continuación de los cuatro gobiernos habidos hasta ahora, de
blancos y colorados con apoyo recíproco, y en particular que detrás
del sanducero están Lacalle, Batlle y Sanguinetti. Y además hacer
hincapié en que el candidato a vicepresidente fue ministro de
Batlle. El Partido Nacional y Larrañaga apuntan a radicalizar hacia
la izquierda a Vázquez. Para lo cual buscan que la gente mire detrás
de Vázquez y vea a Mujica, a los tupamaros, a los marxistas y a
gente de tinte radical.
Pero no todo empieza y termina en la disputa por el centro político,
sino que también el juego pasa por la creación de certezas hacia sí
y de incertidumbres hacia su adversario. Cada quien buscará
demostrar que el otro es inconsecuente, carente de propuestas y poco
confiable.
El juego también puede darse de manera asimétrica. Mientras uno
trata de ocupar el centro y expulsar de allí al otro, el otro se
aferra al centro y en lugar de tratar de expulsar al uno, busca
disminuirlo. Por allí aparecen algunos juegos cruzados entre los dos
ex intendentes. Vázquez pretende envolver a su adversario en la
imagen del continuismo gubernamental, mientras que Larrañaga
pretende disminuir la credibilidad y confianza en su oponente. Más o
menos por aquí va a andar la puja en los comienzos de la etapa.
Luego, en función de éxitos y fracasos, se verá. |