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La ilusión
óptica es un concepto, imagen o representación sin verdadera
realidad, causados por engaño del sentido de la vista; o en sentido
figurado, causados por engaño de algunos de los sentidos. Los
resultados de las elecciones habidas el 27 de junio han generado
diversas ilusiones ópticas. La primera de ellas tiene que ver con el
resultado global. De allí surge la idea que el Encuentro
Progresista-Frente Amplio captó el 43% de todo el electorado, el
Partido Nacional el 41% del mismo y el Partido Colorado el 15%, y
que la diferencia entre el EP-FA y el Partido Nacional fue (ahora sí
computando los decimales) algo inferior a un punto y medio
porcentual. Esto llevó a varios espejismos. Uno de ellos expresado
en tres frases similares, pronunciadas por sendos líderes: esta
votación es el piso del EP-FA; el 27 de junio marcó el piso del
Partido Nacional; este resultado es el piso del Partido Colorado.
Vale la pena corregir la desviación de la córnea, e ir a la medición
de la realidad. El electorado real, el que reside en el país más los
pocos que viajan hacia éste, es decir, el conjunto de personas que
votará el 31 de octubre, es de alrededor de 2.300.000. Ese es el
universo. El EP-FA obtuvo para cargos nacionales 455.848 votos, lo
que representa el 19.8% de ese universo. El Partido Nacional logró
441.870 votos, que significan el 19.2%. El Partido Colorado logró
159.726 votos, que representan el 6.9%. Y hubo 77.162, es decir, un
3.4%, entre votos a otros partidos, en blanco, votos nulos (sobres
con hojas completamente anuladas), votos observados anulados y votos
exclusivamente a hojas departamentales. Quedó en sus casas un 50.7%
del electorado que sí concurrirá a las urnas en octubre. Entonces,
los resultados obtenidos por los tres principales partidos no es el
piso de cada uno, es el sótano de cada partido. Tampoco la izquierda
y los blancos están 43 a 41 (porcentajes sobre el total de votos por
algún partido), ni tampoco 40 a 39 (porcentaje sobre el total de
votantes el 27 de junio), sino que por los votos demostrados ese día
se sitúan en un 20 a 19, más las adhesiones de los que quedaron en
sus casas. Y estas adhesiones no las miden las urnas sino las
encuestas (hasta que llegue el momento de las urnas ese 31 de
octubre). Y las encuestas, todas las encuestas confiables, sean dos,
tres o cuatro consultoras, las que a cada quien le guste elegir, dan
aproximadamente una relación por cada 10 votantes, de 5 votos para
el EP-FA, 3 para el Partido Nacional, 1 y medio para el Partido
Colorado, y el resto en el rubro de los indefinidos. Ese era el
escenario al 27 de junio, y ahora se verá cuál es. El resultado del
27 de junio no era una sorpresa. El 20 de junio el informe Factum en
El Observador decía: “Ello hace que a la izquierda le resulte
bastante difícil el validar el primer lugar con una ventaja de 5 a 3
sobre los blancos. Lo más probable es que gane por una diferencia
menor y existe, aunque con menos probabilidades, la posibilidad de
que pierda el primer lugar”. Y en Montecarlo TV se dijo: “Los
resultados del domingo van a ser diferentes (a la encuesta), porque
el voto es voluntario y es muy distinta la motivación de los
distintos partidos (y esto se traduce) en que esta proporción de 5 a
3 entre la izquierda y los blancos puede ser mucho menor, bastante
menor. Y que la diferencia de 2 a 1 de blancos sobre colorados puede
ser mayor”.
A veces cuesta entender el papel de las encuestas. Lo que hacen es
ir reflejando los movimientos de la sociedad. Las urnas lo que hacen
es cristalizar esos movimientos. Por eso no hay sorpresas con las
urnas. No porque nada haya pasado, sino porque el 27 de junio se
cristalizaron los cambios operados a lo largo del primer semestre de
2004, fundamentalmente el formidable ascenso del Partido Nacional
(que duplicó su caudal electoral en menos de un año) y en particular
el crecimiento de Larrañaga, que por sí solo, como líder de
fracción, pasó a ser una figura con mucho más fuerza que todo el
Partido Colorado y que cualquiera de los otros sectores políticos de
cualquiera de los partidos. Sin duda Jorge Larrañaga es el gran
ganador de los últimos cuatro años, que pasó de ser un aspirante a
la posibilidad de ser pre-candidato presidencial, porque de eso se
trataba, a ser el candidato presidencial del segundo partido del
país, con empuje para intentar forzar un balotaje.
Pero la otra ilusión óptica del 27 de junio es la derrota de Lacalle.
Naturalmente que perdió la candidatura nacionalista y sin apelación,
fue derrotado por la friolera de 2 a 1. Esta es una lectura del
resultado. La otra lectura, que no se hace ni aún dentro del
herrerismo, es que fuera de Vázquez y Larrañaga, es decir después de
los dos líderes que en realidad van a disputar la Presidencia de la
República, aparecen en pie de igualdad otras tres figuras. Tanto se
tomen las últimas encuestas de fines de junio, como la votación de
las llamadas elecciones internas, en ambos casos aparecen en rangos
similares el fenómeno comunicacional José Mujica, el aglutinador de
casi todo el coloradismo Guillermo Stirling y el cuestionado Luis
Alberto Lacalle. En orden de adhesión en las encuestas y de votos el
27 de junio, el orden es Mujica-Lacalle-Stirling, casi parejos. En
otras palabras, Lacalle votó y tiene mejor intención de voto que
Sanguinetti y Batlle juntos, y además mejor que Astori, Nin Novoa,
Arana, Michelini y los socialistas, cada uno por separado. Si esto
hace que sea buen o mal candidato para el Senado es otro cantar, y
si al herrerismo le sirve ir con él como líder, como miembro del
pelotón o como pope en retiro es una evaluación donde se conjugan
los cálculos electorales con los proyectos políticos.
Un tercer tema no es tan solo de deformación óptica sino también de
interpretación de datos. Ya le ha ocurrido al Frente Amplio en otras
oportunidades, producto de que el candidato presidencial no aparece
a su vez como jefe inequívoco de una fracción, no hay una lista
encabezada pura y exclusivamente con su nombre. Entonces surge la
duda cuántos votos de un sector son del propio grupo y cuántos
aportados por la figura del líder. En 1984 se discutía cuántos votos
de la 99 eran de Batalla y cuántos de Seregni. Ahora, en ese tercio
de votos frenteamplistas volcados a la 609: ¿son todos, casi todos o
la mayoría de Mujica? ¿o unos cuantos o la mayor parte son de Tabaré
Vázquez?
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