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Es
muy difícil escribir a pocas horas de la muerte de alguien que ha
sido muy importante en la vida de uno mismo, y más aún hacerlo en
este momento con pretensión analítica. Vayan pues algunas
reflexiones, con variada mezcla de subjetividad y objetividad.
Quizás su obra maestra es el papel jugado en la transición del
autoritarismo a la democracia. Papel decisivo. El pasaje del régimen
de facto a la democracia no se hubiese dado en el tiempo y en la
forma en que se dio sin el fuerte liderazgo de Seregni sobre la
izquierda. Ese acto requirió dos grandes condiciones. La primera de
todo la visión estratégica, que lo llevó a buscar el objetivo sin
perderse en las trampas y vericuetos de la táctica, de lo
momentáneo, de lo anecdótico. La segunda condición, el coraje. Solo
con un enorme coraje pudo llevar a la izquierda hacia donde
espontáneamente los frenteamplistas no querían ir, más aún, les
parecía horrible ir: a sentarse a la misma mesa con los militares
del gobierno de facto, para mediante el diálogo acordar el tránsito
hacia la democracia. Quien esto escribe es testigo del esfuerzo, la
tensión y los sacrificios que le supusieron poder concretar este
objetivo, cuyos primeros pasos tuvo que darlos casi en solitario.
Quizás pudo haber habido otras transiciones, pero seguramente más
tarde y con mucho más dolor de por medio.
Hay una segunda gran obra de su vida pública que es la búsqueda de
los consensos nacionales. En su primera etapa no fue comprendido,
cuando al despuntar los años ochenta hizo el llamado a la
Concertación. Unos no la entendieron; otros la entendieron y les
pareció inoportuna o inconveniente. Al final de su vida, en el plano
académico, desde el Centro de Estudios Estratégicos 1815, pudo
retomar esa búsqueda de los puntos de encuentro entre los distintos
partidos políticos y sectores sociales, en pos de armar un acuerdo
básico de país. Su modelo no difiere en mucho del famoso pacto sueco
de 1937, entre gobierno, burguesía industrial y sindicatos, que
significó las bases para el formidable e ininterrumpido desarrollo
del país nórdico a lo largo de medio siglo. Modelo que tiene un
hermano menor en el Pacto de la Moncloa auspiciado en parecido
formato y con similares objetivos por Felipe González en los inicios
de su primer gobierno.
Otro producto de su vida pública, sin duda controversial, querido
por medio país, no querido por otro tanto, fue la construcción del
Frente Amplio. Pero quizás más importante que su propia fundación
fue su sobrevivencia. Porque requirió de toda la capacidad y firmeza
de Seregni, de toda su decisión y empeño, hacer sobrevivir algo que
estuvo largos años bombardeado desde afuera y desde adentro. Y dejó
ese instrumento que bajo otro liderazgo se encuentra en las puertas
del gobierno, en la pelea por traspasar esas puertas. Desde su
salida de la conducción política (5 de febrero de 1996) fue por
varios años un fuerte cuestionador de estilos y conductas, lo que le
valió un importante divorcio con buena parte de la masa de
izquierda, particularmente con los que no fueron frenteamplistas de
la primera hora. Al cerrar su pasaje por la vida pública él se
reencuentra con el Frente Amplio y con la masa frenteamplista, y el
Frente Amplio y los frenteamplistas se reencuentran con Seregni.
Este aporte al Uruguay, a un país con partidos modernos, es el
equivalente hacia la izquierda de lo que hicieron para lo colorado o
para lo blanco hombres como Batlle y como Herrera.
Hombre de diálogo, cultivó en estos veinte años una intensa relación
con todos los últimos presidentes de la República y candidatos
presidenciales. Y se transformó en un hombre que, sin abdicar de su
pertenencia partidaria, se manejó con independencia de criterio y se
situó por encima de las divisiones partidarias.
Fue un permanente cultor de la tolerancia en general, pero en
particular del reencuentro entre todos los orientales. Desde el
mismo momento en que sale de diez largos años de cárcel, su palabra
es de templanza, su mensaje es mirar hacia la construcción del
futuro, su accionar es la búsqueda del entendimiento entre todos los
uruguayos desencontrados en los años del dolor. Esa línea, no
siempre entendida en la propia izquierda, lo llevó a luchar contra
los intentos de buscar y rebuscar en el pasado, a bregar por la
clausura - una vez por todas - de las heridas abiertas. En esas
sugerentes coincidencias de la vida y de la historia, muere en el
mismo momento en que se desata una controversia en el seno del
Ejército, por la restitución de su retrato a la galería de antiguos
comandantes de una de las dos divisiones que lo tuvieron a su
frente. Mientras Seregni agonizaba, los últimos sobrevivientes
militares formados en esos años de odio, desde su retiro exhibían su
incapacidad de buscar la paz de los espíritus, de comprender que el
tiempo pasa y que el país y el mundo están en otra cosa. La
institución militar quizás todavía no ha comprendido en profundidad
cuán distintos hubiesen sido estos últimos veinte años, para el país
todo y para los militares en particular, si al frente de la
izquierda hubiese estado un hombre lleno de pasiones y rencores, con
sed de revancha, si el líder de la izquierda no hubiese sido un
militar profundamente orgulloso de su calidad de tal y
permanentemente preocupado por salvaguardar la institución. Quizás
quien más percibió esto lo fue el general Hugo Medina.
Para un hombre que no llegó a ocupar posiciones de Estado,
curiosamente el calificativo que le cabe es el de estadista, el
calificativo que le asignan precisamente quienes no transitaron en
política con él ni comulgan con las ideas de su fuerzas política. Y
también, recurriendo a una palabra que puede sonar antigua, la de
patriota. La de un hombre profundamente enamorada de su patria, a la
que consustanciaba con la figura de Artigas, de los proyectos y de
las frustraciones del héroe nacional.
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