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Hay
veces en la vida, de los individuos y de las sociedades, en que el
pasado tarda mucho en ser pasado. Cada tanto revive, se cuela en el
presente y de alguna manera impacta en el ahora. El pasado de los
años de la violencia y la intolerancia durante mucho tiempo se creyó
cerrado, particularmente cuando el pueblo en claro pronunciamiento
convalidó la amnistía relacionado con los delitos vinculados a
derechos humanos cometidos desde el Estado, así como anteriormente
el Parlamento había amnistiado o conmutado la pena por los delitos
contra el Estado. Quedaron algunas cuentas pendientes, básicamente
de dos tipos: Uno, esclarecer la suerte de los
detenidos-desaparecidos o dicho más crudamente determinar cuándo,
dónde y cómo murieron, porque a nadie podía ocurrírseles que esas
personas persistiesen detenidas, desaparecidas y con vida. El otro
tipo tiene que ver con terminar con persecuciones iniciadas durante
el periodo de facto. Ambas cosas se juegan esencialmente en el plano
de lo simbólico, ya que ni la una ni la otra cambian lo ocurrido.
Pocos años atrás apareció un tercer tipo de asignatura pendiente.
Grupos vinculados a los derechos humanos y a los familiares de las
víctimas de las detenciones-desapariciones encontraron las rendijas
jurídicas para limitar y erosionar la amnistía dictada para esos
delitos, mediante la forma de una ley de caducidad de la pretensión
punitiva del Estado. Y también mediante la bandera de la
imprescriptibilidad de determinados delitos. Así se iniciaron
acciones judiciales contra el presidente de la República que dio el
golpe de Estado y contra el canciller en momentos de la detención de
la militante del PVP Elena Quinteros. Fue una forma de reapertura o
reavivamiento del pasado que dio lugar a muchos análisis desde fines
del 2001 hasta comienzos de este 2004.
Pero el pasado que nunca desapareció tiene que ver con lo ocurrido a
nivel de las Fuerzas Armadas en relación a los militares más
fuertemente opositores al proceso militar. Hasta ahora esas fuerzas,
y particularmente el Ejército, han actuado como si no fuesen
instituciones integrantes del Estado, sino como cuerpos con entidad
y pensamiento propio. El Estado, y su máxima expresión que lo es el
sistema político, dieron muchos pasos en el camino de borrar los
efectos de ese pasado en lo relativo a lo que se llama muchas veces
la “interna militar”. Para señalar algunos pasos, quizás los más
importantes: la anulación del fallo de los tribunales de honor y el
restablecimiento del grado de general a Liber Seregni y Víctor
Licandro; la reparación de los militares destituidos o sancionados
durante ese periodo. Faltaba la reposición de los retratos de
quienes comandaron unidades en la galería de las respectivas
galerías. Y llegó esta sucesión de episodios que puede resumirse en:
actitud del general Wins de colocar el retrato de Seregni en el
comando de la División Ejército II; no colocación de dicho retrato
en el comando de la División Ejército I; sanción al general Wins por
colocar ese retrato; decisión del presidente de la República de
mantenimiento del retrato; declaración condenatoria del Centro
Militar y el Círculo Militar “General Artigas”; visita de figuras
prominentes del régimen militar a saludar al comandante en jefe del
Ejército.
La actitud del gobierno (mantenimiento del retrato en un lugar,
mantenimiento de la omisión del retrato en otro lugar, sanción a
quién colocó el retrato) marca sus titubeos a la hora de definir
donde están ubicadas las Fuerzas Armadas (o más específicamente el
Ejército) y cuál es el tiempo histórico que se vive. Desde un punto
de vista estrictamente formal, la actitud de sanción al general Wins
es insostenible. Porque si bien es verdad que no consultó por la
colocación del retrato, tampoco debe consultar si algún otro cuadro
se descuelga para limpiarse y hay que volver a colocarlo. El
considerar que debe consultarse la colocación del retrato de un
anterior comandante es en sí misma una decisión política del Poder
Ejecutivo, que lo lleva a considerar que se sigue viviendo una
situación excepcional o que el Ejército es un cuerpo autónomo del
Estado, con valores propios diferentes y separados de los del resto
del Estado y de la sociedad. Aquí aparece pues el otorgamiento de
sobrevida a una concepción política determinada dentro de las
Fuerzas Armadas, concepción que hoy está enfrentada a una clara
posición mayoritaria de la sociedad que va en otra dirección. Porque
supone que hay generales o coroneles en pleno ejercicio del grado
que son diferentes y deben ser minusvaluados en relación a otros
generales o coroneles. Unos son pasibles de figurar en las galerías
militares, otros no, sin que el criterio tenga nada que ver con
reglamentación alguna. El Banco República, por ejemplo, mantiene en
su galería a todos los presidentes, aunque varios de ellos fueron
designados por gobiernos de facto y algún otro en tiempos lejanos
haya abandonado el cargo en medio de escándalos por impericia o
implicancia en el manejo de la función. El BROU mantiene un criterio
objetivo, que entre otras cosas salva al personal de servicio de
andar a las colgadas y descolgadas a cada golpe de timón de los
vaivenes políticos. Pero además la actitud del presidente Kirchner
al ordenar el retiro de retratos de comandantes en jefe, fue un
alerta suficiente para que las cosas se hubiesen hecho de otra
manera.
La polémica por los retratos y la sanción al general Wins
adquirieron un mayor relieve por la muerte, en medio de esos hechos,
del propio sujeto de la polémica, el general Liber Seregni. Y en
medio de esos hechos pasó inadvertida la conferencia del general
Bertolotti en la Universidad, un gran gesto de acercamiento mutuo
entre dos instituciones que se miran de reojo.
Lo más significativo que revelaron estos acontecimientos es la
persistencia de un sector militar nostálgico del pasado, que no ha
entendido nada del cambio operado en el país en los últimos 20 años,
que vive prisionero del propio pasado individual de cada uno. Lo
otro significativo es que aparecieron muchas señales sobre el
aislamiento de ese punto de vista en el seno del cuerpo activo de
las Fuerzas Armadas. Circula una tesis que la sobrevivencia de
algunas posturas militares es posible más por el apoyo
político-partidario con que cuentan que por el apoyo militar en sí
mismo, y que esas posturas quedarían próximas a la extinción apenas
dejen de contar con ese apoyo político-partidario.
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